
Mas allá de la fama que la misma novela posee, Tokio Blues, del escritor japonés Yukio Murakami, se puede decir que es el claro reflejo de lo que se podría titular como la otra literatura, esa que no dice nada pero vende y es leída. La historia arranca cuando Toruo Watanabe (¿acaso el mismo Murakami?) aterriza en un aeropuerto europeo y escucha de fondo Norwiang Wood de los Beatles que le produce el efecto Proust: un recuerdo a partir de algo inmediato.
El protagonista retrocede al Tokio de los años sesenta, cuando era apenas un estudiante de primer año de universidad. Años en los que conoció a Naoko, amor de infancia que solo hasta los años de adolescencia pudo concretar gracias al suicidio del novio de Naoko. En una noche Watanabe tiene relaciones con Naoko y luego de ahí no se sabe nada de dicho personaje. De modo que herido de amor, Watanabe ingresa a la universidad a estudiar literatura, en este punto de la novela el lector puede tomarse la licencia de obviar un buen poco de páginas que no pasa nada puesto que lo descrito ahí es un verdadero plato de babas, salvo algunas aventuras “amorosas”. Si no se ha abortado el libro transcurrido ese punto, se llegará a conocer Midori una muchacha curiosa y liberada y como era de esperar termina enamorada de Watanabe que se podría decir que es un James Dean oriental, un tipo frío, inteligente que aún se mantiene aferrado al recuerdo de Naoko.
La relación que mantienen Midori y el insufrible Watabane, a parte de lo poco creíble que es, aportan poco o nada a la construcción de la novela, si acaso a enaltecer la figura de “nuestro héroe”.
Pese a que se podría esperar más de una novela ambientada en un Tokio post segunda guerra mundial, tópicos de esas índoles no aparecen ni se asoman nada en lo absoluto. Lo llamativo es la gran cantidad de suicidios que ocurren básicamente entre jóvenes. Quizá podría dilucidarse las secuencias de una generación marcada por la guerra. A grandes rasgos es lo más profundo que puede percibirse dentro de Tokio Blues. Luego la novela vuelve los ojos hacia Naoko.
Toruo Watanabe se percata a través de cartas con Naoko –que dicho sea de paso misivas aburridas, llenas de lugares comunes, y de sensiblerías- que su gran amor, que parece difuminarse por los sentimientos que le produce Midori, está internada en una especie de centro en los más profundo de las montañas, y hacia ahí se dirige con el corazón en la mano. Naoko padece de “quien sabe qué” ya que Murakami no le importa argumentar las causas de las depresiones alucinatorias de Naoko y se cifra más en Reiko una extraña guía/guardian de Naoko. La tal Reiko es un personaje tan falso en su construcción como la galantería del mismo Watanabe. Reiko es una especie de hippie auto recluida en dicho centro por que parece no tiene nada mejor que hacer, aparte de fumar y tocar la guitarra serenateando a los enamorados, y es entre las canciones que Reiko interpreta en su guitarra Norwiang Blues. Y claro, Reiko también se siente atraída por Watanabe que no pierde oportunidad de enganchar nenas con su estilo insufrible.
Y así entre brinco y saltos este culebrón literario se va proyectando al final. Naoko se suicida, pero no causa mayor impacto puesto que Watanabe esta enamorado de Midori quien se alejó a sabiendas que quizá nunca tendría oportunidad con Watanabe pese que este último estaba enamorado de ella.
En síntesis la novela es mala, floja, y uno se llega a preguntar si Murakami pasó toda una vida estudiando literatura para escribir una novela como esta, lástima tanto tiempo invertido.
El protagonista retrocede al Tokio de los años sesenta, cuando era apenas un estudiante de primer año de universidad. Años en los que conoció a Naoko, amor de infancia que solo hasta los años de adolescencia pudo concretar gracias al suicidio del novio de Naoko. En una noche Watanabe tiene relaciones con Naoko y luego de ahí no se sabe nada de dicho personaje. De modo que herido de amor, Watanabe ingresa a la universidad a estudiar literatura, en este punto de la novela el lector puede tomarse la licencia de obviar un buen poco de páginas que no pasa nada puesto que lo descrito ahí es un verdadero plato de babas, salvo algunas aventuras “amorosas”. Si no se ha abortado el libro transcurrido ese punto, se llegará a conocer Midori una muchacha curiosa y liberada y como era de esperar termina enamorada de Watanabe que se podría decir que es un James Dean oriental, un tipo frío, inteligente que aún se mantiene aferrado al recuerdo de Naoko.
La relación que mantienen Midori y el insufrible Watabane, a parte de lo poco creíble que es, aportan poco o nada a la construcción de la novela, si acaso a enaltecer la figura de “nuestro héroe”.
Pese a que se podría esperar más de una novela ambientada en un Tokio post segunda guerra mundial, tópicos de esas índoles no aparecen ni se asoman nada en lo absoluto. Lo llamativo es la gran cantidad de suicidios que ocurren básicamente entre jóvenes. Quizá podría dilucidarse las secuencias de una generación marcada por la guerra. A grandes rasgos es lo más profundo que puede percibirse dentro de Tokio Blues. Luego la novela vuelve los ojos hacia Naoko.
Toruo Watanabe se percata a través de cartas con Naoko –que dicho sea de paso misivas aburridas, llenas de lugares comunes, y de sensiblerías- que su gran amor, que parece difuminarse por los sentimientos que le produce Midori, está internada en una especie de centro en los más profundo de las montañas, y hacia ahí se dirige con el corazón en la mano. Naoko padece de “quien sabe qué” ya que Murakami no le importa argumentar las causas de las depresiones alucinatorias de Naoko y se cifra más en Reiko una extraña guía/guardian de Naoko. La tal Reiko es un personaje tan falso en su construcción como la galantería del mismo Watanabe. Reiko es una especie de hippie auto recluida en dicho centro por que parece no tiene nada mejor que hacer, aparte de fumar y tocar la guitarra serenateando a los enamorados, y es entre las canciones que Reiko interpreta en su guitarra Norwiang Blues. Y claro, Reiko también se siente atraída por Watanabe que no pierde oportunidad de enganchar nenas con su estilo insufrible.
Y así entre brinco y saltos este culebrón literario se va proyectando al final. Naoko se suicida, pero no causa mayor impacto puesto que Watanabe esta enamorado de Midori quien se alejó a sabiendas que quizá nunca tendría oportunidad con Watanabe pese que este último estaba enamorado de ella.
En síntesis la novela es mala, floja, y uno se llega a preguntar si Murakami pasó toda una vida estudiando literatura para escribir una novela como esta, lástima tanto tiempo invertido.
PD: Watabane también "le hace el amor" a Reiko.