La fama que gozaba como jugador estrella de fútbol 5 ya no me emocionaba si no lograba que María Belén alias Mabe se sintiera atraída, incluso me llegó a molestar el hecho de ser el más conocido sin que a ella le importase. Pero todo se resolvió el día en que accedí hacer la fiesta que mis amigos de quinto tanto insistieron, eso claro está días después de la noticia que me dio mi madre. Acompañó a Agustín a una gira al interior del país. Dijo que para no dejarme solo ese fin de semana –Eugenia tomaba los sábados y domingos para visitar a su hijo y sus padres- le comunicó a mi padre que estuviera al tanto de mí, quien nunca llegó, por suerte. Mabe llegó a mi fiesta. Se presentó sin compañía alguna. Su aparición generó muchos rumores, algunos decían que era lesbiana otros que de seguro era casada, todos la miraban con respeto, deseo, miedo y en algunas admiración. No importaba. Esa noche vistió gloriosa, toda ajustada, un par de botas, una falda que dejaba traslucir lo perfilado de sus piernas y la blusa que le denotaba la planicie de su abdomen. La redondez de sus hombros. Lo pequeño de sus senos.Entró a casa. Traía consigo un six-pack de Cubas Libres que sin permiso alguno las colocó en la nevera. Abrió una y salió afuera a bebérsela, momento oportuno para increparla, ella, por alguna extraña razón sabía que yo iba a hacer eso, suelo ser tan predecible algunas veces. Le iba a decir que se fuera que no era bienvenida, por la forma en cómo me había tratado. Me miró y me sonrió, no me dejo reclamarle. “Clásico niño que aprovecha que sus papitos no están en casa para montar el desorden y quedar bien con sus amigotes”. Le dije que si venía en esa actitud que se fuera, ya no la seguiría soportando. Me miró, dio un sorbo a su bebida enlatada y dijo: “Sácame entonces”. Jaque Mate me dejo fuera de base, no supe cómo reaccionar. ¡Hey no te reías! Dejarme seguir…
Fue ella quien se acercó y me besó mordiéndome el labio. “Me gustás mocoso” dijo, luego añadió: “Vamos arriba a ver que tan mocoso sos”. Como supondrás quedé fuera de base. ¿Y ahora que le pasa?, me pregunté. Me tomó de la mano no sin antes beberse de un trago la Cuba Libre. Ante la expectación de todos los presentes pasamos por la sala tomados de la mano hasta el segundo piso, a mi cuarto. Nos besamos, bueno me besó antes de entrar. “¿Te hice sufrir verdad?”, me dijo. Rompí la ley del machista que dice así: Cuando la cabeza de abajo piensa la de arriba se detiene. “¿Y ese cambio de actitud?”, pregunté, pero ella besándome la oreja me susurró que yo sería su juguete, que era el muchacho menos tonto de todos en el colegio, que ese era mi premio, a mi paciencia. Abrió la puerta, encendió la luz y me empujó a la cama, caí como un costal. Se desnudó. ¡Ella se desnudó frente a mí! Mientras bailaba una dizque danza árabe. Su vientre era marea, se hundía y volvía a emerger, hice el intentó de acariciarla y ella me dijo que era demasiado niño como para que yo la desnudara. Se me acercó y se posó sobre mí tomándome las manos y dando ligeros besos por todo mi cuello. Movió las caderas. “La tienes viva” dijo sonriendo.
Pero no dejaba que la tocara y yo con esas ganas de hacerlo. De apretarle las tetas, de pellizcarle las nalgas, de manosearla más allá donde el sol no se atreve a entrar. Me desnudó. Luego y tal como lo hacía Eugenia tomó una de mis manos y me advirtió que la dejara tranquila, luego la llevó muy lento sobre sus pechos, pero no estuvimos mucho tiempo allí, bajó por el vientre… ¿Me detengo acá? ¿Sigo entonces? De acuerdo....Mi mano guiada por su mano descendió hasta su panocha, es que vagina es muy de clases de biología, y me dio la sensación que hacía un par de días se había afeitado, por que le sentí todos los impetuosos tronquitos del pubis.
Luego se detuvo en seco, me ordenó que me lamiera la mano, así lo hice. Se inclinó y me lamió la verga, disculpa pero detesto la palabra pene. Al principio se llevo la punta a la boca, y la emparentó con la punta de la lengua, recorrio en movimientos de espiral el glande, y se la metió toda adentro, para sacarséla con tal lentitud que por poco me vengo. Bajo por el largo de mi verga hasta los testiculos, y como si fueran uvas se los llevó a la boca, volvió a seguir. Me pidió que si me venía le advirtiera, cuando le dije, me apretó con un mano la punta. Cuando lo hice al poco rato después, le empañé la cara. Luego intenté hacerle lo mismo pero me detuvo, me pidió que mejor la penetrara, al hacerlo sentí que por panocha tenía una tijera filosa, y sentí que en su interior poseía un músculo que succionaba mi glande. Se movía como serpiente en el pasto. Apretaba los dientes, y de cuando en cuando sacaba la lengua como muestra de que lo estaba gozando. Como jóvenes tontos, lo hicimos sin condón. Al venirme por segunda vez, obviamente la cantidad era menos, pero me le regué en el vientre; pocas gotas.
Cuando nos vestimos, ella del eterno bolso de John Lennon extrajo un paquetito con algo dentro. Se sentó al borde de la cama y me lo dio. “Prueba Bernal”. Era un hongo. Vacilé. “De verdad pruébalo”, insitió ella. Luego dijo que se le había olvidado algo, del mismo bolso sacó una lata de leche condensada y aderezó el hongo, acto seguido se lo llevó a la boca tragándoselo con cierto esfuerzo, cuando hubo ingerido movió la cabeza violentamente. “Tu turno, ya viste como se hace”.
Miré el honguito en la palma de mi mano, estaba deshidratado, pardo, seco y parecía venenoso. Le coloqué leche condensada encima y me lo comí. Lo voté de inmediato. Me supo a cacho de vaca. Ella me golpeó por la cabeza. “De un tirón baboso”. Así lo hice y por poco me atraganto, lo mastiqué un par de veces y vénganos a tu reino. Al principio no sentí mucho. Ella se vistió y se acostó en mi cama. “No tarda mucho en llegar” dijo. Yo me vestí. Sentía la garganta seca y un tanto irritada. Luego me acosté a la par de Mabe e intenté abrazarla pero me dijo: “Por favor nada de mariconadas cariño, pizar rico y todo pero nada de pendejadas”.
Lo hice por que me sentí tan sensible que hasta la silla en donde se sienta el alma fue conmovida, por eso quise abrazarla. De pronto estaba yo acostado esperando a que me llegara el afecto, cuando ella se puso de pie como impulsada por los resortes del colchón. Empezó a buscar música, me preguntaba qué compactos tenía. Rebuscó en mi colección privada pero toda la música que vio la clasificó como de niños fresa. Blink182, The Offspring, Simple Plan, Good Charlotte y Green Day. Siguió buscando. Luego la escuché gritar de la alegría diciendo que yo era un éxito total. No supe a que se refería. “¿Te gusta Édith Piaff? ¡Sos un éxito cariño!” No sé a que se refería nunca en la vida la había escuchado. Mabe decía que Édith Piaf era la versión francesa de Billie Hollieday.
Colocó el compacto en el reproductor que tenía en mi cuarto. Esa música era la que escuchaba mi madre, no yo, pero le dije a Mabe que Édith Piaff me encantaba. Se sentó y canturreaba “La vie en rose”. Todo muy retro para mi gusto, pero conforme el disco fue avanzando me gustó el ambiente que tomó mi cuarto. De un pronto a otro deje de sentir el ambiente, las voces de la gente abajo, era como si entrara a un túnel. Mi cuerpo liviano, ojos ardientes, lengua dormida.
Una paz total, de fondo seguía Piaff cantando en aquel sensual francés. Me incliné un poco de la cama y vi que esta volaba sobre la vía láctea o una maqueta como las que hacía en la escuela. En cada planeta podía ver en su interior fetos. Y la cama volaba, no había paredes, me sentía libre. Iba surcando planetas y luego de un pronto a otro llegó a una estación en una luna de Júpiter y ahí fue que te vi; estabas sentada con un abanico, como señara inglesa mientras toma el té, muy hermosa. Tenías el cabello suelto. Cuando me viste llegar te pusiste de pie, pero tu vestido te hacía ver como una aureola boreal. ¿Recuerdas que me invitaste a bailar? Te confieso que nunca en la vida había bailando. Y de nuevo la vida en rosa, pero sin que yo me diera cuenta bailamos. Me mirabas sin decirme nada, y yo olía el aroma de tu cabello. No acaté a preguntarte quién eras, prefería disfrutar el sentimiento que me provocaste de paz.
Me besaste la frente ¿Me la besaste? No podía ver tu rostro, si acaso sentía tu mirada. No caminabas y tus pies flotaban sobre el suelo. Quise besarte pero volteaste el rostro. -me contó Mabe que yo estaba tan enviajado que intenté besar las cortinas del cuarto-, eso es lo que ella dijo, pero tanto vos como yo sabemos que no es así. ¿Verdad? Tu aparición me reconfortó. El universo era un enorme salón de baile. De pronto todo volvió a la normalidad escuché un arpa.
Mabe ya no estaba en el cuarto y el reloj marcaba un cuarto para las cinco de la mañana. Me levanté asustado y empapado en sudor. Debajo de la puerta María Belén alias Mabe había dejado una nota, en donde escribió: “Hasta el lunes”. Bajé. Habían algunos que dormían sobre los sofás, chicas sin sostén acostadas sobre el suelo, latas de cerveza, un florero roto, una vomitada sobre el tapete de la entrada. Maní por todo el piso, un condón en el timbre. Lo acomodaría hasta mañana. Me acosté a dormir.
El domingo traté de dejar todo en orden. Mientras lo hacía el teléfono repicó. Era mamá, preguntándome sí mi padre había llegado a dormir a casa, y para no meterlo en más problemas le dije que si pero que tuvo que salir de prisa. Ella pareció tranquilizarse. Le pregunté por ella, me dijo que de maravilla, que ahora estaban en hotel de playa y que de seguro venía hasta lunes y me advirtió que nada de desordenes en casa. Le dije que no se preocupara; cortamos.
Aunque no lo creas leí los libros extraños que tenía Eugenia. Pasé toda la tarde leyendo. Me acosté temprano, debía madrugar.
Aunque no lo creas leí los libros extraños que tenía Eugenia. Pasé toda la tarde leyendo. Me acosté temprano, debía madrugar.
***
Durante el desayuno le di las explicaciones del caso a Eugenia. Llegó al finalizar la tarde del domingo. Ella me ayudó en finiquitar los detalles para el orden. Me preguntó que cómo estuvo la fiesta y yo le dije que violenta, y le comenté que tuve sexo con la chica la que tanto me gustaba y con la que ya la tenía mareada. Eugenia se echó a reír y se lamentó con sarcasmo que ya no me iba a pizar, por que se le adelantaron. Luego mientras hundía una tostada en el café, jugado con ella lo cual a Eugenia enojaba y me decía que con la comida no se juega, le comenté sobre la experiencia que tuve con el hongo. Eugenia se asustó, pero la tranquilice diciéndole que los efectos que el hongo me produjo pueden servir para despertar el don, por que con yoga no me servía y mas bien pasaba de erección en erección así la mente nunca iba a estar en blanco. “¿Pero que viste?”, me preguntó interesada. Fue la primera vez que le comenté a Eugenia de tu existencia. “Una mujer fuera de serie” le dije. Me pidió los detalles yo se los di. Eugenia se interesó aún más y mientras yo hablaba su mirada se clavó en mi boca siguiendo cada palabra, frase, punto, tilde, coma, que salía de ella. “Esa puede ser una alternativa”, replicó mientras lavaba los platos. Me pidió que subiera con ella hasta su cuarto, yo le dije que no por que no la aguantaba, pero ella me dijo que no fuera enfermo que no era para eso. Había traído consigo un libro. Lo abrió y me fue explicando que las pinturas rupestres eran hechas por los antiguos humanos en profundos estados de trance, que según había leído por medio de esta técnica sabían que animales cazar. “De seguro comían hongos también”. Me pareció interesante la hipótesis de Eugenia, y me asombró todo lo que leía y lo que sabía. Se lo dije. Ella me dijo que sólo por el hecho de ser del campo y trabajar como sirvienta junta cagadas de un mocoso como yo, no significaba que no fuera inteligente, pero se declaraba autodidacta. “¡Ah, carajo!”.
Luego común en Eugenia, sacó conclusiones con respecto a tu existencia. A la que llegó fue que eras mi ángel de la guarda. ¿Acertó no crees? Pero en ese momento la proposición de ella me llamó la atención. Fue cuando recordé que para mi primera comunión la monja me había regalado una estampa con la invocación al ángel de la guarda. Decía así: “Ángel de la guarda, dulce compañía no te separas de mi ni de ni de día”. La recuerdo perfectamente, como si fuera ayer.
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