El ambiente de una librería para mi es sagrado, pese a que muchas veces quienes atienden no saben ni lo que venden, como el caso que me pasó en una concurrida librería. Llegué y le pregunté al dependiente por Roberto Bolaño, el muchcacho muy afanoso y amablemente me contestó que por supuesto, ante la optimista respuesta me ilusioné, me pidió permiso y se perdió durante unos minutos y al volver, me trajo la biografía de Roberto Gómez Bolaños, alias el Chavo del 8.Respiré profundo, tomé el libro entre las manos y sonreí más por cólera que por diplomacia. “No caballero, Roberto Bolaño: Los detectives Salvajes, 2666, Putas Asesinas”, se encogió de hombros, fue a revisar en la computadora y me dijo que no tenía de dicho escritor. Le dije gracias y por buena gente le compré un libro de Virginia Wolf que hoy en día no he leído.
Por ello, y para no hacer sufrir al hígado voy directo a lo que quiero. Tengo en mente el libro que deseo pese que al llegar a la librería salgo con otro que nada que ver. Nosotros somos para lo libros el máximo objetivo.
Muchas veces, y no es por jactarme, la literatura que yo consumo no está en la mayoría de las librerías de San José, salvo una en San Pedro cerca de la UCR. Es indudable que tienen un buen catalogo tanto de poesía como de novela y cuento contemporáneo.
Aunque claro, están las compras y ventas que son para mí como lector, un fetiche. Entrar a una de ellas y oler el aroma a libro viejo es alucinante, una droga extraña. Muchas veces me he llevado sorpresas en compras y ventas, he hallado antologías completas de Cheever, Julio Ramón Ribeyro, Mutis y Lautremond que en librerías normales son inexistentes.
El concepto de librería.
En nuestro país (Costa Rica) la mayoría de librerías, paradójicamente, lo que menos venden son libros; muchas se han dedicado de lleno a la venta de utensilios escolares y los pocos libros que ponen a la venta, son los consabidos de consumo masivo: Harry Potter, Paulo Cohelo o esos insulsos manuales de felicidad.
Por suerte existe el Internet y las librarías virtuales en donde cualquier lector obtiene lo que desea, como el caso de broli, conocida entre los literofilos; hay muchas paginas en que solo basta poner el titulo en el buscador interno y de pronto, salta el libro (un lujo completo) en distintas ediciones.
Gracias a las librerías virtuales, he tenido el acceso a la nueva generación de escritores norteamericanos, los llamados Next Generation, encabezados por David Foster Wallace, Dave Eggers, Melissa Banks, y otros.
También las grandes editoriales poseen sus propias librerías virtuales y si uno se afilia tendrá en el correo, las novedades que ponen a la venta.
Cuando un amigo, me pide un consejo para comprarse un libro, por lo general recuerdo la recomendación que hace Sergio Ramirez en que aconseja alejarse de aquellos libros cuyas portadas mas parecen un afiche de película gringa o esos títulos resaltados en letra de corte gótico y color dorado, o esos libros que en un esquina traen como gran cosa la frase, mas de quinientas mil copias vendidas o el sello Best Sellers y que el escritor tiene nombre de actor porno; aléjame señor. Si compra libros, busque una recomendación de alguien que medianamente conozca, si se interna en la odisea de la lectura empiece –una recomendación personal- por leer a los maestros de siempre, como primer paso, algunos ejemplos: Chesterton, Kipling, Stevenson, Dickens, Wilde, Chejov, Maupussant, Poe, Cortázar, Monterroso, Rulfo y cada uno de ellos, es una persiana encogida, que lo llevaran al siglo de oro, al boom, a la novel roman, a los beats, sepa escoger, no lea del montón, un universo de luego de un punto final lo espera.
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