Su nombre y dos apellidos son tan conocidos casi como marca de alguna importante transnacional, y los que no saben mucho de literatura hasta los que saben demasiado conocemos que hace y de lo que ha sido capaz: Trascender en vida, hacerse inmortal aun cuando se disfruta y padece de la vida misma. Gabriel García Márquez es un icono de la cultura popular Latinoamérica, hijo del boom, apóstol del realismo mágico, y amigote de Fidel Castro. Pese a que la última novela de Gabo fue un asco completo, eso no me importó, ya escribió lo que tenía que escribir, ahora puede morir en paz y seguir viviendo.Creo que al Gabo no volveré a leerle libro alguno más, puesto que me he leído casi toda su obra y tengo otros autores que hacen fila. Pero es indudable que Gabo es toda una figura, tanto literariamente como fuera de ella, su cuestionada amistad con Fidel Castro, y la lluvia de criticas de su última novela no tumbaran a la inmortalidad que goza en vida y que más de un político muerto de hambre gustaría tener.
Hace unos meses a raíz del cumpleaños de la primera publicación de Cien Años de soledad, la CCN de Latinoamérica montó un lindo reportaje sobre la vida y obra de García Márquez, y como nunca falta en este tipo de documentales, salieron muchas personas que hablaban sobre el Gabo y sus anécdotas con él, pero lo que más me impactó fue el recibimiento que tuvo, no recuerdo en qué ciudad colombiana, cuando entró montado en una especia de carroza acompañado de Mercedes, su esposa. Aquello era como sacado de alguno de sus libros, la gente se apiñaba para verlo pasar –como si fuera Juan Pablo Segundo- le tiraban flores, era una multitud sin duda alguna, y me puso los pelos de punta la mitificación del Gabo, y digo mitificación por que hay alrededor de él ese halo de intocable, gente que decía, durante el reportaje: “Me parece haberlo visto, no sé si era él, pero creo que si”, o un tipo que llevó a la periodista de la CNN a un restaurante y señalando una silla dijo que en esa silla, en esa mesa se había sentado García Marquez y se había pedido un sopa surtida de mariscos.
Claro, aunque García Márquez se diga tímido y que no le gustan las cámaras sabe aprovecharlas y aprovechar esos momentos cumbres, un solo ejemplo. ¿Quién no se recuerda de la inmortal guayabera que vistió el día que recibió el Nobel? Ni que decir de su pasión por el ballenato, y el golpe que le dio Vargas Llosa por insinuársele a su mujer, que en aquel entonces estaban separados, según dice el correos de las brujas; y todo eso se refleja de una u otra forma en su literatura y hacen de García Márquez uno más de nosotros, por que como lo dijo una vez cuando le preguntaron por qué no ha vuelto escribir, se limitó a responder desde que se murieron los que le contaban historias no ha vuelto a escribir.
Quizá por esa cercanía con nosotros se nos hace tan familiar, cosa que escritores de su generación carecen, por citar algunos ejemplo: Carlos Fuentes, Vargas Llosa que prefirieron la academia y la fama forzada que a cumplir con su papel: contador de historia. Solo imagino el día en que muera el Gabo ( de todas formas seguirá viviendo) en Macondo elevaremos la bandera a media asta con la frase “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarías con el dedo.” Y para terminar y parafrasiando a un colega suyo, Cortázar diré: Queremos tanto al Gabo gracias, Gabito.
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