jueves, septiembre 24, 2009

EL LEGADO DE HUBERT SELBY JUNIOR


El 26 de Abril de este año, Hubert Selby Jr., uno de los genios más despreciados de la literatura americana, dejó de respirar. Probablemente sea Selby también el último de los verdaderos Beats, aquella generación pintada por Jack Kerouac a través de Dean Moriarty en « On the Road » : un grupo de jóvenes implorando su libertad, su búsqueda de lo beatífico, condenados paradójicamente, a una vida casi siempre horrorosa nada envidiable. Jack Kerouac, muerto a los cuarenta y siete años de cirrosis, William Burroughs, adicto veinte años a la heroína y Hubert Selby Jr., condenado a morir desde los diez y ocho años.
Pero Selby Jr. no era un Beat, al menos en el sentido estricto de la palabra. Pocas veces asistió a los encuentros de ese grupúsculo y si bien su búsqueda fue similar, nunca fue la misma. Él siempre fue un marginado, un outsider, un tipo que nunca debió ser escritor, un bueno para nada casi iletrado que murió con los pulmones calcinados. "Obstrucción pulmonar crónica" dice el obituario, ese texto que siempre trata de explicar lo inexplicable: Selby Jr. está muerto, no volverá a desafiar al alfabeto o a los doctores contra los cuales luchó toda su vida.
Así, fue a los dieciocho años que tendría su primer encontronazo con la realidad medical. Habiendo abandonado su casa a los quince para convertirse en marino mercante, un decrépito y enfermo adolescente bajó del barco tres años más tarde en Alemania para ser informado por los doctores que sólo le quedaban unos pocos meses para vivir. Vuelto a los Estados Unidos e ingresado en el Hospital Militar, su tuberculosis dilapidó rápidamente el dinero familiar, costándole a él tres años de cama y diez costillas extraídas de su cuerpo. La droga streptomicina había afectado su visión y audición, incluyendo su oído interno, lo cual lo hacía perder el equilibrio en la oscuridad. Para colmo, uno de sus pulmones había colapsado y le habían sacado una parte del otro. Sin embargo, "here I is", como dijo el propio Selby Jr., el sobreviviente.
Seis años más tarde y con un ataque de asma, el doctor que lo atendió esta vez le dijo que simplemente no hiciese nada, que la muerte era inevitable ya que no tenía suficientes pulmones. Una segunda y tercera opinión corroboraron el pronóstico macabro dado a un joven ahora casado, sin poder ejercer oficio alguno. Sin embargo, en palabras del mismo Selby Jr., se "rehusó a morir" sólo porque un doctor se lo dijera, y de allí en adelante lo demás no fue sino rescribir toda la narrativa americana en un pequeño puñado de libros.
Ahora bien, como cualquier aficionado escritor sabrá, una cosa es declararse escritor o tener todas las ganas de convertirse en uno, otra muy distinta es hacerlo. Así, Selby Jr. pasó algo de tiempo sentado frente a su maquina Remington, viéndola, pensando qué diablos debía hacer. Escribió un par de cartas y luego botó la máquina para sentarse a reflexionar. Es aquí donde podemos subrayar el nacimiento de un verdadero artista. Para alguien que afirmó ligeramente, "me sabía el alfabeto, así que decidí que me convertiría en escritor", la actitud de Hubert Selby Jr. de detenerse ante el papel virgen antes de escribir cualquier barrabasada que se le ocurriera refleja la búsqueda de un motivo. Historias hay en cada esquina, como bien sabe cualquiera. Detienes al primer bobo en la calle y te puede recitar una retahíla de cuentos y anécdotas como para llenar una enciclopedia. Para Selby, el problema literario no estaba en la historia, sino en lo que se contaba y cómo se contaba, sin hablar del Porqué.
En todo caso, y desde cualquier punto de vista, que un marinero medio enfermo sin ninguna formación literaria más allá de los cuatro libros de Melville y Joyce que se leyó en el Hospital, en fin, que esta persona pueda crear una obra como "Last Exit to Brooklyn" es impresionante. En este libro se percibe una necesidad narrativa, una búsqueda lingüística que no escatima sobre todo en los recursos auditivos. De hecho, cuando se le preguntó a Selby Jr. cual era su mayor influencia al escribir, su respuesta, siempre parca, fue "Bethoveen". Tal afirmación no sorprende al leer lo esmerado que siempre serán sus diálogos, que conducen la narrativa, que guían al lector y que hasta su último libro, el sensacional "Waiting Period" no dejarán de reflejar una realidad americana, neoyorquina, de Brooklyn.
Claro que no toda "realidad" es bonita, mucho menos si se pasa por el calvario que Selby Jr. pasaría prácticamente toda su vida. Es por ello que no asombró que las mentes pacatas no vieran más allá de los personajes conflictivos y la violencia que engendran, decidiendo prohibir la novela durante algunos años. No es de extrañar ya que el mismo destino le fue sentenciado a Miller, Burroughs y Joyce, por no mencionar sino a algunos. Poco importa, el hecho es que finalmente pudimos acceder a lo que Allen Ginsberg llamase una "bomba oxidada de acero que explotaría sobre los Estados Unidos y sería leída ávidamente incluso dentro de cien años". Porque Selby logró captar la angustia americana, la decepción, la violencia y todo aquello ligado a cierta población que siempre parece querer excluirse de los relatos contemporáneos.
Es en este punto cuando aparecen las analogías biográficas, aunque no narrativas, con los mal llamados Beats. Burroughs se "despertó de la enfermedad" como el dice, luego de veinte años de adicción, para ver "Naked Lunch" censurado por "perverso", libro descrito por el mismo Allen Ginsberg como "un recorrido en montaña rusa por el infierno". Selby Jr. se despertó luego de su paso por los doctores y las medicinas para crear Last Exit y verla también descartada en Inglaterra por el "obscene publications act" de 1959 (Acto/Ley de publicaciones obscenas).
Por otro lado, su espíritu Beatnik paralelo se nota en sus colaboraciones, una especie de doppelgänger de William Burroughs pero con menos presupuesto. Burroughs verá Naked Lunch llevado a la pantalla por David Cronenberg, Selby Jr. hará una breve aparición en la oscura adaptación de Last Exit hecha por Uli Edel. Burroughs grabará un disco con Kurt Cobain en 1993, Selby Jr. grabará con el menos vistoso Henry Rollins en 1990. Su última aparición será en la genial adaptación de Darren Aronofsky de "Réquiem for a Dream", en el 2000.
Sin embargo, Selby Jr. siempre sería un marginado, tanto por su condición física como por su forma de escribir. Demasiado enfermo, demasiado demacrado y sin la desfachatez de Jack Kerouac para abandonar a sus esposas, Selby Jr. trabajaba de día y escribía de noche, a pesar de la piedra negra que latía en su pecho y que lo obligó -finalmente- a dejar de fumar un mes antes de su muerte. Este tren de vida le impedía poder participar de las fiestas y salidas de los imprevisibles Beats, quienes buscaban siempre la última experiencia vital.
Entonces, ¿cómo describir a Hubert Selby Jr.? No parece haber otra manera sino la de hacer referencia al Beatnik que no perteneció a la generación Beat, al escritor que nunca estudió literatura, que nunca fue premiado, que nunca fue siquiera leído antes de ser criticado. Nunca recibió una beca o una oferta universitaria, lo cual lo llevó a terminar viviendo del seguro social y de la pensión que le daba la milicia. En un mundo donde prevalece la literatura pseudo-erótica, donde "La vida sexual de Catherine M" se convierte en bestseller, donde los franceses terminan plebiscitando los esfuerzos mediocres de Fréderic Beigbeder o Michel Houellebecq, donde es difícil sino imposible evitar mediatizarse a lo Easton-Ellis para vender libros, en ese contexto preciso, Hubert Selby surge como un llamado a la modestia, a la sinceridad, a la escritura desde el corazón, desde la realidad.
Más que eso, su legado se concentra en la herencia de unos personajes que, al igual que el ser humano, vivían llenos de contradicciones y errores, pero a diferencia de los demás escritores, Selby nunca trató de rectificar esta conducta presente en cada uno de nosotros, según la cual humano, demasiado humano, es lo que hacemos todos, sin poder atribuir ningún tipo de juicio moral sobre el otro. A lo que sí nos podemos limitar es a ver al otro y descubrir su sufrimiento, uniéndonos a él a través de un vínculo de empatía. Y eso lo entendió Hubert Selby Jr. mejor que cualquier otro escritor contemporáneo. Una lección que serviría a más de uno en nuestro presente liberal individual de sálvese-quien-pueda. Creo que eso muestra algo de lo que fue Hubert Selby y su escritura siempre será ese reflejo, de un hombre, un artista, un rebelde y un excluido.

Información sacada de acá.

domingo, septiembre 13, 2009

LA BREVE Y MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO


La breve y maravillosa historia de Oscar Wao ganó el importante Premio Pulitzer 2008. La trama tiene como sustento la historia de una familia de procedencia dominicana radicada en los Estados Unidos. Debo admitir que la primera parte de esta novela me entretuvo, en cierta forma por la manera en que Junot Díaz construye metáforas con el mundo pop en el que se desarrolla el personaje principal de este libro, Oscar un gordo nerd, cuya limitada vida gira en torno a El señor de los anillos, Watchmen, Dune, Los 4 Fantásticos y otros tantas referencias del entretenimiento cotidiano y que Junot Díaz eleva a lo mítico, punto para él. Otro punto a favor de del escritor dominicano y que tal vez perdió sorpresa a la hora de la traducción y por más que Díaz estuvo pendiente no sirvió, fue el uso de los coloquialismos dominicanos como bróder, fly, nerdismo, fokin, jevita que tal vez surtieron efecto en el borrador original. Todo bien hasta ahí hasta que Díaz apuesta al Realismo Mágico latinoamericano (que gobernó o parece gobernar hasta la fecha entre algunos sectores) y quizá a sabiendas de ello, me da la sensación que Díaz trató ser aceptado por la critica norteamericana. Me refiero al uso del Realismo Mágico cuando Díaz apuesta a seguir jugando con las maldiciones de la familia, a través del “foku”.
Wao personaje que parece -gracias a sus afiliaciones y sus pasatiempos- conocer alguna mujer con la cual pueda lograr algún encuentro sexual tanto así que las mujeres de la familia son conscientes de eso y pasan presionándolo para que baje de peso, para que deje de lado sus gustos que según le dicen alejan a las “jevitas” al punto que Oscar desarrolla el pánico de convertirse en el primer dominicano en morir virgen, la presión social y buena critica y descripción toman un relieve interesante en la primera parte de la novela. Pese a todo está perdidamente enamorado de alguna mujer imposible para él, siempre dentro del texto y su construcción aparece una que Oscar termina enamorado. Las desventuras de este personaje al grado que un momento dado pasa del negro perdedor de guetto a la figura enternecedora sustento de la novela.
Ahora la estructura de la novela está dividida en tres generaciones, remontándose hasta la República Dominicana de la dictadura de Rafael Trujillo (1930-1952). Díaz relata con humor, aunque sin vacilar en los detalles más horrendos, los excesos y abusos que soportaron los dominicanos durante la dictadura. Uno de los capítulos centrales y es donde la novela pierde ritmo, se vuelve aburrida y perfectamente prescindible es la historia de Abelard Cabral, el abuelo de Óscar, quien entre 1944 y 1946 vivió una experiencia similar a la del personaje central en La fiesta del chivo Agustín Cabral, la novela de Mario Vargas Llosa: Trujillo, famoso por sus lujuriosos caprichos, quiere mantener relaciones sexuales con la hija adolescente de Cabral. A diferencia del Cabral de Vargas Llosa el de Díaz no cede al capricho del dictador, dando pie así la terrible maldición (el “fukú”) que marca a todos sus descendientes y que termina por pagar Oscar.
La oposición por parte del abuelo de Oscar a que Trujillo consuma su deseo carnal con su hija es diferente, a lo que recuerdo, del sumiso Cabral de Vargas Llosa en la Fiesta del Chiva quien si obedece a los deseos del dictador. Esta parte es floja no por el hecho en cómo está escrita sino que rompe completamente con el mundo interesante que describe Díaz en la primera parte y que desentona al punto de aburrir. Quizá como experimento formal puede ser aceptado, ese juego entre la escritura actual posmoderna, si cabe el termino, al escritura formal literaria. En la tercera parte la novela Díaz retoma el personaje de un Oscar más grande y maduro, pero no menos nerd e inocente. Oscar viaja a República Dominicana conocer sus raíces, aquel mundo le resulta no obstante diferente y duro al apacible mundo donde cosechó sus fantasías, y en este punto da la sensación que Díaz se apresuró a terminarla. Oscar paga la maldición del “foku” y resulta como el pararrayo que cercena la herencia maldita en su gordura, en sus lentes de pasta, en su afro. La descripción de este episodio resulta notable pero no termina convencer a un lector un poco mas exigente, y no es que ponga en duda la escritura de Díaz que no resulta tampoco nada del otro mundo, tampoco a la traducción, sino a la estructura formal misma que me quedo debiendo y mucho.