Cuando conocí a Daniel Garro, me pareció que había pasado toda su vida metido en una nave espacial. Un tipo tímido, callado, de lentes y chaqueta ochentera, cuya pinta se acentuaba gracias a los pantalones de vestir que redondeaban en él un aspecto de señor, impropio para quien recién estrena los veintes. Con la cautela del caso, abordé Deux ex Maquina, su primer libro, publicado por la editorial de la Universidad Estatal a Distancia en el 2009.
Sucede que yo nunca he sido fanático de la ciencia ficción, salvo, ¿cómo no?, cuando la obra lleva la firma de mi querido Ray Bradbury, a mi criterio el maestro del género y quien me dejó maravillado desde mis primeras lecturas. A su lado, ocasionalmente he apreciado los mejores trabajos de Philip K. Dick, el padre creativo de Blade Runner, famosa obra maestra del género en cine.
Deux ex machina en latín, o “Dios es Maquina” en español, está compuesto por un par de cuentos largos, o dos novelas cortas, véalo como quiera. El libro dio de qué hablar pues estuvo participando muy de lleno en el premio nacional Aquileo Echeverría.
El primer texto es “Objetivo Madre”, una odisea en el espacio exterior, o como reza la contraportada "en un futuro único donde la tecnología es más grande que el universo". Daniel Garro engancha desde el primero párrafo gracias a una prosa limpia, cuidada, amena y respaldada por un hilo de tensión que destaca como el punto más alto de este libro, ya que está presente en ambas historias.
“Objetivo Madre” me recordó a Contacto, laureado libro de Carl Sagan que la mayoría de ustedes recordará por su adaptación al cine con Jodie Foster liderando el reparto. La premisa de aquella obra resume todo al encuentro entre el microcosmos (el hombre y su mente) y el macrocosmos (el universo infinito), tal y como sucede en este cuento.
La historia empieza cuando un grupo de exploradores espaciales se topa en medio de la nada con un objeto que Daniel Garro denomina SUKO (Space UnKnown Organism). La tripulación decide abordarlo para su estudio ignorando las consecuencias que su natural curiosidad acarreará. Mientras procuran establecer el origen del objeto, uno de los oficiales (Franco) de la nave es presa de una pesadilla recurrente que tiene que ver con su hermana. A partir de su mal dormir y de los conflictos que el SUKO trae a bordo se teje a grandes zancadas el relato.
La trama se construye bien, atrapa y entusiasma al lector solo para finalmente entregarle un desenlace decepcionante. El epílogo se llena de una cursilería inadecuada cuando Franco -el único que queda en pie- se enfrenta a su universo interno expuesto en plena Vía Láctea. Uno tras otro se turnan diálogos llenos de clichés, imágenes al mejor estilo holywoodense y dramas en exceso sobresaltados en un dulce que no le va ni a la historia ni a la bien cuidada prosa de Daniel.
El texto que completa Deux ex Machina se titula “El niño Mariposa”. A diferencia de su antecesor, este está mejor trabajado argumentalmente hablando y es mucho más lineal y consistente. En esta historia se nos cuenta la vida de Tomás Cartucci, una especie de guarda en un condominio en la Luna que por fin ya ha sido habitada a granel: hasta la ONU, — nos cuenta Garro— tiene su lugar en esta ciudad lunar. Todo marcha con normalidad hasta que la ciudad terrícola es invadida por una plaga de insectos, protagonistas definitivos de la trama que el autor mantiene en un hilo de suspenso hasta el final, mucho mejor ejecutado que en “Objetivo Madre”.
Ambas narraciones se sustentan en eso otro que penetra e invade la tranquilidad de los personajes, así como en las consecuencias de este elemento (llámese suko o insectos) que causa las reacciones más inesperadas en los personajes de Daniel Garro. Esta es precisamente su columna creativa, se puede leer entrelineas —sin que el autor haya querido— como un discurso sobre nuestras fobias y nuestro miedo constante a lo desconocido.
Un punto bastante débil en Deux es Machina es la técnica narrativa, el abordaje elegido por el escritor (alimentado sea de su visión de mundo, de sus lecturas, sus influencias) para contar sus historias cae en un acartonamiento (de pronto infantil) que entrega diálogos y gestos algo artificiales, quizá producto de la televisión (Ulises 31, Capitán Raimar) o el cine (Jurassic Park).
Sin embargo, este libro, con sus altos y bajos propios de una obra primeriza, resulta una lectura entretenida; amena y legible, tal y como recomienda Guillermo Cabrera Infante sea el objetivo de toda obra literaria. No cabe duda de que Daniel Garro tiene talento para escribir, así lo ha demostrado con este promisorio debut que sorprendió a propios y extraños, en cuenta a quien escribe esta reseña.
Como es costumbre puede también leerla acá.
