viernes, septiembre 05, 2008

JACINTA ESCUDOS.


Jacinta Escudos, escritora salvadoreña radicaba en Costa Rica desde el 2005, vuelve a publicar luego de un largo silencio literario. El libro que saca a la luz es El Diablo sabe mi nombre, un conjunto de 14 relatos con la editorial Uruk. Del libro podría decirse que por la brevedad de los inquietantes relatos, se asemejan a los enanos del Circo, que desde siempre me han provocado cierto recelo, igual estos textos. La lectura es sencilla pero al final de cada relato deja un sabor de boca enigmático. Me ocurrió con cuentos tales como Días del Fin, una visión apocalíptica que Escudos logra transmitir de buena forma pese a que su resolución no es novedosa y que a un lector poco asiduo podría parecerle un cuento plano, lineal casi crónica ficticia, el elemento común de Días del Fin, no es el final, ni el inicio del cuento en sí, sino el desarrollo del mismo, la sensación angustiante, vertiginosa de cómo podríamos imaginarnos esos días tan anunciados por pastores de parques y tele evangélicos. Lo interesante de este texto es el tono apocalíptico en el sentido del tono bíblico, esa sensación casi religiosa/mística/contemplativa, un texto que nace más casi como una inquietud personal de la autora que una paradoja metafísica. Otro cuento que posee un angustioso desarrollo donde se proyectan los miedos -miedos que toman formas concretas y vitales como el caso de El Espacio de las cosas- en otras ocasiones dentro de este libro esos miedos se transmutan en algo así como el síndrome de Estocolmo, y se refleja en el cuento titulado Una Película japonesa de los años 60 y vaya que le va bien el titulo por que Jacinta Escudos notablemente logra cuajar esa atmósfera de película japonesa, que nos remite las películas de Kurusawa. Podría incluso decir que este libro es Kurusawaniano, en la esencia del pulso entre lo irreal y lo real. Entres los miedos y su proyección en la vida cotidiana. Volviendo al relato titulado Una película japonesa de los años 60 es el fiel reflejo de ello, de esa extraña relación hombre-insecto, una araña -supongamos si partimos que a Jacinta Escudos le gusta jugar con lo inquietante- y que el tipo la ama, y vive con ella como si fuera una mujer en una relación amor-odio, que termina, aparentemente, inclinándose por la primera. El otro cuento con ese tono es El Espacio de las cosas que tienen como protagonista a un insecto que despierta a un hombre y que poco a poco y con una prosa puntual y efectiva culminara en un desenlace insospechado, no sin antes transitar una especie de vía dolorosa.
Todos son miedos, y más que sueños pesadillas. Ya había leído en varias entrevistas a Jacinta Escudos manifestar que el sustrato esencial de cada uno de estos textos han sido los sueños (¿pesadillas?) que ha tenido. Otro elemento que puede notarse, pero es cuestión subjetiva, es el que cada personaje, en su mayoría mujeres, son seres que poseen una furia sexual dormida y añejada y que solo comparten con aquel que logre despertarles el libido y eso pasa con el texto que da titulo al libro El Diablo sabe mi nombre, el diablo -no el ser teológico acunado por varios teólogos en la edad media: cuernos, patas de chivo, y cola- sino es un hombre sensual, cuyo único mal es provocar el deseo, que en realidad es la síntesis del por qué el diablo es diablo. Escrito a manera de diario en donde el yo narrador, una mujer, describe las visitas de su demoníaco amante, y está fragmentado en varios breves episodios, de alta intensidad sentimental como sexual.
Los animales en este cuentario, brindan su presencia como escaparates metafóricos para el desarrollo de los relatos. El Placer, un gato observa a su dueña comer un pedazo de pollo frito, un cuento con alto contenido surrealista muy a lo Eluart o las pinturas De Chirico.
En Yo, Cocodrilo, una muchacha se transforma en Cocodrilo, si le aplicamos el odioso psicoanálisis podría interpretarse como la rebeldía de los adolescentes. El Árbol de las serpientes, es cuando nuestra propia enajenación nos aleja de la realidad a la que tratamos de huir, un cuento perspicaz y divertido, acá la serpiente es el animal que nos trae el puente para el desarrollo del texto. Muerto al lado de mí mismo, es, como diría en la contraportada Rafael Lara-Martínez, el tono de Borges, las realidades paralelas este texto me recuerda a el cuento La flor amarilla de Cortázar, cuando el personaje se observa cuando niño en el asiento de un autobús, acá en cambio es un hombre que se mira muerto en la playa, podría decirse que es la muerte cuando nos punza con su esquelético dedo en el pecho diciéndonos que no le podemos huir, es uno de los buenos e interesantes cuentos que reúne la colección; otro –quizá un poco flojo- sean Les Loups, muestra, y a juzgar por el blog de la autora, el gusto por el cine dado que está escrito a manera de guión.
Para finalizar este libro y su atmósfera onirica de epifanías, son construcciones que su autora arrebató de los brazos de Morfeo para darles formas con letras, cada cuento es una nube en la que creemos ver formas familiares, cuando en realidad son malas jugadas de nuestra mente.




3 comentarios:

  1. Tremenda reseña, caballero.

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  2. pues que bueno que jacinta publico algo....y que ya esta en venta...saludos

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