La Madriguera (Ediciones Lanzallamas) es el primer cuentario de Rodolfo Arias. La obra acaba de ser galardonada con el premio nacional Aquileo Echeverría 2010. El autor tiene en su haber la mítica El Emperador Tertuliano y la Legión de los Superlimpios (reeditada el año pasado por la Editorial Costa Rica), Vamos para Panamá (Ediciones Perro Azul) y Te llevaré en mis Ojos (Legado/Euned), pieza gracias a la cual Rodolfo obtuvo el Aquileo Echeverría del 2009 pero en la categoría de "novela".
El cuento que da inicio a este libro, "Hilo Rojo", es el que me distrajo en toda la colección puesto que para mi gusto dilata mucho y termina dispersando al lector. Sin embargo, tiene su contraposición en "Carlos y Carlos", uno de los mejores de la serie por su carga frenética de tensión y estrés. Este relato se refleja —y el autor tiene esa capacidad de hacernos participes— dentro de uno de los Carlos, cuyo día a día y cuyas aspiraciones se ven, poco a poco, inmersas en un torbellino que desata en Carlos la ira hacia el otro Carlos.
La estructura de cuentos como tal inicia cuando el escritor describe casi paralelamente la vida de ambos Carlos, quienes a pesar de tener el mismo nombre distan de compartir vidas similares. En "Carlos y Carlos" la Ley de Murphy es el acicate para que el cuento tenga una final cargado de humor negro que le saca las carcajadas a cualquiera.
Otro cuento que resulta interesante es "Polvo que cae". En este último Rodolfo Arias nos muestra una de sus principales características que es la ternura para con sus personajes a través de una prosa cargada de nostalgia. Este primer apartado lo cierra "Buzón de bronce", un historia de amor a partir de una carta cuyo contenido llegará a la manos de quien tiene que llegar solo después de una serie de divertidos y jocosos inconvenientes.
En De humo y lata Arias Formoso experimenta con el lenguaje, mezcla su bien cuidada prosa con las más variadas expresiones del costarricense. Las temáticas que describe suelen ser bastante alegóricas y se pueden ver reflejadas en el texto titulado "Labio", que más que un cuento podría decirse que se trata de un prosema, como definía el poeta nicaragüense José Coronel Urtecho a este tipo de textos que suelen ser una simbiosis de prosa y poesía. Sin embargo, cuentos como "Buenas Noches" y "Chicharras" retoman la prosa y dejan al lector en un estado de inquietud, ya que hurgan en esos miedos que a veces nos parecen solo dignos de alguna película absurda, llámese quedarse en medio de la nada o verse inmerso en una invasión de chicharras.
Leer a Rodolfo Arias es como ir a ver una película en 3D al IMax de Paseo Escazú. "El Sitio vacío" es una novela corta o cuento largo, como sea. Este relato es exuberante en lenguaje, en imágenes y en recuerdos. El personaje, el yo narrador del que no sabemos su nombre (pero no nos importa), aborda un clásico bus de zona rural costera que calienta motores en espera de su salida. Mientras tanto, conocemos gracias al don de observación de Arias hasta el más mínimo detalle de la escena, movimientos, personajes, sonidos, olores y sensaciones toman vida propia en un texto que brinda un relieve realista exquisito y muy humano a la historia. Leer a Rodolfo Arias es como ir a ver una película en 3D al IMax de Paseo Escazú.
No obstante, "El Sitio Vacío" es una metáfora riquísima de la soledad propia del personaje —y nuestra, por qué no—, que se sumerge en sus recuerdos para obviar su solitario presente; el autor nos sienta en ese bus que parece que nunca va a arrancar, pero no hace falta, porque el verdadero viaje es otro. Nos adentramos así en la mente del narrador que nos cuenta detalles íntimos de su pasado, de su presente y de su futuro, todo esto a partir de escenarios detallados que hacen de esta novela breve una lectura verdaderamente placentera. En "El Sitio Vacío" los personaje desfilan, aparecen y desaparecen, como una especie de comala, muy a la nuestra, a la tica, pero basada en el recuerdo, en un realismo que tiene todo menos realismo mágico. Es en ese pomposo viaje en el que nos inmiscuimos durante la lectura de este relato, sin darnos cuenta todos los elementos que hay en él se terminan por difuminar y el verdadero viaje incia para el lector.
La Madriguera viene a llenar un espacio necesario en la obra de Arias Formoso, así lo perciben sus lectores (que asumo son muchos en este pequeño país), los cuales, estoy seguro, agradecen adentrarse en esta faceta del autor a quien solo conocían como un depurado novelista.
Gracias a esta colección de relatos Arias se reinventa y comparte otra vertiente de su hábil pluma, consolidándose así como uno de los escritores costarricenses más relevantes de nuestros tiempos. Es evidente que un autor de su calibre debería correr mejor suerte fuera de nuestras fronteras... Mientras eso sucede, no nos queda más que seguir esperando de su calibrada pluma el sutil ingenio y ese humor negro al que nos tiene acostumbrados.

No he terminado el libro, (ya casi) pero ciertamente ha sido un viaje en prosa de primera.
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