domingo, junio 28, 2009

FERNANDO IWASAKI PRESENTA: EL BESO DE LA MONA MUJER.



Este cuento me lo proporcinó muy amablemente el escritor peruano, radicado en España, Fernando Iwasaki, con la siguiente advertencia: "Mae, es un cuento por encargo y esos no son los que mejor salen, además de que este cuento tiene por objeto promover el turismo de Costa Rica donde tengo familia. Aquí te lo paso por si te da curiosidad."



Una aventura esotérica-policial en el ambiente «jondo» de Costa Rica


LO PRIMERO QUE un detective debe saber es que el cliente siempre quiere tener la razón y que para eso nos contrata: para que se la demos aunque no la tenga. En realidad, nadie quiere saber si su pareja le pone los cuernos, sino por qué se los ha puesto. Por eso yo siempre investigo incluso al cónyuge que me contrata, para que a mis clientes les quede muy claro que se merecen todo lo que les ocurre y probablemente algo más. Sin embargo, aquel cincuentón era incapaz de entender que cuando uno es gordo, calvo, casado, padre de tres hijos y apoderado taurino, algunos bailaores flamencos también prefieren a los toreros.
«Averigüe si mi churri me ha dejado por otro con más pasta» -me imploró sorbiéndose los mocos- «porque si es más guapo no quiero enterarme». El churri de mi cliente resultó ser un mindundi de los cojones, pues nadie me habló bien de él ni en los tablaos, ni en las peñas, ni en las compañías de danza, ni en las academias en las que impartía clases de baile flamenco, donde sólo había dejado una pésima impresión.
- Tiene toda la mala hostia del mundo –me advertían.
- Entre lo tarde que llega, los cigarros que se fuma y el mamoneo del estiramiento, nunca da ni diez minutos de clase –se quejaban.
- Ese malaje sólo se estira cuando bosteza –corregían otros.
- Además habla malamente de todo el personal –me contaron en un tablao.
- Aunque lo tengas en nómina, si le sale otro curro te deja en la estacá –me dijeron en una compañía de baile.
¿Por qué diablos mi cliente querría recuperar semejante alhaja? «Es que usted nunca lo ha visto bailando por farruca con su tanga de grana y oro», me respondió mientras le chorreaban dos lagrimones y me entregaba los billetes de avión, los «traveler’s checks» y todos los documentos para el viaje, porque al niño le había salido una gala en Costa Rica y después de dos meses ni llamaba, ni escribía, ni cogía el teléfono, ni se conectaba al «messenger».
- Tiene que estar poniéndose morao –sollozaba el apoderado taurino- porque si le faltara dinero ya mi móvil habría pegao un explotío.
- ¿Y usted no cree que le haya ocurrido algo malo al chaval? –quise saber.
- Usted no sabe cómo es de bravo mi churri –me dijo aquel tipo, acostumbrado a pagar el salario del miedo-. Usted le da una navaja y mi churri le trae al Bin-Laden ése partío a cachitos.
Y así aterricé en San José de Costa Rica dispuesto a encontrar al «Tsunami de Sanlúcar», alegría de mi cliente y –por qué no- sin duda de otros espontáneos del mundo del toro.
Los policías «ticos» dejaron pasar mi Smith & Wesson en cuanto desenfundé la famosa chapa de los «Detectives Larry», pero se quedaron con mi petaca de anís Arenas creyendo que era del Mono. «Es por su bien, señor. No sea que la Mona-Mujer lo huela y le meta machete».
Camino del hotel, el taxista se sintió en la obligación de instruirme sobre la gastronomía, las playas, el mujerío y la vida nocturna costarricense. Así me habló del sabroso gallopinto, una guarnición de arroz revuelto con frijoles negros que los «ticos» comen a todas horas del día. Me describió la paradisíaca playa de Puerto Viejo en la caribeña provincia de Limón, a la que Ana Belén supuestamente dedicó una canción («Cómo es que no se la sabe, señor»). Me contó que las «ticas» tenían la belleza de las venezolanas, el glamour de las argentinas, la gracia de las panameñas y el furor de las cubanas. Finalmente, se puso a mi disposición para llevarme a los antros más exclusivos de la noche «tica» o a buscarme lo que hiciera falta.
- Busco a un joven español que se llama «Tsunami de Sanlúcar» -me animé a comentar viéndolo tan dicharachero.
- Si al señor le gusta la lucha libre, yo lo llevo al Gimnasio Nacional.
Cuando le expliqué que «Tsunami de Sanlúcar» no era un luchador sino un bailarín, el taxista comenzó a mirarme de reojo por el espejo retrovisor. Cuando me interesé por el ambiente homosexual de Costa Rica el taxista empezó a revolverse en su asiento. Y cuando quise saber si me podía acompañar esa misma noche a una discoteca gay, el taxista frenó en seco y me gritó que me bajara del coche. Tuve entonces que explicarle que yo no estaba proponiéndole nada personal («Qué dicha, señor»), que yo era detective privado («Qué dicha, señor») y que había viajado a Costa Rica sólo para encontrar al amante de uno de mis clientes («Qué dicha, señor»).
- Es que como uno de cada tres españoles es gay, señor.
- ¿De dónde ha sacado usted eso?
- De la tele por cable, señor. En todas las películas, en todos los programas y en todas las series españolas, todo el mundo es gay, señor.
- Pues sí que nos ha calado, usted.
- Qué dicha, señor.
Mi hotel no estaba en San José, sino en Escazú, la zona más «in» del Costa Rica. Ahí también se había alojado «Tsunami de Sanlúcar» y por lo tanto aquí tenía que comenzar mi búsqueda: en el Hotel Real Intercontinental de Multiplaza, un trozo de lujo asiático incrustado en el Caribe: jacuzzi, sauna, gimnasio, spa y hermosas monitoras de pilates a disposición de los clientes. Me parecía increíble que una sola noche en aquel hotel costara mucho más que la reventa de una barrera en la Maestranza para el Domingo de Resurrección. Tras una siesta reparadora me dirigí al bar del hotel, donde descubrí que los camareros también veían la tele por cable:
- Como el señor es español, seguro querrá saber cuál es la mejor discoteca gay de Costa Rica.
- No hace falta, amigo. En Andalucía vivimos otra realidad nacional.
- Qué dicha, señor.
Así, barruntando que no era el mejor momento para preguntar por las mejores discotecas gay de Costa Rica, decidí mostrarle al camarero la foto del churri de mi cliente. Pasó un ángel. Pasó otro. Y antes de que pasara el tercero tragué saliva y me atreví a informarle al camarero:
- Es más conocido como «Tsunami de Sanlúcar».
- No me suena de la lucha libre, señor –respondió receloso aquel hombre, sin apartar la vista de esa fotografía donde «Tsunami» bailaba, casualmente, de grana y oro.
En vano le hablé del mundo flamenco, del arte jondo y del duende gitano de «Tsunami de Sanlúcar», pues ese camarero del Hotel Camino Real creía que ya me tenía totalmente calado. De hecho, cuando me despedí me entregó una tarjeta espolvoreada de chillonas purpurinas que decía: «Discoteca Club OH! Lounge and Nightclub. First drink free para nuestros hermanos españoles». Estaba claro que la tele por cable era muy popular en Costa Rica.
Cuando salí a la calle me sorprendió la cantidad de vigilantes jurados, policía privada y perros adiestrados que patrullaban Multiplaza, así que le pregunté a mi amable taxista si algún presidente o estrella del rock se alojaba también en mi hotel. «No, señor. Es por la Mona-Mujer. También hay que proteger al turismo, pues».
- ¿Pero quién es la Mona-Mujer?
- Es el diablo, señor.
Costa Rica se había llenado de inmigrantes nicaragüenses y con ellos también cruzaron la frontera los monstruos, las pesadillas y las supersticiones de los «nicas». Como la Mona-Mujer, una suerte de súcubo selvático que roba fruta, secuestra niños y seduce a los incautos bajo la apariencia de una bella mujer que luego se convierte en una mona criminal. ¿No es maravilloso que los inmigrantes también impongan sus leyendas urbanas? «España se nos va a llenar de historias de vampiros y sacamantecas» -pensé – «con tanto inmigrante rumano y ecuatoriano». De pronto el taxista se detuvo delante de una deslumbrante tormenta de neones: habíamos llegado a la discoteca Club OH! Lounge and Nightclub.


APENAS ENTRÉ EN Club OH! sentí los agudos alfileres de docenas de miradas. ¿Me mirarían por ser el único heterosexual de la discoteca gay o más bien por estar buenorro? Esa duda me inquietaba. En realidad, mi intención era pasar desapercibido, pero me cargué la estrategia en cuanto pedí una copa en la barra («Cusha, quillo. Ponme un casho cubata en lo arto»), porque el camarero encendió un micrófono y su voz tronó por todos los altavoces de la discoteca: «¡Qué dichaaaa, otro hermano españoooool!».
De pronto cesó el reggaetón tecno y una multitud desaforada me rodeó al son de «Borriquito como tú», entre arrumacos, carantoñas y otras efusividades que callaré por pudor. Me sentí como esos delanteros que meten un gol en el último minuto y terminan sepultados en la banda por sus compañeros. Me sentí como esas estrellas del rock despelotadas por sus fans y otros coleccionistas de pelos. Me sentí como esos toreros que salen a hombros por la puerta grande y que recién en el hotel descubren que les han robado la taleguilla.
En medio de los gritos de «¡España, España, España!» reconocí los acordes aflamencados de Noches de bohemia y de ilusión, y mientras el personal me marcaba el ritmo con las palmas, un gordo disfrazado de extra de «Cats» -o tal vez de simplemente de «Garfield»- me preguntó de lo más Fellini:
- ¿Tú también bailas flamenco, satiricón?
- ¿A quién has visto bailando flamenco? ¡Dime, haz favor!
Pero «Garfield» me clavó las uñas y se fue maullando entre saltitos, porque los parroquianos del Club OH! ya me hacían compás de bulerías a la vez que me jaleaban con gritos de «¡Eso é!», «¡Vamos allá!» y «¡Toma que toma!» ¿Quién les habría enseñado aquel soniquete tan flamenco? En esas cavilaciones estaba cuando una ronquísima voz femenina disolvió la manifestación: «¡Ya, chicos! Dejen tranquilo a nuestro invitado y sigan divirtiéndose. ¡La casa invita una copa!». La dueña de esa voz no estaba nada mal. Cuarentitantos muy bien llevados y con unas hechuras de escándalo. Vamos, como para terminar yonqui por ella, aparcando coches en La Alameda de Hércules.
- Usted perdone, señor. Ellos sólo querían demostrarle que España es el País del Orgullo Gay.
- Qué dicha, señorita –le respondí rezándole a San Judas para que no fuera «Drag Queen».
En menos de una hora Cleopatra Clemencia me había contado su vida y hasta me pareció que coqueteaba con refinado descaro. Así, tres matrimonios a la deriva la habían convencido de que la compañía masculina era deprimente y que los únicos hombres sensibles, leales y sentimentales que había conocido eran homosexuales. Por eso se convirtió en empresaria especializada en el mundo gay («Son los mejores clientes del universo. No se privan de nada y todo se lo gastan en ellos», decía) y en una escéptica del amor.
- ¿Y qué hace un tipo como tú en un lugar como este? –quiso saber.
- Busco a un gachó más conocido como «Tsunami de Sanlúcar».
- Lo siento, los brutos de la lucha libre nunca vienen por aquí.
Cuando le expliqué que el chaval era bailaor flamenco me contó que «Tsunami» –en efecto- había sido un fijo del Club OH! hasta que conoció a «Bobby One», famoso mánager «tico» que sólo contrataba a grandes artistas como Cheyenne, Maná, Shakira, Los Tigres del Norte y Marc Anthony. «Tsunami de Sanlúcar» era medio cateto y seguro que también soñaba con arrasar Miami como cualquier otro huracán. ¿Por dónde coño tendría que buscarlo ahora? ¿Qué cojones hacía en Costa Rica entonces? Menos mal que Cleopatra Clemencia salió al quite oportuna: «Chico, ya que estás aquí, vamos a entrarle al vacilón».
Cleopatra Clemencia me explicó que en Costa Rica los hombres de nuestra edad se iban a los bares de la calle de la Amargura para ligar con niñatas de veintitantos, mientras que las chicas como ella, de cuarentipico, preferían dejarse querer o tomarse una copa en lugares más elegantes y románticos como el Tokú o el Jazz Café. «Son los típicos sitios para ligar con rocas», me susurró enronqueciendo todavía más su voz.
- ¿Quiénes son las rocas? –pregunté.
- Las mujeres como yo: solas, inteligentes y sin compromiso.
- Qué dicha, Cleopatra Clemencia.
En realidad, cuando uno pasa de los cuarenta, ligar se convierte en un problema porque uno ya está en la edad de pillar y matar, o de ser pillado para dejarse matar. ¿Por qué allá en Sevilla no habría lugares como ese Tokú, ese Jazz Café o ese Jaulares, donde todo el mundo sabe que ha ido para lo que ha ido? Qué maravilla, aquí en Costa Rica las mujeres de mi edad ni parecían de mi edad, ni necesitaban ver «Sexo en Nueva York» para saber de qué iba la película. Aquella noche cenamos en Los Anonos y nos morreamos durante varias canciones de Cat Stevens, Peter Frampton y James Taylor, antes de acabar espatarrados en mi habitación del Hotel Real Intercontinental. ¿Para que voy a liarme con una niñata de veinte años si mis contemporáneas están como un cañón? Además me da pereza ponerme pendiente, hacerme coleta y dejar que los pantalones se me chorreen por el culo para parecer más jovencito.
- Cleopatra Clemencia, te voy a poner mirando a Gelves.
- Qué dicha, pero te informo que hacia allá queda Guanacaste.
Tengo que reconocer que durante los días siguientes me desentendí de la búsqueda de «Tsunami de Sanlúcar», porque Cleopatra Clemencia me atendía como si yo fuera el mismísimo míster Marshall. Una noche me llevó a cenar a la cava del Club Unión, otro día comimos en el Omán-Kayán y un fin de semana que fuimos al Añoranzas de Heredia terminamos en el alucinante Hotel Alta en el Alto de las Palomas, un lugar de ensueño construido alrededor de un guanacaste asombroso y mitológico. Todo habría sido perfecto si el apoderado taurino no me hubiera llamado de madrugada mientras aplicaba una intrapiernosa:
- ¡Coño, «Larry», que no te se olvide que tienes que encontrar a mi churri, haz favor!
- Lo siento, pero su churri se ha largado con «Bobby One».
- ¿Con Obi-Wan Kenobi? ¿El actor? ¿Mi churri es el nuevo «pádawan» de Obi-Wan Kenobi?
- No, con «Bobby One», un mánager de la farándula.
Nunca me ha gustado que me lloren ni en el hombro ni el móvil, pero a un cliente siempre hay que darle la razón aunque sea un apoderado taurino con el corazón partío por culpa de un bailaor flamenco. Mi cliente quería una carta de despedida de «Tsunami de Sanlúcar» y yo estaba dispuesto a quedarme en Costa Rica el tiempo que hiciera falta para que la escribiera. Cuando colgué, Cleopatra Clemencia –que en el fondo era una romántica de los cojones- me dijo que teníamos que encontrar al luchador flamenco de mi cliente: «Ahorita mismo llamo a la discoteca para que me digan dónde pueden estar «Bobby One» y el maremoto ése».
El radio-macuto-gay resultó más eficaz que un escuadrón de la CIA, porque en menos de media hora nos dieron el soplo que esperábamos: «Bobby One» había alquilado la «Honey Moon Suite» del hotel Punta Islita, donde llevaba más de una semana encerrado con «Tsunami de Sanlúcar». Recordé los lagrimones del apoderado y me imaginé a su churri bailando por farruca de grana y oro. Punta Islita estaba en la cima de una montaña en la costa del Pacífico, a poco más de media hora de vuelo de San José. Según Cleopatra Clemencia, Punta Islita era uno de los hoteles más bellos del país y el lugar ideal para desaparecer con alguien especial. O sea, para ponerse morado, pensé.
- Lo único que me preocupa es que está cerca de la selva –rezongó.
- ¿Musho mosquito? –pregunté.
- No, es que es el territorio de la Mona-Mujer.
Entonces acaricié el cañón de mi Smith & Wesson y me arrepentí de no haber traído la munición apropiada: balas con mercurio para que el herido muera envenenado si no palma del balazo. ¿Y si fundía la medalla de mi cofradía para fabricar una bala de plata?
- ¿Tú crees que la Mona-Mujer se cargue a «Tsunami»? –quise saber.
- La Mona-Mujer sólo mata hombres heterosexuales, querido.
Camino del aeropuerto comprobé desolado que la medalla de mi hermandad sólo podía alcanzarme para un perdigón.

LA AVIONETA DE Nature Air aterrizó en una pista construida al pie de la montaña y yo me puse de los nervios, porque pensé que se nos quedaba corta.
- No se preocupe, señor –me dijo el piloto- que si la avioneta no hubiera frenado nos frenaba la selva.
- ¿Y cuando la pista se queda chica para despegar? –repliqué agobiado.
- No pasa nada porque sólo nos caemos al mar.
- Qué dicha –respondí resignado.
Yo soy enemigo de llevar mujeres desconocidas a las islas desiertas, porque las tías que más me gustan son las que ya conozco. ¿Y para qué soñar con una isla desierta si existe Punta Islita? ¡Qué pasada! Si yo me sacara el «gordo» me traía a Punta Islita a una gachí que conocí en el «Louisiana» de La Buhaira, una noche que ella discutió con su pariente. Eso sí, primero le dejaba a los hijos colocados y al marido le compraba una parcela rústica para que se la recalificaran antes de las municipales. Hay que ver cómo me puso el nabo la pureta de los cojones: como mando de Play-Station en fiesta infantil. «Te estoy entregando mi cuerpo pero no mi alma», me decía. Desde esa noche me aboné al «Louisiana», pero nunca más la volví a ver.
Si nuestro bungalón tenía jacuzzi, sauna y piscina privada, ¿cómo sería esa «Honey Moon Suite» donde «Tsunami de Sanlúcar» se estaba haciendo un homenaje? Me quedé con las ganas de saberlo porque cuando llegamos los pájaros ya habían volado hacia el balneario de Tabacón Resort Spa, un paraíso de aguas termales en medio de la selva y a la vera del Volcán Arenal, muy cerca de la frontera con Nicaragua. No se privaban de nada los jodíos.
Aquella noche cenamos a la luz de la luna unos solomillos encebollados con huevos y gallopinto, plátanos maduros fritos, zumo de guanábana y helados de maracuyá. Y mientras bebíamos nuestros daikiris al relente, Cleopatra Clemencia me comentó que todo en Costa Rica estaba preparado para el placer, la belleza y el disfrute. «Por eso no sólo vienen turistas de todo el mundo, sino que hasta los pensionistas europeos y norteamericanos prefieren pasar aquí los últimos años de su vida». Me explicó entonces cómo una parte importante del PIB del país provenía de las divisas de las pensiones de miles de yanquis, canadienses, suecos, alemanes y daneses que llegan a Costa Rica para comprarse una casita frente al mar en Cabo Blanco, Nicoya, Punta Arenas y Manuel Antonio, lugares tan o más bonitos que Punta Islita.
- ¿Cómo puede existir algo más demasiao que Punta Islita, Cleopatra Clemencia?
- Y mira que tú no conoces todavía el balneario de Tabacón, ahí donde se nos ha escapado el maremoto ése. Qué dicha, chico.
Así, después de una noche plena de ron, sexo y fútbol por cable, volvimos a subirnos a la avioneta de Nature Air en dirección al Volcán Arenal, territorio de benéficas aguas termales y de la maléfica Mona-Mujer. De nuevo creí que la pista de despegue se quedaría corta y que acabaríamos en el mar, pero el piloto logró elevar la nave antes que aterrizaran todos los mangos, piñas, zapotes, papayas, guayabas y guanábanas que me había zampado en el desayuno.
Desde la ventanilla de la avioneta pude contemplar el cráter del Volcán Arenal, una versión en miniatura del Vesubio y del Fuji-Yama. ¿Cómo podían estar los turistas tan panchos debajo de un volcán en constante actividad? Nunca supe de dónde salió la pista de aterrizaje ni cómo pudimos aterrizar, porque yo estaba traspuesto mirando los árboles. Mira que me gustan los pinos, los cipreses y los naranjos, pero árboles árboles –lo que se dice árboles- era como si los hubiera visto por primera vez en la selva del Arenal.
Uno está acostumbrado a leer que los peces grandes se comen a los más chicos y algo parecido me cuentan que sucede con los animales que contratan para los documentales de naturaleza, pero en la selva del Arenal descubrí árboles como parásitos gigantescos que nacían sobre las ramas de otros árboles a los cuales terminaban asfixiando con sus raíces. Así vi un enorme guanacaste marchito, aprisionado bajo las raíces como barrotes de un higuerón nacido en la copa del árbol nacional de Costa Rica, y de inmediato me imaginé a dos dinosaurios vegetales devorándose mutuamente. Un árbol papeándose a otro árbol de los cojones. Seguro que para impedir un canibalismo así el ayuntamiento de Sevilla ha preferido talar todos los árboles del centro: para que las jacarandas, los magnolios y las plataneras no se merendaran entre ellos.
Si Punta Islita ya era la leche, Tabacón Resort Spa era la vaca. Las instalaciones, los bungalones, las cascadas, los caminitos que se perdían entre la vegetación, todo. Todo era la repapanocha. No puedo explicarlo con palabras: era como un jardín japonés pero sin japoneses; era como «La casita de la pradera» pero en la selva de los cojones; era como entrar en el Cielo pero pagando, coño. De pronto, de un bungalón salió «Tsunami», casualmente de grana y oro: «¡Cleopatra Clemencia, shosho! Ya le decía al «Bobby» que no venías».
¿Cómo que el «Tsunami» era tronco de Cleopatra Clemencia? El número no me gustó ni mijita, la cosa olía malamente y me daba mal bajío no saber cómo se llamaba la película, pero puse cara de ministro y entré al bungalón para seguirles el mamoneo. Mi instinto de «Larry» se arrancó a funcionar después de tantos días de estar mirando a Gelves y comencé a hilar fino: el «Bobby One» de los cojones era un chufla que tal vez no era ni mánager ni ná, el «Tsunami de Sanlúcar» era un matao que jamás sería una figura del baile y ninguno de los dos parecía tener suficiente pasta como para pagarse los homenajes en Punta Islita y el balneario de Tabacón (todo el bungalón estaba lleno de camisetas horteras y de los típicos souvenirs de madera de cocobolo), así que sólo Cleopatra Clemencia podía haber montado todo aquel tinglado. ¿Pero para qué?
- El señor ha venido desde España para que le escribas una carta de despedida al gordo ése que tú tenías en Sevilla –le dijo Cleopatra Clemencia al «Tsunami», más ronca que nunca.
- Qué disha, shoshete; pero necesito una mijita de intimidad para escribirla –respondió «Tsunami» y se fue caminando hacia su cuarto con la misma lentitud pensativa con que los bailaores se recogen de los escenarios.
Entonces decidí encarar a Cleopatra Clemencia y con todo el rebote que tenía en lo alto le exigí que me dijera por qué me había alejado de San José, por qué me había seducido a lo bestia y por qué me había traído con engaños hasta la frontera con Nicaragua, si en realidad estaba conchabada con «Tsunami de Sanlúcar». Seguro que la estaba haciendo sentir malamente porque la Cleopatra Clemencia se puso descompuesta: las cejas se le encresparon, los hombros se le alfombraron de pelos, la boca se le llenó de otros dientes y sus pies marcaron un 44 como poco. Cleopatra Clemencia ya era mona, pero se estaba poniendo más. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? ¡Cleopatra Clemencia era la Mona-Mujer! No sabía si llamar a los Geos o a Milenio Tres.
En una fracción de segundo recordé toda mi asignatura de artes marciales del módulo de detectives del INEM, pero como también me acordé que me catearon preferí reventarle en todo el morro un tapir de Lladró que decoraba el bungalón. Entonces corrí hacia la habitación de «Tsunami» y atranqué la puerta mientras rastrillaba mi Smith & Wesson. Sobre la cama, «Tsunami de Sanlúcar» escribía su carta como si nada en un bloc de papel de café: «Las balas no le hacen nada, tío. Ahora sí que te va a comer la churra de verdad. ¡Qué passssada!».
Los golpes de la Mona-Mujer destrozarían la puerta en menos de tres minutos y nadie en el balneario Tabacón podía enterarse de nada porque el Volcán Arenal escupía en ese momento sus celebrados salivazos de lava. «La Mona-Mujer sólo mata hombres heterosexuales», me había dicho Cleopatra Clemencia. Contemplé las hechuras de «Tsunami de Sanlúcar», lo vi de grana y oro espatarrado sobre la cama, y entonces me lo imaginé bailando por farruca. Cuando la puerta voló en mil pedazos era imposible saber quién gritaba más: si la Mona-Mujer, «Tsunami de Sanlúcar» o yo.
- Prepárate para morir –rugió la monstruo.
- Va a ser que no, porque ahora yo también soy gay.
- ¡Eso es imposible porque tú no has nacido gay! –volvió a rugir.
- Pero en España sí es posible porque allá es una «opción» sexual.
- ¡Y si le tocas un pelo a mi churri te saco los ojos, bruja! –terció «Tsunami de Sanlúcar». La Mona-Mujer salió aullando por la ventana y el «Bobby One» se fue por piernas por la puerta. Con los cheques de viajero que me quedaban abrimos un chiringuito para surfistas y mochileros en la playa de Mal País. Meses más tarde el apoderado taurino envió a otro «Larry» en nuestra búsqueda y después de un ataque de cuernos terminó mandándonos más pasta, pero con la condición de que le ficháramos al «Bobby One» de los cojones. Para qué, yo ya me siento feliz aquí en Costa Rica, aunque a veces me acuerdo de la gachí del «Louisiana» de La Buhaira y se me caen dos lagrimones.

miércoles, junio 24, 2009

EN COSTA RICA SÍ HAY DE QUÉ ESCRIBIR


La tristemente célebre frase de Carlos Córtes, de que en Costa Rica no pasa nada desde el Big Bang he reconocer que la compartí durante mucho tiempo, creía que en Costa Rica en realidad no pasaba nada sobresaliente como para llevarlo a papel. Pero desde hace unos años para acá he visto que dicha frase ha venido derrumbándose estrepitosamente. En nuestro entorno inmediato de este pequeño y tras de eso centroamericano país, pasan muchas (muchisísimas) cosas que perfectamente son noveleables valga el término, como todo en la vida, cualquier cosa se puede hacer una gran novela. Pero si queremos escribir sobre nuestro país hay temas muy ricos de qué tratar, solo es cuestión de limpiar lo lentes, retregarse los ojos o ver con atención y malicia esas cosas que de buenas a primeras puedan resultar insignificantes. Eso me decía el escritor y poeta Frank Báez que me obligaba casi a escribir por ejemplo de los chóferes de bús, desde que me dijo eso he empezado a ver las cosas con otros ojos y durante ese proceso he descubierto temas interesantes qué tratar, pero antes hay que quitarse de los ojos. No quiero tampoco desmeritar a los escritores jóvenes de acá, amigos y colegas cuyos temas no tienen que ver en lo absoluto del entorno inmediato. Por ejemplo cuando empecé a escribir no quise que estuviera influenciado de mi realidad inmediata y para bien o para mal aposté a un lenguaje "estandar". Hay varios temas que me potencialmente apasionarían escribir, por citar algunos caso por decir lo que pasa con los pescadores de puntarenas que trafican con droga, de ahí se puede escribir algo, una novela, o sino la gran comunidad de costarrincenses que viven en Estados Unidos y precisamente en New Jersey, todos de Pérez Zeledón, su vida allá y por qué se fueron, la aventura que implicó esa arriesgada apuesta, los testimonios que pueden haber, pucha, pienso, que rico sería entrarle. Pero hay más mucho más en el Área Metropolitana si vamos hablar de novela urbana -más allá de los límites de la calle de la amargura o La California-una noche de estas que irremediablemente pasé por la circunvalación fui testigo presencial de los piques tanto de motos como de carros, algunos de ellos adulterados o chaneados exclusivamente para picar, ¿qué hay detrás de esas arriesgadas casi estúpidas apuestas? ¿Picar por picar o felonía nomás? Yo creo hay algo detrás, todo un mundo que pasa a nosotros y no logramos ver, podría seguir diciendo casos, por ejemplo, las barras de fútbol, el sórdido mundo del "modelaje" o lo que implicó el desgastado proceso del TLC. En fin tantas cosas que uno vive, directa o indirectamente y que solo es cuestión de sacarle provecho y digo todo esto no en aras de buscar ese odioso dicho de identidad costarricense, en lo absoluto sino hacer literatura, traer a colación mundos subyacentes que queramos o no convive con nosotros. Sin embargo, también este planteamiento me lleva a una cosa, referente al mundo de la literatura, o se escribe habiendo leído mucho o se escribe habiendo vivido mucho también de lo contrario el último que cierra apague la luz.

lunes, junio 08, 2009

KENZABURO OÉ

Este es un libro potente, crudo, real y tierno. Kenzaburo Oé nos presenta este volumen de relatos en donde se pueden apreciar no solo su magnifica pluma sino también la capacidad de volver real cada historia. Quizá por el valor intimista de casi toda su obra en donde se reflejan retazos de su personalidad y de su vida. En Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura, se pueden apreciar gran parte de la esencia de la obra de Oé. Este libro podría decirse también que es un libro de relatos, o una novela corta dividida en tres grandes apartados donde los personajes principales son hombres que deciden hundirse en la locura, seres desequilibrados que transitan en la cuerda floja de la racionalidad, todos marcados por hechos traumáticos. En el primer relato que da titulo al libro se encontrará el eje principal de este texto en general. El Nacimiento de un hijo especial que pondrá al padre contra las cuerdas y opta entonces por la locura absoluta antes que enfrentar la realidad. la locura como balsa para llegar a la otra orilla. En la tercera historia, El día que Él se digne a enjugar mis lágrimas, es también la influencia indirecta por parte del autor (se debe recordar que Oé es padre de un hijo con síndrome de down) en este relato el padre está enfermo, trastornado y recluido voluntariamente en la vida al lado de su hijo, cumpliendo cada una de sus necesidades, aunque en este caso se añade su muerte al final de la Segunda Guerra Mundial como alternativa para hundirse en el frenesí de la guerra, la otra demencia. Agüi, el monstruo de del cielo es la dura muerte del hijo del protagonista y la perdida de un ojo en el narrador y también protagonista lo que les hace compartir locura, un desencadenamiento de desastres. La ambientación por parte de Oé de cada uno de los relatos es el punto alto, esa cumbre en donde el panorama se tiñe de ternura y de vidas desgastadas por la desgracia. No se equivoca la crítica cuando se compara a Oé con algunos autores como Faulkner, en Oé existe al compasión por sus personajes, y la visión psicológica que ahonda y profana cada lector. Oé forma parte de esa de japoneses que en cierta forma aún mantienen impregnadas las consecuencias vividas durante la Segunda Guerra Mundial. Para terminar el conjunto de relatos poseen un hilo fuerte donde se muestra que el japonés es un gran maestro de la narración contemporánea y no en vano premio Nobel de Literatura, es un gigante que se debe leer.