Gilberto Lopes [email protected](a los 25 años de Cachaza)
Gracias a Gilberto Lopes por dejarme y pasarme a su vez el texto que se publicó en Ancora cuando la novela Cachaza de Virgilio Mora cumplió, en aquel entonces, 25 años, ahora, con treinta años de publicada y con una reedición de la EUNED subo este interesante texto, y reitero mi agradecimiento a Gilberto Lopes por dejarme subirlo al blog.
Gracias a Gilberto Lopes por dejarme y pasarme a su vez el texto que se publicó en Ancora cuando la novela Cachaza de Virgilio Mora cumplió, en aquel entonces, 25 años, ahora, con treinta años de publicada y con una reedición de la EUNED subo este interesante texto, y reitero mi agradecimiento a Gilberto Lopes por dejarme subirlo al blog.
El Cachaza y el Viejito llegaron de primero a la fiesta. Vestido con corbata y sin zapatos, con los pantalones cortos y remendados, Cachaza lucía un pelo brillante de grasa, peinado de carrera, como en los primeros años del encierro. Así empieza la escena terrible, el aquelarre, la celebración de fin de año en la que el Cachaza reconstruye, en sus sueños, el origen de su tragedia.
-Dime, Señor, que todo fue solo un horrible sueño... que mi padre está vivo... que a mi madre... yo no la maté...
No era un sueño...
-Dime, Señor, que todo fue solo un horrible sueño... que mi padre está vivo... que a mi madre... yo no la maté...
No era un sueño...
Pero hay que ir por partes, pues Cachaza, como todos los textos, tiene muchas lecturas. Texto brutal, en un escenario de cárcel y de locos, la lectura anonada. Cuesta huir de la tentación que la denuncia plantea. Pero hay que resistir, porque el encanto está en otra parte. En realidad, la brutalidad del texto no ayuda a reconocer la propuesta estética de Cachaza, su forma de contar que le da, al final, toda la fuerza a una historia que -si no se tiene cuidado- es capaz de aniquilar a cualquier autor.
Quizás el hecho de que V. Mora R. haya escrito desde lejos, de que se haya ido a California y Nueva York hace unos 30 años, de que no esté aquí, no ayude a la presencia de su obra. Pero hay que hacer el esfuerzo; el olvido perjudica.
Lo otro que aleja es el tono devastador de la denuncia. Pero, ¿qué culpa tiene el autor? Quizás solo la de haber hecho resaltar el detalle, de haber puesto el ojo en la llaga, de haberla pintado a color. Pero nada más.
Lo que hace notable la obra de Mora no es eso y no es justo que pague culpas que no son suyas.
El ojo de Cachaza
Vamos al grano. De lo que quiero hablar es de su manera de contar. La fuerza de Cachaza se esconde en el ojo del narrador: oculto detrás de su locura, es con los ojos de Cachaza que vemos el mundo. De ahí el efecto devastador de la narración.
Mudo, desde que mató a su madre, Cachaza no habla, piensa. Es su monólogo interior lo que hace avanzar la obra y ese monólogo no respeta las leyes del discurso. No el de los cuerdos.
Como ese, cuando el "Viejito" regresa de los electrochoques y lo acomoda en la cama del "Taco", alucinante personaje, sin brazos ni piernas, que el Cachaza sacó a asolear pero no lo encontró, cuando lo vino a buscar; "...lo busqué hasta en el servicio de mujeres y ahí fue donde me empecé a sentir realmente enfermo, se me revolvió el estómago y tuve que regresarme en carrera a Aislamiento de Hombres pues me dio diarrea y una ganas horribles de vomitar y sabés qué, viejito, ahí en el excusado de Aislamiento de Hombres me encontré al Taco metido en un estañón en donde se tiran los papeles de limpiarse, pobre Taco, ahí metido con la cabeza de fuera parecía un tapón, dime si no hay que ser un criminal para hacer algo así, meter al pobre en un estañón de mierda..."
Ahí está el secreto de la narración; pero no es todo.
Ese monólogo se alimenta de los sueños, lo que libera al narrador de los límites estrechos del tiempo y del espacio, de las paredes del hospital psiquiátrico y de la cárcel, que permite volver, una y otra vez, a la escena dramática, de la muerte del padre y el asesinato de la madre.
Y a cambiar de narrador, de pasar el relato a otras voces, en un diálogo que transcurre en la cabeza del narrador: el mudo Cachaza.
En el sueño, la violación a que lo somete el playo Valdés se confunde con la del sargento, en medio de un cambio de voces en el que su ¡¡aayyyyy!! engarza, en el sueño, con el del sargento, que pide ayuda al capitán porque el Cachaza le rompió la cabeza, con un golpe de cenicero, cuando este trató de violarlo en la prisión. Pero eso fue antes de que lo encerraran en el psiquiátrico.
La muerte del padre y el asesinato de la madre vuelven, una y otra vez, la última en la escena final, la de la fiesta. Ten compasión de mí, Señor, pide, mientras sueña que "...la otra cosa, la otra cosa me la soñé, nunca sucedió, dime que sí, Señor, dime que todo fue solo un horrible sueño, dime Diosito, que mi padre está vivo... dime que mi madre... yo no la maté, Dios mío, mi santa madrecita está viva..." "Yo no tuve la culpa", le dice al amigo muerto, Lario. "Cómo quieren que me quedara sin hacer nada cuando la vi abrazada con un tipo borracho, besándose... cómo señores policías, cómo quieren que me quedara sin hacer nada cuando yo vi al borracho abriendo la puerta del cuartucho en ese hotel listo para llevársela a la cama... mi madre, Lario, mi madre que de niño me decía que yo era la razón de su vida". Y la ve rodar por la escalera, explotar su cráneo contra el piso de cemento, sus gritos transformados en un gemido largo y agudo, como el grito de un recién nacido.
"...doña Aleja, diga doctor, antes de encerrar a este paciente en el Patio de Aislamiento quiero que le inyecten otro Leptozinal..."
Y después, la fiesta, esa escena formidable, alucinante, con que se cierra la historia de Cachaza pero abre una página luminosa de la literatura costarricense, cinematográfica. Como si Fellini la dirigiera, asaltado por los viejos fantasmas, como en Roma, o Amarcord.
Las palabras, en la memoria, se dicen sin† puntos ni comas, los signos normales que ordenan el relato literario. Eso no facilita la lectura, pese a que abre posibilidades insospechadas al narrador. Cuando el lector se enfrenta, por primera vez, a un texto de Mora -nos advirtió Maritza Castro en su tesis sobre el autor- se desconcierta, siente que le han impuesto un trabajo, que debe organizar la historia, reconstruirla, descifrarla. Tiene razón. Y aunque se refería a un cuento de Mora -el primero, de los dos que componen el libro Dos cuentos- el estilo estaba ya presente en Cachaza, novela anterior, concluida en 1975 y publicada dos años después, hace ya 25 años.
Es que la obra de Mora es ya vasta, desde que, en 1974, publicó en Nueva York , The grand father, sus cuentos y sus historias cortas, todas exigiendo la reedición crítica que la literatura costarricense pide, a gritos.
Dos cuentos; De su historia hace mucho...; Nora y otros cuentos; La película; La distancia del último adiós, novelas cortas, cuentos largos, todas historias con el ojo clínico del psiquiatra pero, sobre todo, del escritor original, cuya presencia le hace bien a la literatura costarricense.
