lunes, noviembre 15, 2010

Diatriba contra el rescate de los mineros. Artículo de este servidor en la Revisa SoHo.


Treinta y tres mineros salieron de la Mina San José a través de un supositorio llamado, muy creativamente, Fénix 2; mucho nombre para algo que no es más que una tétrica jaula que pendía de un cable. 

Antes del accidente del cinco de agosto, nadie conocía a estas nuevas celebridades under que a partir de su rescate se han dedicado a tirársela rico; mucho mejor que usted y yo, sin duda. Pasaron de un trabajo en condiciones miserables (que nunca desvelaron a nadie) a convertirse en los invitados de alfombra roja del Real Madrid y el Manchester United. No habían puesto un pie afuera cuando ya tenían iPod personalizado, calzoncillos galácticos y crucero por el Mediterráneo.

Por aquello del diario, el excéntrico millonario chileno Leonardo Farkas les donó $10.000 a cada uno. Súmele a eso las regalías de los cheques que llegarán por debajo de la mesa de la mano de periódicos, revistas y programas de tele, además de los ya comentados negocios para los libros y películas del caso.
No cabe duda, el accidente fue lo mejor que le pudo pasar a los treinta y tres atrapados y la peor desgracia para todos los que lograron salir el mismo día, quedándose de inmediato sin trabajo y sin fama. Los nuestros, en cambio, pasaron un susto por poco más de dos semanas y después se la tiraron como Linda Díaz después del divorcio: comieron rico y con supervisión de nutricionistas y se dieron el lujo de salir a correr y trotar para mantenerse en forma. No pasaron necesidades, salvo los malos olores de los colegas y algunos conatos de bronca inevitables, pero, lo que pasó en la mina, se queda en la mina… por ahora.

Mientras llega el primer documental de Discovery Channel con los detalles truculentos (denle menos de un mes) nos tenemos que conformar con el melodrama rosa que nos recetó CNN y cuanta cadena latina se colgó de la novela. De las intervenciones de Canal 7 y su enviado Rodolfo González, no hay mucho que decir: algunas veces parecía motivador de vida, otras reportero del difunto Chavespectáculos o enviado especial para meter miedo con una serie de adjetivos apocalípticos del futuro de los mineros.

Mario Sepúlveda fue el más vivazo de todos. Sabía que cuando finalmente salieran a la superficie, dejarían de ser simples mineros que se partían el lomo todos los días para convertirse en figurones mediáticos. Emergió segundo y no paraba de dar brincos y gritos, parecía capo de barra brava incentivando a la turba que estaba ahí cerca a gritar el "Chi Chi Chi Le Le Le ¡Los Mineros de Chile!", canto que más de un bañazo puso en su Facebook aquí en Costa Rica.

Cuando vi a ese hombre salir pensé que le tenían que hacer el doping, parecía que lo que se había metido el Sepúlveda sería un secreto más que se quedaría en la mina.

Después de los primeros diecisiete días en que nadie sabía nada de ellos ni ellos de nadie, el mismísimo Ministro de Minería, Laurence Golborne, presa de la angustia, se dejó desencajar ante las cámaras su carita de muñeco de queque para darle paso a la angustia al decir que no encontraban a los mineros —en vivo y a todo color, cuando el gran circo no era tan famoso como en sus últimos capítulos de la temporada—. En esa ocasión, fue regañado por un periodista que estaba cerca, recordándole que debía mantenerse tan firme como la piedra que trataban de penetrar. 

Cuando finalmente salió a la luz pública el papelito que leyó Sebastián Piñera —en medio de una pomposa conferencia de prensa— en el que se decía que los treinta y tres mineros estaban a salvo en el refugio, la noticia fue celebrada como gol mundialista de la Roja de Bielsa: todos se abrazaban, otros se felicitaban y otros tantos alababan al señor. Chile salió a las calles con banderas y carros pitando; los mineros estaban vivos, ¡Oh milagro! ¡Hazaña! ¡Epopeya! ¡El dios de todos los ejércitos y los desiertos volvió a emerger!
Desde entonces, los mineros se dedicaron a enviar saludos a toda la fanaticada, a jugar dominó y cartas y a esperar el salto a la fama, literalmente. A la hora de salir estaban bien preparados, hasta tenían camaritas para grabarse mientras los rescataban. A la postre y a como están las cosas, también las terminarán por vender en ebay. 

A semejante circo solo le faltó la presencia de reconocidos chilenos, por ejemplo Don Francisco, entrevistando y premiando a cada minero rescatado, Luis Omar Tapia narrando cada rescate y Tom Araya —emblemático líder de la banda Slayer— dando un concierto en pleno campamento Esperanza. Habría sido la demencia total, ¿se imaginan?
Llegó el día de la ascensión de los santos mineros y todos los medios del planeta se dieron cita. Desde el desplome de la Torre de Babel, no se habían visto tantos idiomas reunidos en un mismo lugar. Aquel hecho significó un pequeño paso para la minería, pero un gran paso para Piñera y Golborne.

Toda la prensa estaba ahí pendiente mientras gran parte de la humanidad hacía barra a través de las redes sociales. Me imagino que hasta el psicomago —vaya usted a saber qué putas significa eso— Alejandro Jodorowsky, con sus poderes de Kaliman, ayudaba a sus compatriotas a salir del hueco hasta que Florencio Ávalos salió a la luz, pero no de las lámparas, ni de los flashes, sino de la imperturbable sonrisa de Piñera que lo recibió con un abrazo tan apasionado que por poco le tira al suelo los lentes Oakley que se les obligó a ponerse encima.

De inmediato y sin tiempo que perder, fueron saliendo uno por uno los mineros. No se presentó problema alguno en lo que fue una operación insospechadamente exitosa: todos fueron rescatados y están felices y coleando, o lo que es lo mismo: ricos, sufridos y famosos. La cereza al pastel de aquella escena final vino cuando Luis Urzúa, el último minero en ser rescatado, miró al Presidente —tras los abrazos de rigor— a través de sus lentes oscuros y le dijo con tono de Terminator: "Espero, Presidente, que esto nunca vuelva a pasar".

Con los días se va viendo la realidad, se van quitando las guirnaldas, las bombas, los juegos de pólvora; se diluye el maquillaje de los payasos y se escuchan lejanos los "Chi Chi Chi, Le, Le, Le". Ahora los buenos mineros se han convertido en una especie de Globetrotters armados de cascos, focos, picos y palas. No sería nada raro que los veamos en un musical, ya cuando el accidente de la mina haya pasado de moda, haciendo un baile a lo Village People o, de pronto, cantando como los enanitos de Blanca Nieves, "hi-ho, hi-ho, por entrevistas hay que cobrar, hi-ho".

Algunos ya se han adelantado al coro. Pablo Illanes pidió a un reconocido periodista chileno $15.000 por una entrevista, mientras Florencio Ávalos mandó a su esposa a colgarle el teléfono a cualquier periodista que no adjunte un cheque al cuestionario. Otros no quieren saber nada de la prensa, como Johnny Barrios, el infame minero galán que ha reforzado aquella estadística que dice que de cada treinta y tres mineros, uno es infiel.

Mientras las familias de las nuevas estrellas encauzan una demanda contra los dueños de la mina por $10.000.000, hay treinta y un mineros chilenos (solo en el 2010) que no recibieron iPod, ni viaje al Mediterráneo, ni el abrazo de Piñera; ni siquiera el de su familia. 

Solo días después del tan visto rescate, dos mineros murieron en una mina de Colombia, otros tres en Ecuador y en China veinte se unieron con Mao o Chiang Kai-Shek. Diecisiete más quedaron atrapados, pero de ellos no tenemos un reality. Los que importan ahora son los treinta y tres; los que irán a ver los partidos del Real Madrid, patearán el saque inicial y se tomarán la foto con Ronaldo. 

Mientras tanto, los otros, los muertos, siguen siendo invisibles, dignos solo de una nota ocasional para rellenar el noticiero. Ahí se quedarán por siempre, como los sesenta y tres de Pasta de Conchos, hundidos bajo el yacimiento del circo que apagó las luces: ni siquiera sus cadáveres serán rescatados o envueltos en trajes térmicos proporcionados por la Nasa. 

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