Mostrando entradas con la etiqueta Relato Breve. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relato Breve. Mostrar todas las entradas

martes, julio 01, 2008

PRIMERA OVACIÓN


Siempre la había visto muy ligada a las actividades de la iglesia, participaba en los montajes teatrales que se llevaban a cabo los viernes santos, ya fuera en la procesión del encuentro o por las tardes, como María Magdalena al pie del cadáver de Jesús. Sabía que se llamaba Catalina y que amaba el teatro.
Lo que le gustaba de ella era ese aire que lograba percibir, un aire de inocencia infantil pese a que ya superaba los veintiuno años de edad. Cuando Celso se masturbaba pensaba en Catalina, se imaginaba su olor más intimo, imperturbable, un olor a niña. Su pálida desnudez, el pubis alborotado y ensortijado, los pezones rosados.
Celso lograba cruzarse con Catalina por lo general todas las tardes, cuando ambos abordaban el mismo autobús de regreso a casa. Se conocían por miradas y una que otra sonrisa.
Fue una tarde lluviosa en que la muchacha no traía consigo su sombrilla, hecho que aprovechó Celso para hablarle definitivamente. Esa primera conversación se alargó hasta un noviazgo que Celso procuró en todo momento, por que sólo así podría conocer a la muchacha en el ámbito que a él le interesaba: el sexual. Por otro lado, Catalina mantenía su devoción católica inalterable al igual que su pasión por el teatro, lo que Celso respetó durante un tiempo.
La primera vez que Celso procuró llevar su relación de noviazgo más allá de los acostumbrados paseos de domingos por la tarde, Catalina se apartó cuando sintió que la mano de Celso iba un poco más abajo que las acostumbradas caricias en el vientre. El muchacho le reclamó, pero ella, y acomodándose el cuello de la camisa, le aclaró que sólo tendrían sexo en el matrimonio, que hacerlo antes era un pecado carnal y que iba contra de uno de los mandamientos. Celso respiraba agitado y no tenía más remedio que desahogarse con su única y fiel amante: su mano.
Con el tiempo la pasión de Catalina por el teatro desplazó su fe y su compromiso con la iglesia, dado que le dedicaba más tiempo a los ensayos en la universidad que los cursillos que recibía para convertirse en catequista. Celso al ver el que radicalismo religioso que practicaba Catalina pronto caería decidió no tocarle el tema el sexo durante un tiempo, lo que Catalina agradeció de sobremanera.
-Quiero ser actriz, sin dejar de ser una buena cristiana –dijo ella.
-Puedes ser ambas cosas, no veo el por qué.
-Pero bien sabes como son las muchachas en mi clase, son un poco alborotadas y excéntricas, fuman y toman, la verdad que eso no va conmigo.
-Acaso hay un mandamiento o evangelio en el que Cristo haya dicho: “El que fume o tome el reino de los cielos le será aún más estrello que el ojo de una aguja”, por favor, relájate.
-¿Por qué siempre me reclamas mi religiosidad? Si en verdad me quieres debes respetarme tal y como soy –reclamó Catalina, un poco enfadada.
-Igual digo yo –añadió el muchacho un poco sobresaltado-: soy el único de todos mis amigos que no tiene sexo con su novia.
-¡Pues siéntete orgulloso de eso! ¡Eres único! -acotó Catalina irónicamente.
-Muy graciosa, además veo que el teatro te consume todo el tiempo, y casi no nos vemos, sin sexo y sin contacto esto va mal, Catalina y va mal por ti, no por mí.
-¿Ahora te molesta que le dedique más tiempo a mi carrera? ¡Qué bonito!
-Sí, yo merezco respeto, y respeto significa compartir, entrega del uno con el otro, el sacrificio por el bienestar del otro.
-¡Por favor! –Exclamó casi como una carcajada sarcástica Catalina: -¿Crees que por ser de la iglesia y una muchacha que se respeta soy tonta? ¡Que discurso más vacío! Con esas retóricas me vas llevar a la cama –dijo ella poniéndose de pie de la banqueta del parque.
Celso se mordió los labios llenos de rabia.


***



Era la gran oportunidad, el taller nacional de teatro abrió audiciones para todos los estudiantes que quisieran participar en una Opera de Verdi, desde luego esa fue la oportunidad que Catalina estaba esperando, y su sueño era participar en una Opera de Verdi. Cuando le comentó entusiasmada semejante oportunidad a Celso, él se mostró indiferente como si no le importara.
-Buena suerte –murmuró Celso.
-¿No te alegras?
-Claro, buena suerte te dije.
-A veces pareces un niño, bueno luego nos vemos y te cuento.
-De acuerdo –dijo él.
Catalina se presentó a la audición, había una fila impresionante de muchachos que querían audicionar. Ella respiró profundo, nunca antes había hecho audición alguna, era su primera vez, y quiso despejar la duda con alguno de los que estaban allí, junto a ella esperando ser llamado. Le dijeron que por lo general empiezan con preguntas básicas y luego piden interpretar algún papel, o a veces un monólogo que no era nada del otro mundo. Ella se tranquilizó y esperó la oportunidad, cuando le llegó su turno vio que en frente tenía tres de las personalidades mas prestigiosas del teatro. La saludaron con calidez y le hicieron preguntas básicas, edad y tiempo estudiando teatro, ella les comentó, entre otras cosas, que desde pequeña participaba en los montajes teatrales de la iglesia, habló de su proyecto de llevar, mediante el teatro las grandes historias relatadas en la biblia.
Le pidieron improvisar un monólogo con el personaje que fuera, ella encarnó el papel de Caín en un monologo contra su propia existencia y su soledad y contra dios, tal fue su actuación que los visores la felicitaron.
-Debo confesarle que usted posee un talento tremendo –dijo uno los profesores-, sin embargo veo en usted algo que la tiene amaniatada, con esto no la estoy etiquetando pero yo y mis compañeros podemos percibir esa incomodidad por que para hacer teatro debemos ser libres, y bueno acá por política de compañía nacional de teatro, le decimos a las jóvenes promesas como usted que antes de deslumbrar al público, deben deslumbrarse así mismos con una actuación tal que rompan cadenas, quitar del camino aquello que pueda resultar una piedra del zapato. Creo y viendo su potencial que podrá logarlo de aquí a mañana que será el último día de audiciones.
Catalina sonrió, se sentía muy feliz y no cabía de gozo, pero pensó cómo podría hacer esa rotunda actuación, sin embargo no le tomó importancia por que dios le daría la luz necesaria.
***
-¿Es en serio lo que me estás diciendo?
Ella se mantuvo imperturbable y le respondió.
-Sí, es en serio.
En ese momento Celso sintió que todo el deseo se redujo en su interior al ver la decisión de Catalina. No pensó mucho y de inmediato tomaron taxi al departamento del muchacho. Catalina y tomó asiento en la cama que olía perro. Celso no sabía cómo abordarla, si besarla de una vez o ponerse un poco romántico, ni vino tenía, ni velas nada, era un departamento bastante rústico. Vio que ella estaba a la expectativa de la decisión que iba a tomar. La volteó a ver y le sonrió tímidamente. Hablaron durante un rato y fue Catalina que acercó, lo besó, fue un beso tierno. Celso entonces le tomó por el rostro y la besó con pasión; se acostaron. Mientras se besaban con deseo absorbente, Celso se detuvo y jadeando le preguntó a Catalina si estaba segura de lo que iba hacer.
-Si vuelves a preguntar me largo de acá, ¿de acuerdo?
Celso entonces siguió besándola y se desnudó y ella con la naturalidad de una experta también se fue desnudando. No le cabía en la cabeza a Celso lo que ocurría, pero debía sacarle el máximo provecho.
Cuando ella se quitó el sostén y miró los pequeños pechos de Catalina, los grandes y rosados pezones, Celso por poco se viene. Los tocó como si fueran de porcelana, pero al sentir los duros que estaban se los llevó a la boca.
Catalina simplemente lo disfrutaba sin poner objeción alguna. Celso le pasaba la lengua, los chupaba, se sentía dichoso probarlos, sentirlos, tenerlos en su boca.
Al quitarse él calzoncillo y ella la braga, Catalina le tomó el genital y se lo llevó a la boca. Celso a esas alturas estaba poseído. Y tuvieron sexo, y Celso se asombró por la forma cómo se movía Catalina, no parecía una novata después de todo. Ella tomó las riendas, y exigía, y pedía.
Al terminar Celso quedó extasiado, derrotado en la batalla de sexo, en cambio Catalina se incorporó de la cama, se vistió nuevamente y preguntó.
-¿No te conté?
-¿Qué cosa?
-Que fui aceptada en la Opera.
-Pues no –dijo Celso, que estaba acostado boca abajo- ¿Qué hiciste?
Ella se peinaba.
-Pues nada, mostrar mi talento, pero ellos me pidieron antes de aceptarme hacer una actuación que sirviera para romper cadenas con todo aquello que fuera a interferir a largo plazo con mi carrera, y ya ves, vos tuviste la primera fila de ello –dijo Catalina, abrió la puerta y la cerró con estrépito, dejando tras de sí, aquella hedionda habitación con olor a pasado.

miércoles, junio 18, 2008

CUANDO DE COMPARTIR SE TRATA


A pesar que tengo su cabeza muy cerca de la mía, no somos en lo absoluto iguales, por suerte somos siameses bicéfalos. Yo era dueño y señor de la mano y de las dos piernas derechas y Pedro dueño y señor de la mano y del otro par de piernas. Estábamos unidos por la cintura, y únicamente compartíamos estómagos, pero nada muy graves, puesto que ambos estaban pegados por una de las paredes laterales, nada muy delicado, ni tampoco muy cómodo.
En cierta forma y a pesar de compartir una misma carne, somos muy independientes. Desde la escuela Pedro procuró marcar las diferencias, dado que sus calificaciones al contrario de la mías, eran notables. La profesora de los primeros años de escuela fue la primer persona que notó que Pedro y yo éramos muy distintos y por ello a pesar de compartir un mismo cuerpo nos colocaba las mismas pruebas pero en escritorios distintos.
Fue Pedro quien dio el primer beso, lo recuerdo perfectamente, la muchacha se llamaba Verónica, y fue en nuestro baile de graduación de sexto año que se dio. A pesar de mis reclamos por que no quería moverme a un lado del salón en donde había un poco de oscuridad; terminé por acceder. No fue nada grato ver como a centímetros de mi boca un beso tan pasional como aquel y yo sin poder nacer nada. Ella bien lo advirtió: yo no debía meter mano. A pesar que procuré desviar la mirada, la curiosidad terminaba por ganarme y debía reclamar para que se detuvieran.
Pedro siempre ha sido un cabrón conmigo, él me decía que yo era quien estaba adherido a él, y no él a mí, y que cuando nos operen yo me daría cuenta de ello. De verdad que era una maldición, a veces creía compartir el cuerpo con un extraño. Pedro era indiferente ante mis necesidades, y entre broma y broma me decía tumor con vida. Claro, lo golpeaba con ganas, y él a mi; era bastante incomodo para los dos pelearnos.
Cuando llegó el periodo de la pubertad (ante todo pronóstico médico), el botiquín del baño estaba claramente dividido: Pedro con sus cosas a un lado y yo con mis cosas al otro lado, a él le gustaba por ejemplo el desorante en spray, a mí en barra. Cuando estábamos desnudos frente al espejo, Pedro se tomaba la pinga y haciendo gala me decía que la de él era más grande que la mía.
Nunca supe que le veían tantos mis padres como las chicas a Pedro, en realidad en lo físico éramos muy parecidos. Pero al abrir yo la boca las diferencias eran abismales. Yo era más charlatán e inmaduro y casi nunca me tomaba en serio las cosas, lo cual desde luego avergonzaba a Pedro que aprovecha el momento a solas para reprenderme. En las noches y cuando nos íbamos a la cama, él se dormía primero y entonces yo aprovechaba para contemplarlo y mientras lo hacía me sentía como un completo extraño en mi propio cuerpo, era un reflejo bizarro. Tenía sueños repetitivos al respecto.
Una noche soñé que una enorme sierra nos dividía, mientras lo hacía empecé a ver que a Pedro le brotaba la mano que le hacía falta y yo en cambio quedaba hecho un despojo de carne, arrastrándome por el suelo.
Me levantaba agitado. Pedro entre dormido y despierto me decía que volviera a dormir, que lo dejara dormir. Le comentaba sobre el sueño y él me decía que era natural que lo soñara por que eso algún día iba a pasar.
Le preguntaba sobre Caín y Abel y qué hubiera pasado si hubiesen sido siameses como nosotros, pegados por alguna parte del cuerpo; Pedro decía que Caín hubiera matado Abel de todas formas.
Mi madre nos contaba que cuando se dio cuenta de nuestro caso los pronósticos no eran nada halagüeños, según los médicos la vida tanto nuestra como la de ella estaban en peligro, era un embarazo de alto riesgo, pero aún así aceptó jugarse la vida. Mi papá dijo que durante los nueves meses el embarazo no dio problemas y que incluso el momento del parto todo salió normal, nada de riesgo, aunque confesó que ver a un bebe de dos cabezas saliendo de mi madre lo impactó en un inicio pero aceptó el regalo que les envió dios. Luego de nuestro nacimiento vinieron los estudios correspondientes en donde detectaron que nuestro caso era curioso, puesto que como dije en un inicio, éramos bicéfalos, teníamos un cerebro propio, pero compartíamos en un pequeño porcentaje el sistema digestivo.
Mis otros familiares nos trataban bien y nuestra madrina que era madrina de ambos nos solía celebrar nuestro cumpleaños de manera pomposa, con queque, piñata y hasta payasos y sin que ella lo dijera, y llámenme paranoico si quieren, quería más a Pedro, le pasaba dando besos en la frente y pellizcándole la mejilla; en cambio a mi me sacudía el pelo y me dejaba un baboso beso en la comisura. En parte mejor, puesto que nuestra madrina solía ser una mujer muy pegajosa, de esas mujeres que aturden con tanta muestra de cariño.
Solo conocimos a un par de nuestros abuelos: la mamá de mi papá, y el papá de mi mamá. Dicen que nuestro abuelo materno al saber de nuestro caso se mostró esquivo y como era un hombre muy supersticioso se dejó decir que debían bañarnos en leche y otras hierbas tanto a nosotros como a sus otras hijas para evitar nietos como nosotros, castigo divino, nos decía él. Pero tuvo que ser mamá quien lo tuvo que explicar, beligerantemente, que nuestro caso no era una maldición por algún pecado cometido y más bien éramos seres especiales que necesitábamos el cariño de toda la familia.
Mi abuelo, lo que recuerdo antes que muriera, era un bebedor de ron empedernido, ocultaba la botella debajo de la cama, y también era un adicto a todo juego de azar, desde las cartas hasta la lotería. Nos preguntaba sobre que habíamos soñado, y a partir de eso, sacaba sus cálculos para la lotería, una vez y gracias a un sueño de Pedro, se ganó un premio que lo dividió en dos partes, una para Pedro y otra para él, a mi no me dieron nada.
El único ser que verdaderamente me quiso fue la madre de mi papá, mi abuela doña Patricia. Era una señora de piel muy blanca, (dice Papá que era hija de españoles andaluces) y el cabello canoso parecía un algodón de azúcar, siempre andaba muy bien vestida, muy formal y religiosa.
Cuando se jubiló como profesora de catecismo, dedicó su tiempo libre a la panadería tanto para el consumo familiar como para el consumo comercial, y era ella feliz en la cocina.
Era mi padre, de todos los ocho hijos que había tenido, su preferido y yo de todos los nietos, no me recuerdo cuantos éramos, su preferido. Pedro decía que le dábamos lástima, por eso se comportaba así. En nuestra primera comunión me regaló un fino rosario que compró cuando fue al Vaticano y a Pedro en cambio le regaló un escapulario, nada más.
Aquel pequeño triunfo me sirvió para atacar a Pedro, diciéndole que abuela Patricia me quería más a mí. Claro, Pedro, con su abyecta arrogancia la descalificaba llamándola de viejilla santurrona, cuando lo decía le soltaba un moquetazo en la cara, y así volvíamos a pelear. Luego de cada pleito y para quedarnos dormidos no era deseándonos las buenas noches, ni contar cabritas, sino decirnos cuando nos odiábamos hasta alguno de los dos caía tumbado por el sueño.
Desde luego que yo también tuve mis pequeños triunfos sobre Pedro. Uno de ellos, quizá el más importante ocurrió en el colegio, en tercer año, lo recuerdo con orgullo por que sé que a Pedro le duele.
Fue un viernes después de clases, solíamos ir a la casa de uno de nuestros compañeros, ahí jugábamos juegos de videos toda la tarde y comíamos pizza y demás comida chatarra, pero esa vez tres compañeras quisieron acompañarnos. Una de ellas era Ana Elena el amor de mi hermano. Cuando Pedro la veía pasar por los pasillos del colegio se le quedaba mirando absorto casi con la boca abierta y solo se limitaba a decir que la amaba.
Uno de los compañeros, y aprovechando la presencia femenina en su casa, inventó jugar botellita de besos. Las muchachas aceptaron. Empezamos a jugar, al tercer turno tuve la suerte que a mi me tocó con Ana Elena, a Pedro se le ocurrió decir que se repetía el turno que ese no valía, pero Ana Elena, dijo que respetara el turno, me tomó la cara y me plantó un apasionado beso, y demoró más de los esperado, por que las otras muchachas solo se limitaban a dar besos de pico. Desde ese momento Pedro no me dirigió la palabra durante un mes y lo volvió hacer por que mamá lo obligó; sé que le dolió que yo le haya besado a la mujer que él adoraba pero él descalificaba a Ana Elena llamándola zorra percanta y otra vez mi puño en su boca y los pleitos de que solo terminaban con la severa intervención de papá.
Yo no logré sacar el bachiller de colegio lo que Pedro si logró. Cuando entramos en la universidad, desde luego a todos les llamamos la atención, al principio fue un poco duro pero con el paso del tiempo nos aceptaron aunque había algunos que todavía nos miraban con recelo.
Ir conmigo a la universidad era un peso enorme para Pedro, más allá de cargar maquetas, dado que se decidió por arquitectura y se apasionó de tal forma por la carrera que un día de tantos y al ver que yo era un verdadero estorbo en esas noches de vela en las que él debía hasta tarde quedarse maqueteando le pidió a papá y mamá la operación que nos dividiera de una buena vez y por todas.
Mamá le preguntó que si estaba seguro, Pedro dijo que si, más seguro que nunca. Papá le explicó a Pedro que de hacerlo habían grandes probabilidades que alguno de los dos muriera, pero él con la arrogancia usual, dijo que tarde o temprano alguno de los dos iba a morir, y que en ese punto dios no sería tan misericordioso como para hacernos morir cronometradamente, y que en cuento a él, se jugaba todas las cartas. Mamá preguntó que opinaba yo, para no mostrarme débil le dije que también lo deseaba.
Papá que era más quisquilloso y trató de averiguar la verdadera causa por la cual Pedro deseaba la separación definitiva, asumiendo todos los riesgos. Fue entonces que Pedro les dijo la verdad, que lo hacía por su carrera, que yo en realidad le resultaba un peso, que necesitaba independencia para graduarse y que estando conmigo no podría hacerlo, que a él si le interesaba sacar una carrera.
Mis padres y con el pesar más grande hicieron los trámites necesarios y a nosotros nos tocó las revisiones y exámenes médicos, todo indicaba que la operación era realizable ya que ambos habíamos alcanzado la madurez necesaria para la separación, lo que nos permitió la individualidad de órganos vitales salvo el sistema digestivo, lo que significaba que sería una cirugía un poco delicada, entonces ambos firmamos el acta donde aceptábamos todas las cláusulas de la operación la cual se hará dentro de un mes, en un hospital de Florida.
Fue solo durante ese mes en que Pedro y yo nos comportamos como hermanos, hablábamos de lo que nos esperaba, y Pedro decía que él solo esperaba la libertad definitiva, luego yo le hacía muchas preguntas pero él estaba aferrado a que sobreviviríamos a la operación, lo único que lo inquietaba y me lo preguntó mirándome a los ojos la última noche antes de abordar el vuelo a Florida; era que si todo salía mal, qué haríamos si llegáramos también a compartir la misma muerte.

domingo, junio 08, 2008

NO LE HAGAS CASO AL TÍO SAM


Dios le dijo: “Toma a tu hijo, el único que tienes y al que amas, Isaac, y anda a la región de Moriah, y allí lo sacrificarás en un cerro que yo te indicaré”.
Génesis, capitulo 22.


Colocaron la pequeña grabadora Sony sobre la mesa, el mismo aparato que encontraron junto al cadáver de John Wall, un soldado que estuvo en Iraq y que fue dado de alta por problemas psicológicos. Los agentes Morris y Beltrán son los encargados de escuchar la grabación completa, el testimonio del por qué John Wall ingresó armado a un colegio y masacró a setenta y cuarto personas, entre docentes, alumnos y funcionarios de seguridad.
-Aunque no creas, tengo cierto recelo, no sé que vamos a escuchar –dice Morris.
-Sea lo que sea debemos hacerlo. Vamos, no tardemos más.
-¿Cuánto años tenía Wall?
-Iba a cumplir veintiocho.
Morris oprime el botón play de la grabadora y está empieza a rodar.
“Grabé a manera de testimonio todo lo que hice esta mañana para que ningún medio de prensa llámese CNN, Fox, o en el peor de los casos Larry King saquen conjeturas de mi persona, por ejemplo, que se dejen decir cosas sobre mi familia, -que debo aclarar es una familia de cristianos renacidos de Pensilvannia, una familia unida- o que hablen de mi pasado o peor aún que le pregunten a terceros con respecto a mi comportamiento, siempre dirán que era un tipo tranquilo, y amable. Les aclaro hice todo esto por el señor Dios así me lo dijo en Iraq, que al regreso a América yo sería su mensajero de libertad. Lo primero que hice cuando llegué acá fue adquirir tres armas de calibres distintos, y cuando la obtuve la consagré a través de una lectura de la Biblia. Luego ideé un plan, el cual pueden conseguir en mi bolsillo derecho, ahí están los pasos que seguí en una pequeña libreta.
Espié el colegio durante días, asegurándome que no hubiera variantes y llegué a tres grandes conclusiones: La primera, era que únicamente habían tres guardas, para dos turnos. La segunda conclusión era que el inicio del curso lectivo empezaba a las 7 y terminaba a las 3 de la tarde. La tercera fue que no había cámaras. Alentado por todo ello me puse manos a la obra. Llegué esta mañana antes de las siete, pero me había levantado desde las cinco de la mañana y oré pidiéndole al Señor discernimiento y la voz del Señor retumbó en mi mente, me pidió que cerrar mis ojos, y sin abrirlos colocara un dedo sobre la Biblia y que leyera el pasaje que mi dedo indicaba y acorde al pasaje tomara una decisión; así lo hice y al abrir los ojos y ver que mi dedo estaba posado sobre Génesis capitulo 22, la señal estaba más que clara.
Cuando me aseguré que todo el estudiantado hubo ingresado a clases intenté en primera instancia entablar una conversación con el guarda, sin embargo, el hombre se mostraba inquieto ante mis preguntas y un tanto receloso, me cuestionó, cortante, a quién busca, levantó el auricular del teléfono y esperó a que yo le dijera un nombre.
Al ver que el tipo sospechaba con peligrosidad tomé la 9 m.m., y le di un disparo en la cabeza, sus sesos pringaron un calendario de la NFL que tenía detrás y un poco de masa encefálica cayó sobre su café, trozos de carne rosa. Si me preguntan el por qué lo maté debo decir que lo hice básicamente por cuestiones operativas, puesto que era un hombre maduro y al ejército no le interesan hombres como esos. Al ver que la sangre del hombre llegaba a la suela de mis zapatos sentí un júbilo tremendo, me devolví a mi camioneta y saqué la AK-47 y sin tiempo que perder me puse en marcha. Pasé un angosto pasillo y salí al patio principal, un lugar amplio y refrescante, en el centro había una pileta. Había supuse yo, uno de los profesores que desayunaba en un saloncito y al verme con semejante armamento trató de huir pero le di un disparo, no con la AK-47, sino con la 9 m.m., a la que le había instalado un silenciador. Lo malo fue que no pude matar de un solo disparo, quedó vivo y no tuve más remedio que darle un balazo por la cabeza. Repito el guarda y el profesor de física los maté por cuestiones operativas.
Me topé con la primer aula, allí tomé la AK-47 respiré hondo y toqué a la puerta y la profesora me abrió, pero antes yo los bendije y solté una ráfaga, disparaba como si mi arma fuera una manguera y los muchachos hermosos tulipanes deseosos por agua. Disparé y los casquillos al caer yo los interpretaba con el batir de las alas de un querubín. El aula quedó en silencio, los vidrios destrozados y un charco gigantesco de distinta sangre se fue empozando en una esquina. Me incliné y mojé un poco el dedo en aquella tibia sangre, sangre joven e impetuosa, y me dibujé una cruz en la frente. Me paseé por el aula asegurándome que ningún muchachito quedara vivo, al parecer todos estaban muertos, todos ángeles de las legiones del señor. Salí de allí y cerré la puerta, temí que tal escándalo advirtiera al resto, hice el mismo procedimiento de tocar la puerta de un aula y disparar a mansalva dos veces más. Claro, al cabo de un rato me sentí cansado, pero debía seguir liberando a mi pueblo. Al parecer ya se habían dado cuenta de lo que ocurría puesto que toqué la puerta de un salón y nadie me abrió, sin embargo podía escuchar del otro lado un silencio contenido por el miedo. Cargué el magazín y disparé contra la cerradura, la puerta se abrió e ingresé. Vi a los muchachos escondidos debajo de sus pupitres, estaban expectantes. Cerré la puerta y me puse en el centro del salón. La profesora estaba también con el resto de los muchachos. Les empecé a decir que el verdadero enemigo de América era nuestro propio ejército, les conté que aún recordaba aquella mañana en la que tocaron a la puerta de mi casa, mamá atendió y dejo pasara dos representantes de la armada, se intimidó por los uniformes, hasta les dio café y rosquillas; ellos al verme me estrecharon la mano, se las di, me pidieron sentarme y escucharlos.
Uno de ellos, un hombre de rostro bien afeitado y elegante, les iba diciendo a los muchacho que me miraban espantados, se nos presentó como el sargento Elijah Scott, quien comenzó a hablarnos de las ventajas del ejercito, que podría, incluso iniciar una carrera ahí. Que si me unía a los Marines, en un periodo que el ejercito creyese necesario podría al terminar dicho periodo aspirar a tener una beca para la universidad, seguro medico para mi madre y mi hermana menor, pero yo en ese entonces no conocía al Señor mi Dios, e impulsado por mi madre, acepté.
Los muchachos estaban temerosos, algunos lloraban, se escuchaban las respiraciones. Pero continué con mi testimonio. Venía de terminar el colegio y la falta de dinero y la incertidumbre de mi futuro creí que involucrándome al ejército era la mejor opción pero en perspectiva fue lo mejor, por que fue en una noche en Basora el Señor mi Dios, me habló, les dije. Quería contarles todo, me senté en el pupitre de la profesora.
Ese día en el que el Señor me habló fue difícil, comencé diciéndoles, por que mataron a Timothy un muchacho de mi edad más o menos. Era de Ohio, me dijo. Nos hicimos muy amigos, estaba ahí por una beca que el ejército le prometió si prestaba sus servicios, una beca para estudiar ingeniería espacial. En esa ocasión nos emboscaron, el convoy fue asaltado por morteros, que destrozaron el camión que iba delante del nuestro y que transportaba a un grupo de médicos de la cruz roja, y en ese camión iba a Timothy. Cuando el ataque fue replegado por nosotros, me dirigí apresuradamente al camión impactado. Se escuchaban, entre el humo, algunos quejidos, la desesperación nos invadió a todos. Yo fui a buscar a Timothy, y lo encontré debajo de una enorme lata retorcida, me alegré al verlo aún con vida. Me decía que le ayudara, tenía la mitad del cuerpo atrapada, lo saqué poco a poco de ahí, y fue cuando lo liberé que me di cuenta que no tenía piernas y que tenía el intestino afuera por una esquirla que le abrió el vientre. Tragaba con esfuerzo y en las comisuras tenía sangre. No supe qué hacer en ese momento, él tanto como yo sabíamos que no había medicina en el mundo para sus lesiones. Me tomó de la mano y me dijo adiós y empezó a morir en una larga agonía.
Los muchachos en el salón respiraban agitados, debo decir, querían decirme algo pero no se animaban. Yo seguí con mi narración, les conté que no pude llorar en ese momento, no supe cómo reaccionar tan siquiera, mis otros compañeros me apartaron y colocaron el cadáver de Timothy sobre una camilla y lo cubrieron con una manta blanca que a los pocos segundos se empañó en sangre. Esa vez no murió solamente Timothy, sino otros soldados, uno de los muertos, un muchacho de padres hondureños, tenía la mitad de la cara carbonizada y la mitad del cuerpo despellejada. A otro de los soldados, de los que sobrevivieron, le quedó la mano colgando de un hilo de carne.
Esa noche y luego de haber verificado a los muertos y heridos por el boicot, el recuerdo de Timothy aún vibra en mi cabeza. Nunca pensé que un muchacho tan alegre, chistoso y amante de Pearl Jam fuera a morir de una manera tan espantosa. No dormí esa noche, me imaginé yo siendo el que había muerto. Podría ver a un soldado entregándole una carta a mamá en la que se notificaba mi baja en la guerra. No era mucho trabajo ver a mamá llorar con espanto, y mi hermanita preguntarle por qué lloraba. Luego imaginaba tan real el soldado marcharse dando un saludo militar y abordar la camioneta. ¿Eso es lo que ustedes quieren?, les pregunté en voz alta y resonó por todo el salón, pero no recibí respuesta, volví hacer la pregunta y lo mismo.
Seguí contándoles, les dije que me distancié un poco del campamento a raíz de tantos y horribles pensamientos, afuera respiré profundo, miré al oscuro cielo y tuve tantas ganas de largarme de ahí y empecé a llorar.
De pronto escuché que me llamaban, era una voz familiar, traté de buscar pero no vi a nadie, creí en primera instancia que se trataba de una broma pero no fue así, al preguntarle quién era, o quién andaba por ahí, me contestó sin vacilación alguna que era Dios, el Señor de los ejércitos.
Caí de rodillas, pasmado por la revelación, yo estaba completamente convencido de que aquella voz era la voz de Dios. Fue cuando nuestros Señor me dijo que me había escogido para liberar a su pueblo, le dije que eso estaba haciendo, pero el Señor me dijo que esa no era la verdadera manera de hacerlo, que los verdaderos enemigos estaban en casa, me dijo que el ejercito de mi país, era el enemigo y que habían cometido tantos pecados que llegaron a su presencia. Que debía yo de alguna forma evitar que su maldad se siguiera propagando, fue cuando me dio las instrucciones que debía acabar con los muchachos que podrían ser reclutados por la armada, por eso el Señor me dijo me sacaría de allí para llevarme a cumplir la tarea, y cumplió su palabra, me enviaron a casa, por razones que hoy en día aún desconozco. Cuando todo aquello terminó sentí un terrible asco por el uniforme que andaba. No recuerdo que fue lo que siguió, lo que recuerdo con exactitud fue llegar a casa y ver a mi mamá y mi hermana abrazarme y un soldado del ejercito pedirle a mi madre si podían hablar en privado. Luego de esa conversación mi madre comenzó a comportarse conmigo de una manera muy consentida, casi como si yo hubiera regresado a mi infancia, y claro, empecé a tomar pastillas, de todos los colores y a todas horas. Ella cuando me daba los medicamentos lo hacía en un tono dulcemente conciliador. Pero el Señor, que siempre cumple con su palabra me habló por un sueño, diciéndome que debía cumplir con la tarea y mi mostró muchos muertos, montañas de cadáveres coronadas por bandadas de buitres.
Los muchachos sudaban ansiosos, como si vinieran de una maratón, la profesora ni siquiera me miraba a los ojos, quise contándoles tal historia, que tuvieran una idea. Les pedí que ignoraran las tentadoras propuestas del ejército y su afiche del tío Sam señalando, menos ahora que se ha iniciado la campaña en contra de Iran, les imploré que me hicieran caso. Tomé mi arma y mientras recitaba un salmo empecé a disparar y los muchachos caer, deformados por el plomo y deje de escuchar gritos, lloros y hubo silencio.
Y seguí con mi misión, matando estudiantes y conserjes no quería verlos muertos en Irán, que su sangre fuera desparramada en territorio norteamericano. Me detuve cuando vi a través de una ventana unidades de la policía, de los bomberos, camionetas del FBI, noticieros y escuché un helicóptero sobrevolar el colegio, me llamaban a través de altavoces, que me rindiera, que estaba rodeado. Quería seguir en mi misión, tomé a un muchacho de rehén, me asomé por una ventana, les dije, mientras sujetaba al muchacho que temblaba como un pollo mojado, que detuvieran el avance a Irán, pero ellos no me querían escuchar. Estaba tan cansado que me senté no sin antes dejar huir al muchacho que trastabilló un par de veces y se perdió de vista; aproveché entonces mi grabadora para contarles a quien quiera escucharme todo esto, el por qué hice lo que hice. Ahora vienen por mí los oigo entrar, son muchos pasos, pero ellos no me oyen, no debemos atacar Irán, ¡No debemos atacar a Irán!, ¡No debemos sacrificar al pueblo de Dios!, me llevó la nueve milímetros debajo de la barbilla y pienso que lo mejor es…
Beltrán y Morris escuchan un disparo en la grabación, luego los gritos de la policía al fondo, muchas pisadas, maldiciones, gritos de espanto, de pronto el botón play se dispara.
Beltrán se siente conmovido, respira hondo y se dirige al bote del agua que está en una esquina, y mientras bebe mirando la ciudad dice:
-Con que ahora es Irán…
-Si, eso escuché en los noticiarios, ya el gobierno giró los dineros para la invasión –responde Morris frotándose el cabello.

miércoles, abril 02, 2008

HASTA EL ÚLTIMO DÍA DE SU EXISTENCIA


Era la actriz más hermosa y talentosa del cine de Bollywood, no cabía duda. Cada película en la que participaba de seguro era un éxito de taquilla. Podría decirse que era la Mónica Bellucci hindú. Su señoría en el plató, su sensibilidad, su rico intelecto cultural y su belleza estratosférica la convirtieron en la más apetecida entre sus compañeros de trabajo, incluido yo, un simple asistente de iluminación.
Todos sabíamos que Mitra Sawhney se separó de su pareja, otro actor de Bollywood. Las cosas, según se chismorreaba no daban a más y fue ella quien pidió el divorcio pese a que su pareja, con quien había engendrado un hijo, aún estaba enamorado.
Cuando entraba a tomar posesión de escena de una película, en la que ella hacía el papel de una princesa gitana, me sonreía con afecto y se sumergía en su personaje. Mientras la veía actuar, la deseaba y la quería como mía, pero de inmediato caía en cuenta que estar con ella -toda una señora de sociedad- sería por lo menos en cuanto a mí, una ilusión que se seguiría conservando entre mis cobijas o en mi ducha, o en el mejor de los casos en mis textos.
Tenía la convicción de no seguir siendo un simple asistente de iluminación, quería ser escritor y guionista, puesto que los guionistas en Bollywood ganaban bien. Y viéndolo en perspectiva que escribir un guión en donde no falten los ingredientes de siempre, cánticos y danzas con un trasfondo heroico no era problema. Por lo tanto escribía poesía, con una descarada influencia de Tagore. Escribía en los ratos libres en el trabajo en una vetusta maquina de escribir.
Con el tiempo había cosechado un buen cúmulo de hojas con poemas, unos malos, otros pésimos y otros cursis y lo menos malos eran en donde Tagore se asomaba. Mientras trabajaba en unos focos deje olvidado el folleto con mis escritos en la sala de maquillaje, y cuando fui a recogerlo vi que Mitra lo estaba leyendo. No me atreví pedírselo, me abstuve y aguardé hasta que la terminaran de maquillar o hasta ella se aburriera del texto. Pero no se aburrió, de hecho preguntó quién los había escrito, para ella el poemario era una obra hermosa. Cuando me delataron tuve que dar la cara y me sentí terriblemente apenado, dado que mucha de la poesía escrita allí nació inspirada en mi deseo por Mitra. Por lo general la escribía como desahogo antes mi impotencia de hablarle.
La maquillista, con quien me llevaba bien, me llamó de inmediato y me pidió entrar, al hacerlo vi que Mitra me volvió a sonreír y me preguntó que si yo había sido la persona que escribió los textos, me sonrojé y le dije que sí. De seguro ella notó mi pena y me pidió que no me avergonzara que escribía bien muy bien.
Le agradecí. Mitra me pidió tiempo, quería terminarlo de leer, le dije que con gusto, y salí del lugar. Directo al baño en donde otra Mitra me esperaba.
Los días pasaron y no la había visto, me habían enviado a otra escenográfia que tenía problemas de iluminación. Estaba ansioso por que no veía a Mitra, y por que en general me gustaría saber cuál había sido la opinión generalizada de mi obra.
Y me la topé cuando iba en carreras, pero tuvo tiempo para invitarme a verla apenas terminara de rodar las escenas pendientes del día, me dio el número del bungalow en dónde me estaría esperando. Me cerró un ojo y corrió a cambiarse. No creía que aquella belleza quisiera hablar conmigo en privado. Para mí, Mitra resultaba un caso fascinante, poseía esa sensibilidad artística pese a que el mundo que la rodeaba era tan superficial. Había hecho varios viajes a Londres dado que como estrella que era debía estar visitando a los indios radicados allá. Una vez me comentó la maquillista que la belleza, el don de gente, y la inteligencia de Mitra atrajo todos los focos, y tabloides ingleses que se derritieron cuando daba conferencias de prensa. Pasaba viajando tres veces al año tanto a Inglaterra como a Norteamérica, en donde ya empezaba seducir.
***
Llegué a su remolque tal y como me lo había pedido. Eran las nueve de la noche y sentí que me había vestido muy elegante cuando simplemente lo que haríamos era charlar sobre mi poemario.
Toqué a la puerta levemente, temía que estuviera recostada, fue cuando me pregunto si era yo. Le respondí que sí, entonces me pidió que pasara y que cerrara la puerta. Ya dentro me senté en un banquillo y esperé, se estaba peinado el cabello. No demoró más tiempo. Me pidió que si quería beber algo, le dije que nada (estaba muy nervioso como para tragar) Ella se sirvió un poco de agua mineral y tomó asiento frente a mi. Luego cayó en cuenta el por qué estaba ahí, sacó de la parte superior del armario mis textos. Se volvió a sentar y los colocó sobre la mesita. Me habló de literatura, literatura que hasta ese momento había escuchado: Borges, Valery, Li Po, y otra serie de escritores que no recuerdo. Me dijo que mi poemario era hermoso, con versos muy viscerales pero que debía leer y trabajarlos mucho y me hizo la promesa que se convertiría en mi editora. Me dijo que enviaría el poemario a Inglaterra, en donde un amigo suyo era profesor de literatura oriental, qué si no habría problema, le dije que para nada. La propuesta me pareció fascinante. Ella estaba sentada, con los pies cruzados, bamboleando la punta del izquierdo, acomodándose su cabellera que por momentos le eclipsaba la mitad del rostro. Estaba sin una gota de maquillaje y aún así se veía endiabladamente hermosa.
Para que la visita no se centralizara únicamente en mi, le pregunté sobre el mundo de la actuación, y ella sonrió y me comenzó diciendo que ser actriz o actor en Bollywood se requiere de talento total, dado que debía poseer múltiples facetas y en cada una de ellas se debía ser bueno, tanto cantando, bailando y actuando, un paquete de tres en uno, aunado a todo ello una excelente condición física.
En sus ojos se veía la pasión por su carrera, cuando le pregunté si el cine le había dado réditos económicos me dijo que hacía mucho dejo de ganar dinero a través del cine, que tenía muchos otros recursos. Hablamos hasta la una de la mañana, y me fue dejar en mi casa, a bordo de su camioneta. Cuando se despidió de mí, aparte de intercambiarnos los números de nuestros celulares, me dio un beso en una de las comisuras, o eso creía yo sentir. Me baje y la vi perderse a lo lejos.
A la mañana siguiente trabajé en la iluminación del plató en el que trabajaba Mitra. Ese día al entrar esperé que no me hablara, seguro hizo y dijo todo eso y durante la noche, mientras dormía se arrepintió de haberme tendido la mano de esa forma. A todos saludó con beso y a mi con beso y abrazo, casi caigo cuando le olí el cabello. Comenzamos a grabar. Se vistió de gitana y se veía espectacular. Los senos, dos grandes senos, se desbordaban por sobre el escote.
La película en la que ella trabajaba giraba en torno a un trama lleno de aventuras, era una gitana que debía atravesar la ruta de la seda y en dicha travesía se topaba con toda clase de aventura desde ladrones, hasta dioses encarnados en humanos, Hanuman para ser especifico. Una historia linda y pintoresca. Según el director, la película también poseía una base histórica, ya que aparte de ser de aventuras hablaba del nacimiento de las primeras peregrinaciones de gitanos hacía Europa, al sur de España. Ella, Mitra, y otro actor quien hacía del amado con quien se toparía al finalizar el trayecto eran las estrellas. La película sería distribuida en Europa, y Canadá -donde hay mucho Indio radicado- y dependiendo del éxito de ahí a Estados Unidos.
Cuando bailaba y cantaba Mitra era un espectáculo. Terminaron a la seis de la tarde las escenas del día y Mitra me pidió que la esperara, me dijo que iríamos a tomar algo. Demoró cuarenta minutos, cambiándose y despidiéndose de sus compañeros.
Pensé que iríamos a un café cercano, o a un bar, pero no, me llevó a su casa. Al sentarme en el living me percaté que todo y cuanto me rodeaba, incluyendo la estructura de la casa, poseía influencias victorianas.
Ella me ordenó tomar asiento, quería ver si su hijo estaba dormido, de lo contrario me lo iba a presentar, subió al segundo piso. Mitra había dejado el folleto con el guión sobre la mesita del té, lo tomé y le eché una hojeada. Fantaseé con que yo lo había escrito y era ella la que lo actuaba. Volvió y me dijo que Jiddu estaba dormido pero me trajo una foto del niño. Era una criatura simpática: cara redonda, cejas curvas, moreno y el cabello negro. Me dijo que Jiddu era un niño inteligente, perspicaz con excelente calificaciones y conforme hablábamos me sentía más cómodo, tomamos té y comimos unas galletas de un sabor agridulce. Me dijo que en un futuro yo podría ser un guionista de Bollywood que siguiera escribiendo y leyendo y lo alcanzaría que ella me haría los contactos requeridos.
Le pregunté por su marido, me dijo que estaba en el sur, en Madras, grabando otra película y solo llamaba para saber de Jiddu. Me explicó todo y el por qué se separó. El sexo ya no era lo mismo, que las caricias parecían de estéreofon, la bocas olían a sarcófago, que inicialmente se habían separado hacía dos años para tomar una decisión, darse un recreo entre ambos, pero que en esos dos años ella sintió que en definitiva no amaba su esposo, (un tipo que coqueteaba los sesenta años pero poseía una figura atlética envidiable) el cual me explicó, era un sol.
Según dijo era un ser humano espléndido -fue en ese momento que me pregunté el por qué se había divorciado si era casi perfecto- y habló bellezas del tipo y yo me hacía de los oídos sordos. Que él ya se había casado y tenía un hijo más o menos de mi edad. Me explicó que ella amaba de una forma y manera diferente y otra serie de cosas.
De pronto se quedó en silencio mirándome a los ojos, me sentí intimidado y los bajé. Ella dejo la taza de té a un lado, se puso de pie y me tomó la cara. No lo podía creer. Me sonrió y me plantó un beso. “Me gustas niño”, dijo y siguió besándome y mi boca se hizo una en su boca. Le toqué un pecho, ella sonrió llena de picardía se lo desnudó y le besé el pezón, bajé la mano por su firme vientre y la metí entre sus firmes piernas y la toqué, al principio un poco tímido, luego se abrió un poco más y me indicó dónde y cómo hacerlo. La masturbé rápido y lento. Sus leves gemidos, casi burgueses, me excitaron muchísimo. “Me vengo, ay, me vengo”, me decía y yo más rápido hasta que sentí la mano pegajosa, pero era tanto el deseo por ella y ella por mi que lo volvimos hacer, y se vino en cuestión de minutos, luego tomó mi mano y la chupó. Pareció saciarse con eso, no quiso ir más allá. Me detuvo y me plantó un furioso beso, luego se ofreció ir a dejarme no sin antes darme algunos guiones de Woody Allen y el de películas como Casablanca y el Ciudano Kane, para que los estudiara.
Los días posteriores a esa situación, nos seguimos viendo en la clandestinidad de los estudios y me pidió mente fría e inteligencia si queríamos salir juntos como pareja, dado que si su esposo se daba cuenta de nuestro romance era capaz de tomar medidas legales contra ella, especialmente con respecto a la patria potestad de Jiddu. “Me muero si me quitan al niño, me pego un tiro”, me dijo.
Era por esa circunstancia que involucrarse con una mujer casada uno lleva las de perder. Le pregunté qué haría su marido si llegase a saber de mi existencia. Mitra me contestó que por ser tan noble el tipo no me haría nada, era a ella, vaya nobleza, pensé.
Me regalaba libros, decía adorarme y amarme con locura. Desde luego tales promesas de amor precipitado me parecían un poco fuera de tono, pero no me animé a cuestionárselas, si acaso le preguntaba qué hice yo para eso, respondía con simplemente existir.
Al lado de Mitra llegué a experimentar sensaciones maravillosas desde una cálida seguridad en mi mismo hasta esa extraña sensación de maternidad sexual. Deje de masturbarme viendo Baywatch, por que yo tenía una mujer mucho más hermosa. En cuanto al sexo nunca la penetré, se negaba y no por que no quisiera, había un peso social en ella, pese a ser una mujer cosmopolita y que distaba de clásica mujer hindú, las veces en que íbamos más allá no pasábamos del sexo oral y eso por petición de ella.
Con los días la película terminó de rodarse, y Mitra me comentó que se iría trabajar en un importante y jugoso proyecto al sur de India que lo único malo era que debería trabajar al lado de su ex. Le dije que fuera, que respetaba su espacio, quedamos por conversar por teléfono o escribirnos correos. Sin embargo la ausencia de Mitra causó un caudal poético en mí, llenaba cuartillas escribiendo poemas largos y tendidos.
Como acostumbraba revisé el buzón de mi correo electrónico y me encontré con un correo de Mitra, pensé que era de los tantos que me enviaba, diciéndome cómo le iba y la descripción del lugar, pero ese era un correo distinto. Lo leí con atención y pasmo. Cancelaba la relación, que su marido se dio cuenta de nuestro romance, que era obvio y otra serie de cosas, lo principal y lo que verdaderamente me preocupó fue que el tipo la había amenazado con arrebatarle al niño, y la catalogó de prostituta y una serie de ofensas fuera de lugar.
Decidí llamarla, y escuché a Mitra desesperada al otro lado del teléfono en donde me dijo que nunca me había amado, que nunca ha amado a nadie y nunca lo haría. La amenaza de su cobarde esposo la desesperó. Le pregunté, le recalqué todo lo dicho, y con un tipo de venenosa ironía me dijo que me creía más maduro, que debía darme cuenta desde un inicio que lo nuestro era una locura completa. “Nunca podré estar con alguien como usted”, me dijo. Me comentó que lo había conversado con su madre y ella le dijo que me dejara, que volviera con su marido, que lo hiciera por el bien de Jiddu que yo era un simple muchacho, sin carrera, sin nada que ofrecerle tanto a ella como a Jiddu, me eché a llorar al auricular, pero ella me cortó.
Desde entonces escribía pocos correos en los que decía que me quería como amigo, nada más, correos duros y fuertes, y cuando se los devolvía igual de duros (casi ofensivos) le decía que ella era un tipa enamorada de su propia imagen que esa era el único amor que tenía y rematé diciéndole que su marido era un completo imbécil.
Me contestaba que su marido era un sol, que no podía hablar de esa forma de alguien que ni tan siquiera conocía, me comentó que la noche anterior ambos hablaron y se echaron a llorar; lloraron toda la madrugada dándose una segunda oportunidad, que quince años de matrimonio terminan pesando.
Luego nuestros correos bajaron de tono, ella seguiría trabajando en una producción larga, y cuando se despedía lo hacía con falsos besos y abrazos que yo los reprochaba. Con el tiempo dejamos de escribirnos y Mitra se llenó de una paz (que yo sabía que era tan falsa como sus senos), y así lo expresaba en las entrevistas que daba, que ahora estaba en paz consigo misma. La última vez que hablamos fue por teléfono y me dijo que en definitiva se quedaría tanto con el niño como con su marido instalados en Madras, y que de cuando en cuando viajarían a Delhi, que después de todo eran un matrimonio y querían rehacerlo lejos de mí.
Cuando colgué sentí una terrible lástima por el marido, el pobre diablo sin quererlo, sería el espectador de lujo de la más exigente actuación que hará Mitra Sawnhey hasta el último día de su existencia.
Final dos:
Colgué y de inmediato me precipité a la maquina de escribir, supe entonces que tenía mi primer gran guión, después de todo Mitra me ayudó.

sábado, marzo 22, 2008

CASTILLOS DE LEGO


Una noche luego del sexo, Rebeca mi esposa, aún jadeante y sudando se volteó a mi lado -estaba yo desparramado sobre la cama, con mi erección en picada- me besó una mejilla y me preguntó que si no me gustaría darle un tópico diferente a nuestra relación de pareja. Seguramente por el estado de ensoñación que suelo experimentar luego de hacer el amor, no logré descifrar en primera instancia que quería decir Rebeca con eso. “¿A qué te refieres?”, le pregunté. Fue cuando sonrió de una manera infantil y maliciosa y se acurrucó cerca de mi axila. “¿Sabes qué es un bar swinger?”, yo le dije que si; mi mujer no dijo nada más, vi en sus ojos un reflejo de morbo; en ese momento creo que mi erección volvió a reanimarse. “¿Y qué opinas?”, preguntó ella. Le contesté que sería interesante, debía pensarlo.
No volvimos hablar del tema, ambos nos dedicamos a festejarle el cumpleaños a nuestro único hijo, Eduardo, quien llegó a sus cinco años vida; para ello le regalamos un castillo de lego. Al principio Rebeca y yo le ayudamos a cimentar las primeras piezas, le explicamos que el castillo para armarlo traía un manual que a través de ilustraciones explicaba el procedimiento a seguir. Entre Rebeca y yo construimos la base y luego Eduardo nos dijo que él quería armarlo solo, que ya había visto como se hacía.
Pasado el cumpleaños de mi hijo y con la propuesta de mí mujer dando vueltas en mi cabeza aproveché para averiguar más del asunto entre mis compañeros de oficina, un clan cuya mayoría estaba constituida por solteros aventureros o divorciados igual de aventureros. Fabián, quien era con el que mejor me llevaba en la oficina y quien además se jactaba como el más liberal, me habló un poco del tema durante el almuerzo.
“Güevón es que ver a la mujer de uno así al frente cogiendo rico y sabroso con otro que no eres tú, es lo más excitante que yo he llegado a experimentar, pero te advierto si quieres ser swingers primeramente no tienes que ser homofóbico, quiero decir no sentirse incómodo al ver las vergas hinchadas de tu prójimo flotando como trompas de elefante sedientos; segundo no puedes ser tampoco celoso, por que no creas ver a la mujer de uno gritando rico a costa de otros, te jode el amor propio, te caga el macho que tienes dentro, el Pedro Infante; tercero deben estar seguros de tener buenos lazos de pareja, porque pueden cagarse en el matrimonio”.
Las palabras de Fabián pintaban interesantes y hasta excitantes. Tenía la esperanza que llevar nuestra relación a otro escalón le proporcionaría de un nuevo dinamismo a nuestra sexualidad de pareja, y dependiendo del resultado final, darle a Eduardo un hermano. Aunque claro, en primera instancia no quise decirle nada a Rebeca, que fuera ella quien me lo propusiera de nuevo.
Sin embargo no estaba seguro y eso me llenó de una especie de ansiedad que yo trataba de contrarrestar ayudándole a Eduardo en la construcción del castillo, él iba colocando cada pieza no sin antes fijarse en el manual que traída la caja:
-¿No te ha costado armarlo? –le pregunté.
-No, es muy fácil.
-¿Y te gusta el regalo que te dio papi y mami?
-Si, por que cuando lo termine ahí vamos a vivir.
***
Una noche mientas jugueteábamos en la cama, le pregunté que si seríamos swingers. Ella se detuvo, me miró a los ojos y me preguntó qué si en realidad estaba interesado, le dije que si, que sería una linda experiencia de pareja. Sonrió y me besó. Le dije que yo me encargaría de todo. Esa noche tuvimos sexo hasta bien entrada la madrugada.
Al día siguiente, ambos durante el desayuno, concordamos que si lo íbamos hacer deberíamos dejar que todo fluyera naturalmente, nada de presiones. El primer paso lo tomé yo, hablé con Fabián y le pedí que nos reservara un lugar en el bar swinger al que el asistía con cierta frecuencia. Fue Rebeca entonces que se movió por su lado. Habló con su madre para que cuidara a Eduardo. A mi suegra le pareció extraña la petición, ya que contábamos a una niñera, pero le dijimos que teníamos que ir a una importante reunión un sábado por la noche y la niñera solo trabajaba entre semana. Mi suegra aceptó encantada, de todas formas siempre reclamaba por que no veía a menudo al niño.
La fecha para asistir al bar swinger fue un sábado, gracias a Fabián que logró conseguirnos una invitación para asistir. Tanto Rebeca como yo estábamos nerviosos dado que nunca antes habíamos compartido pareja ni llevado nuestra relación a situaciones limite, lo más descabellado -si se puede etiquetar de esa forma- que habíamos hecho ambos, fue haber experimentado el sexo anal.
Tanto ella como yo, antes que llegara la fecha acordada, vimos programas en la televisión y artículos en la Internet que hablaban de los puntos en contra y a favor que conllevaba ese tipo de actividades, incluso alquilamos la película una propuesta indecente en la que actúo Demi Moore y la alquilamos por que durante nuestro noviazgo la vimos y hubo la emperica fantasía en ese momento de que nos pasara algo así.
Lo que más temía yo, era que había un hijo de por medio y que podríamos estropearle la infancia, pero Rebeca con la lucidez que me enamoró, me dijo que el matrimonio era un negocio que se mantiene a base de inversiones y que haber tenido a Eduardo fue la primera de ellas, y que era lindo hacer otra inversión, quizá para saber qué tanto nos amábamos, de lo contrario nos daríamos cuenta que todo fue un fiasco. Esas palabras me estremecieron.
***

Asistimos un poco nerviosos al bar. Rebeca durante el camino me preguntó que si estaba nervioso, le dije que sí. Nos estacionamos a las afueras del bar, que no tenía ninguna peculiaridad en especial. En la entrada principal había un tipo en traje entero, al vernos nos pidió las respectivas identificaciones, se las mostramos, hizo un apunte y nos la devolvió. Por un momento tuve la sensación de estar visitando a los Masones.
Ya dentro nos encontramos para nuestra sorpresa con un numeroso grupo de parejas que compartían alegremente. Un hombre muy elegante, vestido de traje entero sin corbata, se nos acercó, seguramente notó que éramos nuevos, y con suma amabilidad nos preguntó qué de parte de quién veníamos, yo le dije el nombre de Fabián, y el tipo nos invitó a tomar asiento en una esquina. Allí nos ofreció un cigarrillo, no acepté, Rebeca si lo hizo, supuse que por los nervios. Comenzó a explicarnos el asunto.
A nadie se le obligaba a nada, comenzó diciéndonos, se debe utilizar condón, luego nos comentó que algunas parejas ya tienen experiencia, otras apenas la están adquiriendo, y nos dijo que como debutantes que éramos de llegar a un intercambio podríamos utilizar la habitación del piso de arriba. Se puso de pie y dijo que volvería pronto. Rebeca y yo aprovechamos para echar un vistazo al lugar. A esas alturas algunas parejas ya empezaban a abandonar el recinto con un negocio consumado, otras se mantenían hablando.
Al cabo de un rato se nos acercó nuevamente el anfitrión con una pareja de muchachos, quizá él podría tener unos veintiséis y ella igual no mayor que el muchacho. Nos presentó y nos dejo solos. Rebeca comenzó hablar con la pareja, mientras lo hacía miré a la muchacha: bastante delgada pero muy sensual, tenía un pañuelo en la cabeza y un rostro impecable, me sonría picadamente. Su novio era alto, un poco grueso pálido y bastante parlanchín, él se llamaba Federico y ella Paula. Sin darme cuenta ya habíamos llegado a un acuerdo, fue Rebeca que llevó la negociación a buen puerto, lo que la convenció fue que era la tercera vez que la pareja asistía a compartir.
Una mezcla de temor y ansias por acostarme con la muchacha me embargaron. Federico hizo una señal al anfitrión que de inmediato nos guió a un cuarto bastante espacioso y confortable, allí nos dejo. Había una de botella de tequila, nos servimos varios tragos y el calorcito del tequila nos adentró. Estaba un poco sorprendido de lo rápido como se estaban dando las cosas. Estuvimos hablando durante un largo rato más, y vi como mi mujer empezó a besarse con Federico. Paula me miró y me besó también. Fue así como en cuestión de segundos ambas parejas quedamos desnudas.
Traté de relajarme recordándome las palabras de Fabián que es cuestión de dejarse llevar y abrir la mente, dado que tuve el impulso de tomar de una mano a Rebeca e irnos de ahí. Paula al darse cuenta que pude lograr una erección bastante vigorosa me llevó a un sillón que había a un lado y Rebeca y el tipo ocuparon la cama. No hacía nadan, excepto besarse con ardor.
Paula tomó mi verga y la comenzó a chupar. Primero jugueteó con ella, pasaba mi glande alrededor de su boca y luego se la introdujo toda. Fue en ese momento en que me sentí mas tranquilo. Ella me miraba fijamente a los ojos mientras lo hacia. Luego Rebeca era quien le hacía el sexo oral a Federico, ya a ese punto yo estaba relajado y no me importó y comencé a disfrutar. Le hice el sexo oral a Paula, que no decía nada, simplemente me pasaba sus manos por el cabello.
Federico se cogía a mi mujer, igual yo con su novia. Ver a Rebeca tener sexo con otro, me excitó mucho. A la hora de estar en esas me vine en la boca de la muchacha y al cabo de unos minutos lo hicieron Rebeca y Federico.
Rebeca y yo nos vestimos y salimos de la habitación dejando a los muchachos que se acabaran con la botella de tequila y con la promesa de seguir viéndonos, ni siquiera nos duchamos. De camino hablamos poco. Concordamos en que si lo volvíamos hacer sería con la misma pareja; mi mujer les había pedido el número.

***
Pasamos todo el domingo con Eduardo, lo llevamos a pasear y llegamos a casa ya al anochecer y Eduardo al bajarse del auto corrió a su habitación, donde estaba el lego. Fui hacerle compañía y Rebeca se fue a cambiar. Tomé la caja que contenían las piezas y me asombré la cantidad de piezas y lo detallado que luciría el castillo cuando estuviera armado; Eduardo iba por buen camino, lo tenía bien adelantado. Rebeca ya con ropa de dormir entró a la habitación donde estaba el niño y se sentó al otro extremo de la cama y lo contempló en silencio; de vez en cuando lo regañaba para que se sacara las piezas de la boca.
Entonces mientras observaba a Rebeca comencé a recordar el día en que la conocí, la forma en cómo nos gustamos, mi primo quien nos presentó. Los dos años de noviazgo. El primer susto por embarazo. La cara de mi suegro cuando le dije que me casaría con la hija menor de la familia. La boda. Mi madre llorando de felicidad. Mi padre impaciente para el cura terminara la ceremonia. Mis hermanas y sus bendiciones. La luna de miel. Madrid. La noticia que sería padre. Y la nueva etapa que eso implicaba. Eduardo vino al mundo durante una madrugada en que Rebeca se levantó pidiéndome llamar una ambulancia. El niño nació tres días antes de lo previsto, fueron tres días de insomnio en los pasillos del hospital.
Cuando le dieron de alta a Rebeca vino lo demás: la casa oliendo a talco de bebe, los pañales sucios, esas largas noches, la lactancia, la falta de sexo, y las vacunas requeridas. Lo más caótico, lo recuerdo ahora en perspectiva, fue el nombre qué le pondríamos. Buscamos en un grueso libro el nombre, procuramos uno en castellano pero poco conocido, sin embargo Rebeca terminó por ponerle el nombre de mi suegro.
-Este es papi y esta mami –dijo Eduardo mostrándonos dos muñecos de lego, la reina y el rey de castillo.
-Vamos, es hora de dormir príncipe –dijo Rebeca mientras lo alzaba para llevarlo a la cama, pero con el borde de la bata de dormir destrozó una de las torres del castillo. Eduardo al ver las piezas desperdigadas por el suelo, rompió en llanto, un llanto que me dio la corazonada que algo más, en alguna parte, también se había derrumbado.

miércoles, marzo 12, 2008

OLAS


Desde que se instaló la transnacional, una canadiense dedicada el desarrollo del software, Moisés Rojas fue el primer empleado que contrataron, era un tipo extraño, y todos en la oficina lo sabían, sin embargo y pese a todo era un empleado sin igual, era un workaholic. La empresa lo catalogó como el mejor empleado del 2003, y todo indicaba que lo volvería a repetir en el 2004, un año que empezaba expirar.
Todas esas virtudes le valieron forjar una buena amistad con su jefe, un joven canadiense mucho menor a él, se llamaba Jeremy Schümmer, ambos rompieron la férrea ley de las transnacionales, en donde jefes y empleados no pueden involucrase más allá de asuntos laborales. Moisés Rojas lo sabía pero muy dentro de él justificaba su amistad con su jefe a varias razones, la primera que el muchacho era joven, la segunda por no ser de su nacionalidad carecía de los prejuicios latinos, y la tercera y última, y quizá más importante era canadiense y no un hijo de puta gringo. Había llegado a su puesto no por amiguismos, en eso los canadienses no pecaban, había llegado a ser jefe por puro trabajo y esfuerzo. Gozaba de un salario muy bien remunerado que si acaso pellizcaba, el resto lo guardaba en el banco, no por avaro sino por que tenía en qué gastarlo. Se quedaba hasta la una de la mañana, era una forma de sobrellevar el divorcio, por que si estaba sin nada que hacer las ideas de autodestrucción le salían de los oídos y le bailaban frente a sus ojos en una macabra obra de teatro; su estabilidad emocional era como si un copiloto de rally intentara armar un cubo rubic durante el trayecto.
Un viernes por la noche, y entre tragos –bebía muy poco- le comentó a Jeremy la primera vez que intentó suicidarse, fue a los dieciocho años cuando supo que sus padres se estaban divorciando. Le dijo que colgó de un árbol una soga, se trepó en la rama y no había introducido la cabeza en el nudo de la soga cuando ésta se rompió por que estaba podrida, dando al traste su intento; fue su madre que se dio cuenta de ello, puesto que desde la ventana de la cocina lo vio venirse al suelo.
Aquello le valió una paliza por parte de su padre que le dijo pendejo y maricón, y su madre fue menos ruda pero más ortodoxa ya que lo sometió a la guía espiritual de un sacerdote que tenía cola que le majaran. Le habló del reino de los cielos, del valor de vivir la vida y del pecado que consistía despreciarla. Que había cosas muy lindas por vivir, mientras se lo decía paseaba la mano por el muslo de un desinteresado Moisés. Cuando vio tan peculiar caricia por parte del sacerdote, Moisés y acorde a su pasiva personalidad, se la quitó como se quitará un chicle pegado a la suela del zapato y salió no sin antes escupir la imagen del santo patrón del pueblo.
No volvió hacer el intento de quitarse la vida por que quedó traumatizado, no tanto del hecho de su fallido acto sino por el temor de volver a verse con algún guía trastornado.
Intentó encarrilar su vida en lo más normal que pudo, siguió estudiando y se resignó ver a sus padres cada uno por su propio lado, se consumió por completo en su carrera de informática, le contaba Moisés y Jeremy lo escuchaba atento.
Durante su tiempo como estudiante no ligó mujer alguna, ni se emborrachó y prefería aislarse y manejar un bajo perfil. Tenía si acaso un par de amigos, ninguna amiga. Su segundo intento de suicidio se llevo a cabo cuando perdió un curso esencial en su carrera, esa vez, le contó a Jeremy, que comenzó a gritar, maldecir, putear y todas las ofensas eran contra si mismo, iba por los pasillos de la universidad gritando. Se encerró en un baño y ahí por la desesperación se tomó un poco del desinfectante que se encontró sobre el retrete, y paradójicamente fue el profesor del curso que reprobó, quien dio alerta a las autoridades. En primera instancia lo creyeron muerto pero para su mala o buena suerte, Moisés pudo sobrevivir luego de una severa desintoxicación. Los hechos que suscitaron después de su nuevo intento fallido, lo convirtieron en una sombra que nadie se dignaba a ver, ni en el salón de clase; su invisibilidad ni siquiera se rompió cuando se graduó. Nadie quiso fotografiarse con Moisés que esa noche, él se fue a dormir con todo y traje de gala.
-¿Pero a su ex cómo la conoció? -preguntó Jeremy ya un poco pasado de tragos y queriendo averiguar otros aspectos. Moisés le contó que luego de graduado comenzó a dar clases en una universidad cualquiera de esas, de garaje. Ella era su alumna. Ella nunca opuso resistencia a ninguna de las veces en que la invitó a cenar, al cine o tomarse un café. En su minimalismo romántico, Moisés Rojas le dijo a Jeremy, que demoró en darse cuenta en que Sonia estaba muy interesada por él, y fue ella que lo terminó por besar. Y sin pensarlos dos veces y consciente consigo mismo que Sonia sería la única mujer en su vida le pidió matrimonio y con el tiempo las cosas se fueron dando poco a poco. Comprar la casa, las primeras mascotas, los hijos.
-¿Y el divorcio por qué se dio? -preguntó Jeremy depositando varios cubos de hielo en su trago.
Moisés pareció apenado y dijo que Sonia se había hecho de otro, se lo confesó.
-Las razones del por qué se hizo de otro nunca las supe -dijo con desaire Moisés.
Jeremy guardó silencio, aunque en sus adentros quería reírse a carcajadas por la vida que había llevado su buen compañero de trabajo. Por lo menos esas desgracias que le relató Moisés le dieron luces del por qué actuaba como actuaba y tenía esa visión tan gris de la vida.
Impulsado por un súbito arranque de compasión, Jeremy le dijo que él y su novia, también canadiense, Dorothy, tenían pensado pasar la navidad y fin de año fuera del país, en otro continente y lo invitó a irse con ellos. Moisés lo miró extrañado, creyó que fue un disparate de Jeremy, que estaba pasado de tragos. Pero el muchacho insistió, le recalcó que dejara de lado su vida y que se fuera a vivir una aventura exótica, que volviera cargado de entusiasmo, y de positivismo.
-¿Dónde tienen pensado recibir el 2005? –preguntó Moisés.
-Queríamos ir a Australia pero todas las aerolíneas están copadas, igual los hoteles, y donde vi que hay campo es en el pacifico asiático. Dorothy me dijo que Sumatra era una buena opción. Sería excitante pasar las navidades y el año nuevo allá.
-No sé, la verdad…
-Vamos Moisés, desde allá y como propósito de año nuevo empiece a vivir de forma digna, usted tiene todo para eso, deje de lado tantos sinsabores y que allá en Sumatra nazca otro Moisés uno nuevo, positivo decidido, hágale a la vida el amor pero sin condón.
Aquellas frases le reanimaron, pidió un tercer trago, -ya mucho para él- y dijo que le reservaran tiquete aéreo y hotel.
Salían de vacaciones a mediados de diciembre, y la confirmación tanto de hospedaje como del hotel (uno cuatro estrellas) y del tiquete aéreo eran un hecho, según Jeremy y le dijo que incluso Dorothy ya encontraba en el país, lista para emprender el viaje. Moisés Rojas respiró profundo y sintió que el aire que ingresaba en sus pulmones era aire acondicionado. Era hora de tener una vida digna

***
Dorothy le pareció una muchacha encantadora, muy afable y hablaba mas francés que inglés, y su español era muy poco. Tuvo que madrugar ya que el vuelo salió a buen temprano. Dorothy y Jeremy iban al lado de Moisés quien pidió viajar cerca de la ventanilla, fue un viaje largo con varias escalas y con el temor persistente de que alguna maleta fuera a quedarse en alguna escala o que el avión lo secuestrara un grupo de terroristas. Llegaron a Sumatra por la noche, el clima era denso, caluroso y estático. Moisés cuando salió del aeropuerto sintió que las horas de viaje las realizó en un simulador, se sentía aún en su país. Se dirigieron al hotel.
Al día siguiente se despertó tarde, y desayunó copiosamente y se encontró a Jeremy y Dorothy en la piscina, Jeremy estaba dentro en el agua, y Dorothy tomaba el sol. El muchacho dijo que irían por la ciudad, a conocer el ambiente. La idea en un inicio no le pareció muy excitante a Moisés pero cuando empezó a ver los elefantes en la calle, los coloridos taxis, las edificaciones con relieves hindúes, y las mezquitas y la enorme estatua de Buda llena de macacos. Entonces no tuvo duda que estaba al otro lado del mundo.
Le pareció un poco surrealista ver en las tiendas adornadas con árboles de Navidad y Santa Claus que también compartían espacio con Ganeshas y Krishnas. La forma como hablaban los habitantes de la isla, le pareció cómica. Y una alegría creciente fue tomando posesión de Moisés.
La cena del veinticuatro de diciembre, fue para el gusto de Moisés un tanto exótica y picante y llena de condimentos y vegetales, pero sabrosa. Dorothy y Jeremy fueron a dormir temprano y él prefirió ir al casino que poseía el hotel. Entrada la madrugada conoció a Sophie, una holandesa. Tenía treinta y cuatro años y estaba de vacaciones en Sumatra. Era fotógrafa y hablaba un español peninsular. Hubo una química que, normal en Moisés no logró descifrar solo hasta cuando Sophie lo invitó a pasar la noche en su cuarto. Nunca en su vida recibió mejor regalo de nochebuena que el sexo que Sophie le proporcionó. A la mañana de navidad, se levantó con un entusiasmo nunca antes experimentado en él, se sentía como drogado. Se bañó con Sophie e incluso se la presentó a Jeremy y a Dorothy, el muchacho lo felicitó por empezar a vivir. Luego dijo que debía volver a Canadá, que lo llamó la empresa de emergencia y que se lamentaba no pasar el año nuevo a su lado, pero Moisés dijo que de todas formas lo iba a pasar bien acompañado y que volverían a verse en el trabajo. Dorothy y Jeremy tomaron el vuelo de mediodía de regreso a América, mientras tanto Moisés pasó todo el veinticinco como un quinceañero al lado de Sophie, jugaba con ella en la piscina, bebieron hasta quedar un poco borrachos y recibieron la noche en la playa, incluso Sophie lo invitó a Holanda. Moisés vio que su cambio de actitud le trajo grandes dividendos y que esa sensación de bienestar era una nueva vida que germinada en su interior.
A la mañana siguiente se levantó lleno de energías, sintiéndose dichoso, fue como si el grabado de su vida hubiera recibido una pincelada de color.
Dejó a Sophie durmiendo y decidió caminar por la playa. El cielo era un azul de acuarela, el sol parecía de neón, la playa más blanca de lo normal, el aire fresco y el mar, el mar y las olas, creyó que se fueron de paseo.
Se acostó en la playa, se quitó la camisa y se quedó mirando el cielo, con los brazos extendidos. Se emocionaba al ver a los pájaros pasar en manadas, al sentir la humedad de la arena en su espalda, incluso creyó que una nube le cerró el ojo, todo era diferente, se sentía reencarnado.
De pronto, escuchó un rugido que por poco le desprende el alma, se incorporó y la sonrisa que desde hacía días tenía dibujada en la boca desapareció; se quedó ahí, resignado, esperando que su realidad lo ahogara de una vez por todas.