“… y busco la marca de tus labios en los míos
¿Cómo hacer esto interminable”.
Oscar Flores Ramos
“… no había tiempo o tal vez tan sólo fluía de manera extravagante, minutos eternos aislados de todo y de todos, sólo sus cuerpos desnudos y cercanos en esa habitación a media luz los dos”.
Paisaje con Tumbas Pintadas en Rosa
Me dedicó una sonrisa críptica. No supe si era resignación o picardía lo que había detrás. Confundido, huí de su mirada. Había luna. Adentro, la bulla del chivo continuaba. Quién sabe quién estaría tocando. El grupo de Marcia se había presentado mucho antes. Les había ido bien, pero Marcia estaba mal. Lo noté en sus ojos mientras cantaba y lo confirmé al hablar con ella, cuando se bajó de la tarima. No hace falta decir qué le había pasado. Se le había roto el alma. A mí también, hacía días. Ahora, abrazados, sentados a la orilla del caño frente al Cuervo Negro, tratábamos de ser el alivio del otro.
Yo desee a Marcia desde que la vi por primera vez. Su cara, sus gestos, sus ojos de un color indefinible, su manera de pararse en el escenario, de sacudir la melena al ritmo de la música… era algo más que atracción: mi cuerpo la necesitaba, no quería vivir más sin haberme relacionado genitalmente con ella. “Relacionarme genitalmente” suena vacío, pragmático, hueco. Pero suena aún peor “hacer el amor”. Eso es sublimar lo que simplemente no es sublime. Yo quería cogérmela, no “hacerle el amor”.
Mi pesimismo crónico me impidió ilusionarme con ella. Los hechos hicieron lo propio: Tan solo la segunda vez que la vi, llegó con el novio. Eso bastó para anularme. La vi unas cuantas veces más y luego tuve razones para olvidarla. No hace falta decir cómo la olvidé. Basta decir que ahora tenía el alma rota y a Marcia en los brazos. Además, nunca la había olvidado del todo. Siempre estuvo ahí, viva, en mis sueños, en mis vigilias y en mis insomnios, consumiéndome con su ausencia.
Marcia lloró un rato. Cuando la sentía sollozar la apretaba más contra mi costado. La gente pasaba y nos miraba unos segundos. Al rato, dejó de llorar. Sentí que se estaba limpiando la cara con mi suéter. La dejé hacer y luego la aparté un poco para verle la cara. No dejé de abrazarla.
- ¿Mejor?
- Un toque… llorar siempre hace bien.
- Sí…
- Juan…
- ¿Ah?
- ¿Te acordás de aquel poema que me habías escrito?
- No se me podría olvidar.
- Era muy lindo.
- Es muy lindo.
- Bueno sí, perdón…
- Tranquila.
- ¿Cómo era que empezaba? Bueno, no creo que te lo sepás de memo…
- Cómo es difícil aceptar que existe
aquello con lo que mil veces se ha soñado
cuando por fin se tiene en frente…
- Así como la libertad asusta al reo de años
porque en su realidad ya solo hay sitio
para los barrotes y los muros…
- ¡Mirá! Te acordás…- Exclamé sorprendido.
- Me lo sé todo, pero se me había olvidado el principio. Mirá:
¿Cuántas veces te habré creado,
con pensamientos e ideales
muy adentro mío, en mi sueño,
en mi vigilia y en mi ausencia,
con el deseo de verte y de sentirte
tan vivo como el de respirar,
y la esperanza de algún día verte
extinta como llama al viento?
¿Ves? Me lo sé.
- Sí… qué rajado…
- ¿Qué sentías cuando me escribiste ese poema?
- Te deseaba.
- ¿Ajá?
- ¡Ay por favor, Marcia!- En esto la solté.- Como si no hubiera sido obvio desde un principio…
- Ay pero ¿por qué se enoja por eso?- Me dijo melosa, mientras me agarraba el brazo y me hacía abrazarla de nuevo.- No me suelte que hace mucho frío.
- Usted que se viene sin abrigo…-Andaba una camisa de Stratovarius. Temblaba de frío. Las noches de diciembre no son muy benévolas climáticamente hablando. La abracé con más fuerza que antes y nos quedamos así otro rato.
- ¿Ya no me deseás?- Dijo por fin.
- Claro que sí.- Dije. Soltó una risita.- ¿Te hace gracia?
- Sí, pero no me estoy burlando.
- ¿Entonces?
- ¿Siempre que alguien se ríe de algo que dijiste se tiene que estar burlando?
- Es en lo primero que pienso.
- ¿Por qué?
- Tal vez porque ya me lo han hecho suficientes veces como para no saber esperar otra cosa.
- Te estás haciendo la víctima.
- Vos preguntaste y yo te contesté.
- Bueno, la cosa es que yo no me estaba burlando.
- ¿Entonces?
- Ay bueno… a una le tiene que causar alguna reacción que le digan que la desean, que a mí me dio risa.
- Siendo vos yo también me hubiera reído.
- ¿Por qué?
- Porque da risa que yo te desee a vos.
- ¿Qué tiene eso de vacilón?
- ¿Qué importa que yo te desee, Marcia? Vos sos muy linda, cualquier mae te daría bola, muchos, por lo menos. ¿Qué diferencia hace que me gustés a mí?
- Ay Juan…
- ¿Qué?
- ¿Por qué te despreciás tanto?
- Eso no es tu asunto.
- Uy…
Temí haberla hecho enojar. Lo último que quería era separarme de ella esa noche. Igual, iba a pasar; en algún momento “¡Uy, ya es tardísimo, me tengo que ir!” o “Bueno Juan, voy a tomarme algo, ahí nos vemos” y todo terminaría. Al fin y al cabo todo termina, ¡hasta yo he de terminar algún día!, ¿por qué entonces duelen tanto los finales? ¿Qué empezar no es ya comenzar a terminar? Sí, yo lo sé. Pero uno sabe y no entiende. Entiende y no acepta. Así somos.
Otra vez, perdí mi mirada en los alrededores. No quería verla. Me daba miedo. Quería que volviera a llorar, porque así era seguro que escondería otra vez su cara en mi costado y sería mía por un ratito más. Quería que sufriera, no importaba si esa era la única forma de mantenerla cerca. Pero no volvió a mi costado. Sentí su mirada. Me estaba viendo. La miré y entonces me dedicó esa sonrisa críptica. Quise preguntarle qué quería decir con ella, pero preferí, por una vez, dejar la significación del lado del lector. Pero esa sonrisa me superaba. Irrumpía en mi como un puñal y no había coraza, interior o exterior, que valiera.
Busqué algo en qué poner mi atención pero irremediablemente volví a mirarla. Me sonrojé. Ahora no cabía duda. Su sonrisa estaba impregnada de picardía, insinuación, sugerencia. La inclinación de la cabeza, la forma en que entornaba los ojos, la curva de los labios, la tensión en las mejillas, hasta los dientes, que seguían en el mismo lugar de siempre, parecían haberse cargado de sensualidad. De pronto todo comenzó a cambiar. La noche, la ciudad, la gente… todo parecía distinto, había como una sensación, como un color diferente en las cosas. Hasta el escándalo del chivo dentro del Cuervo Negro, que estaba atestado de camisetas negras hasta la puerta, se había transformado. Comencé a respirar un aire de libertad, desinterés y liviandad que hace mucho no sentía, tal vez desde la infancia. Era como una invitación a dejarse llevar, a no pensar por un buen rato y entregarse a las sensaciones, a lo que iba a ocurrir porque tenía que ocurrir. Por un momento pensé que seguramente así se sentía un suicida, pero me contradije de inmediato. Lo que sentía era como una explosión de vida, no tenía nada que ver con la muerte. Dejó de importar que a Marcia y a mí se nos hubiera roto el alma, y nuestros cuerpos fueron lo único que hizo falta. Los cuerpos, esos que veíamos, que podíamos sentir uno junto al otro. Ese paquete de sangre, huesos y órganos que sí se podía compartir. No como las almas, que están allá tan adentro, encerradas para siempre.
- Juan…
- ¿Qué?
- Vámonos…
- ¿A dónde?
- Mmm… jale a comer algo…
- Bueno.
Nos levantamos. Si Marcia antes me parecía bonita, ahora era el objeto más precioso del mundo. Su abundante melena oscura, sus ojos de color indefinible, ligeramente rasgados, sus labios gruesos y su cuerpo delgado, casi frágil, eran los requisitos de la belleza. Ninguna otra mujer era bella ahora. No hacía falta.
Caminamos por la acera. A los pocos metros, me tomó de la mano. Era extraño. Yo nunca había pensado en tener una relación formal con Marcia. Sabía que no me hubiera gustado. No soy el tipo de persona que aguanta el ritmo de alguien como ella. Caminar de la mano, hasta el momento, cabía en mi comprensión como acto exclusivo de las parejas formales. Sin embargo, ¿qué convierte en formal a una pareja? ¿Una declaración? He tenido novias a las que ni siquiera les pregunté si querían serlo. ¿La aceptación de los suegros? He tenido noviazgos en los que ni siquiera he conocido a mis suegros. Entonces, ¿qué convierte a una pareja en novios? Un acuerdo tácito, una idea, un concepto compartido por ambas partes. Marcia y yo teníamos nuestro acuerdo. No éramos novios, pero éramos mucho más que eso. Merecíamos caminar de la mano.
Casi no hablamos durante el camino. Recordé que cerca de la Universidad Eugenia Suvercia había una soda que no cerraba nunca. Al tipo que hacía el turno de noche le decían Vampiro. Le dije a Marcia que si le gustaría ir y me dijo que sí.
Llegamos. Había varios maes que venían del chivo. Recordé hacía cinco años, cuando los metaleros del pueblo declararon el Cuervo Negro como su centro de operaciones. Durante años había sido el lugar de reunión de la más alta sociedad. Pero Ernesto, la oveja negra de los Coraje, una de las familias a las que pertenecía el pueblo, se había declarado amante de la música extrema y comenzó a aparecer en el café con sus amigos vestidos de negro. Los clientes se quejaron, pero el dueño no se atrevía a echarlos. Eran amigos del señor Coraje, después de todo. Entonces, un día Ernesto le dio al de la música un disco MP3 con una interesante selección: Testament, Iron Maiden, Metallica, Cannibal Corpse, Immortal, Megadeth, Morbid Angel… ni qué decir de la huida que emprendieron los clientes “normales”. Ernesto regó la bola y pronto la clientela vestía exclusivamente de negro. Algunos aristócratas se quejaron, querían su lugar de reunión de vuelta, pero los dueños veían un prometedor negocio en aquellos jóvenes mechudos y con camisetas negras. A los pocos días, los mismos metaleros colocaron el nuevo rótulo. Ya no era “Café Cuervo Negro”, sino “Cuervo Negro Metal Bar”. Pronto comenzaron los chivos y cada sábado los jóvenes se reunían a escuchar las bandas del pueblo o las que venían de afuera. La de Marcia venía de afuera. De hecho, lo poco que llegaba de afuera a ese pueblo eran grupos a tocar.
Nos sentamos. Elina, la salonera de la noche, nos vino a atender. Varios de los compas que venían del chivo se acercaron a saludar a Marcia. La felicitaron por su desempeño en el escenario y le preguntaron por los otros miembros del grupo. Ella contestó con toda amabilidad y soltura. Horas después me confesó que si no hubiera sido por mí, probablemente ni siquiera le hubiera contestado el saludo a alguien que se acercara a hablarle. En aquel momento yo no sabía que estaba siendo una motivación para ella, por lo que me sentí ligeramente desplazado.
- Vos sos la que cantó ahora, ¿verdá?
- Sí, sí, ¿Pura vida?
- Pura vida. Oiga que buen grupo el suyo, ¿Cómo se llama?
Pasó un camión enorme. Con el bullón que hizo, dudo que el mae haya escuchado el nombre de la banda. Yo no lo escuché.
- A sí, suenan rajado, al chile. Qué buenos.
- Mae, muchas gracias.- Aunque me sentía como me sentía, me gustó ver a Marcia tan atenta y desenvuelta. Los ojos le brillaban y sonreía todo lo que podía. Poco a poco me fui sintiendo muy feliz por ella y me dejé de sentir desplazado.- Tienen que ir a vernos al pueblo, ahí tocamos casi todos los fines de semana.
- A nombres, nada más avise, vea, este es mi número.- El compa escribió su número de teléfono en una servilleta y se lo dio a Marcia.- Usted me llama y estos maes y yo caemos, de fijísimo.
- Ok, ok, gracias.- Cada uno pasó a darle su beso a Marcia y a mí la mano. Eran tres. - ¡Qué lindos! ¿Verdad?
- La linda sos vos, que te das a querer así.
No sé de dónde salió eso. Tenía mucho tiempo de no decirle algo así a alguien. Marcia se sonrojó levemente y sonrió conmovida. Se acercó por encima de la mesa y me besó en la boca. Fue tierno, intenso, corto. Había soñado con besar esos labios durante meses. Confirmé que todo lo que había percibido a partir de la sonrisa críptica era cierto. Estaba pasando, ahí y ahora, y aún estaba lejos de terminar.
Comimos muy bien. Yo pedí un plato de pechuga de pollo empanizada. Traía papas, ensalada y algo más que no recuerdo. Creo que pedí fresco de frutas. Marcia se las vio con un casado de res. Al final, me acordé del “coctel de sangre”, el postre especialidad del Vampiro. Era un helado de crema con un aderezo de fresa riquísimo que solo él sabía hacer. Decían que le echaba sangre de chiquitas que se robaba del pueblo. Es increíble la cantidad de cultura popular que se puede generar porque a alguien le den el turno de noche en una soda.
Pedimos dos cocteles y nos los vino a dejar el Vampiro en persona. Vestía de negro. Una vez que le pregunté, me dijo que solo lo hacía los sábados, para identificarse con la clientela metalera y hacerle un poco de honor al apodo.
- Eso Juan, ¿Todo bien?
- Pura vida Vampiro.
- Y ¿La muchacha? Usted no es de por aquí ¿verdad?
- No, no, yo soy de afuera, jeje.
- A pues qué bueno que se den la vuelta. Es increíble lo rentable que nos ha salido esa voladera de patadas que organizan ustedes todos los sábados en el Cuervo. Ellos no venden comida durante el concierto, solo guaro, y diay a nosotros nos caen los comensales.
- Claro Vampiro. Para que vea que vestir de negro trae buena suerte.
El Vampiro se metió de nuevo, muerto de risa. Nos comimos el helado felices, mirándonos, adentrándonos en el tiempo eterno que nos estábamos fraguando. Cada bocado sabía a gloria, pero era más glorioso verla comer, como arrollaba los montículos de helado con la lengua, como los engullía con los labios… cada momento me sentía más unido a ella, más su dueño y su posesión a la vez.
- ¿Vamos?- Dije cuando ya los dos habíamos terminado.
- Jale.
- Pero… ¿A dónde?
- Diay a tu casa…
- A sí, sí claro….
Nos fuimos. Anduvimos todo el camino de la mano. Hace mucho tiempo que no soy lo que se puede decir feliz. Hace tanto, que no sé si esa noche lo fui, pero al menos sé que aquello se parecía mucho a la felicidad. A lo que uno supone que es la felicidad.
Llegamos a mi casa. Abrí. Entramos. Era raro. Yo nunca había estado con una mujer, solo, a esas horas, mucho menos en mi casa. No tenía idea de qué hacer. En las películas se les ofrece algo de tomar… yo no tomo, no tomo licor, si acaso habría alguna botella de agua en la refri. En mi casa hay dos cosas: yo y libros. Quien venga a visitarme lo más que puede hacer es ponerse a ver libros. Marcia no venía a ver libros, pero se puso a ver libros.
- Como tenés libros…
- Sí, un montón.
- Mirá… cuentos de Perrault…- Dijo Marcia, y sacó ese libro del anaquel.
- ¿Sabés quién es?
- El que escribió Caperucita y eso ¿Verdá?
- Sí.
- Me gustan mucho esos cuentos.
- A mí también. Me gusta la atmósfera de fantasía que los impregna. La mente abierta de sus personajes…
- ¿Tu mente está abierta?
- No sé…
- ¿Qué querés decir con “mente abierta”?
- Tener la capacidad de aceptar lo insólito sin necesitar una explicación, tal vez…
- Y ¿Qué es lo insólito?
- Lo imposible, lo que no pasa.
- Por ejemplo…
Marcia se me puso en frente. Empujándome con suavidad, me obligó a sentarme en una silla y ella a su vez se sentó sobre mi regazo, de frente.
- Pues…- dije, esforzándome por mantener el hilo de la conversación.- La existencia de hadas, los milagros, ese tipo de cosas…-
- ¿Qué es un milagro?- Susurró, mientras me comenzaba a besar el cuello.
- Lo que no pasa, lo que no puede pasar…
- ¿Yo puedo estar aquí? ¿Podemos estar aquí, haciéndonos esto?- Me besaba las mejillas y me acariciaba el pelo con las manos.
- No... no podés estar aquí… mucho menos haciéndome esto…
- ¿Por qué no?
- Porque sería un milagro… y los milagros no existen…
De nuevo me besó. Sentí su lengua abriéndose camino, buscándome, sintiéndome, regalándome su delicioso contacto. Me costó reaccionar. Finalmente la besé yo también. El chasquido de nuestros labios al cerrarse y abrirse era estremecedor. Cada ola de saliva era un trago del elixir de la eterna juventud. Le acaricié la espalda y le sentí el mecanismo del brassier, por encima de la blusa de Stratovarius. Había sentido esa maraña de broches y elásticos muchas veces, pero siempre allá, detrás de la blusa y de las normas sociales, más allá de mi alcance. Pero ahora no había normas. Hoy yo no era un ciudadano, ni siquiera era una persona. Había trascendido los límites de mi ser y no me pertenecía ni a mí mismo. Era de Marcia de la misma manera en que ella era mía. Le agarré los bordes de la blusa y se la quité. El brassier era negro. Se le veía precioso sobre la piel blanca. La miré a los ojos. Sonreía impresionada, como si ese movimiento la hubiera agarrado desprevenida.
- ¿Te molesta?- Le dije estúpidamente…
- Ay Juan…- Exclamó, como enternecida. De inmediato me agarró la camisa y me la quitó.- Como si los dos no estuviéramos en lo mismo.- Y me volvió a besar. Le agarré un pecho con cada mano y apreté. No eran muy grandes, pero es que lo que importaba no era la magnitud, era que eran sus pechos, los de Marcia. Cualquier defecto era secundario ahora. Todo lo que fuera suyo era sagrado, incluso su voluntad.
- ¿Dónde está tu cuarto?- Me preguntó.
- Arriba…
- Jale…
Casi no pudimos subir las gradas entre los besos. A punto estuvimos de botar la puerta. A punto estuvimos de quebrar la cama. La acosté boca arriba. Besar siempre me puso nervioso. Me preocupaba por no equivocarme, por no desagradar… ahora no había errores posibles. Todo lo que hiciera le iba a gustar, estaba seguro, no había nada qué temer. Podía disfrutar cada movimiento, cada roce de mi lengua contra la suya, cada presión de los labios, cada mordisco… cada momento era real, absoluto, perpetuo y hermoso, como si el tiempo no existiera o, más bien, como si no hiciera falta.
Fui bajando. Primero, me encontré su barbilla. Luego me demoré en su cuello, níveo y pulido, hasta que caí en su clavícula izquierda. La recorrí. En mi camino tropecé con un tirante negro. Lo fui quitando hasta deslizárselo por el hombro. Le besé el hombro. Bajé por su brazo, por su antebrazo. Le besé la palma de la mano, el dorso de la mano, cada dedo, cada falange. Volví al hombro. Bajé por su pecho, subí los montes de sus senos y se los besé sobre el brassier. Alcancé su abdomen y su ombligo fue el eje alrededor del cual giraron, a un tiempo, mis labios y las estrellas. Bajé más y me estorbó su pantalón de mezclilla. Le desabroché el botón. Le bajé el zíper despacio y descubrí sus calzoncitos, blancos, blancos como el ideal del blanco, como ese blanco que no es el de las nubes ni el de las retinas ni el de la nieve, blanco, blanco prístino y áureo, blanco etéreo y mágico, pero tan real como mis noches de insomnio y mis días de fútil vigilia. Le quité el pantalón casi con violencia. Sus piernas eran delgadas, tal vez muy delgadas, pero la noción de defecto había desaparecido junto con la de error. Eran hermosas. ¿Cómo podrían no serlo, si eran de ella? No había cabida a disgustos, yo no era gordo ni ella flaca, éramos dos seres vivos cargados de deseo, con el mundo entero al frente para satisfacerlo. Su único camino era yo. Mí único camino era ella.
Pero en ella había varios caminos. Podía ir directo a su centro, a su sensibilidad hecha carne, pero no hubiera sido tan romántico, tan épico. Había que retardar cuanto fuera posible el momento climático, porque todo realmente es mejor, más real, antes de que suceda. Quería que me deseara, que se desesperara porque la caricia llegara ahí donde ella quería, pero tendría que esperar. Prolongaría su dicha todo lo que pudiera.
Estudié sus piernas con detenimiento. Quería aprendérmelas de memoria. Recordar dónde tenía una peca o una pequeña cicatriz, dónde al tacto sobresalía un hueso, dónde el músculo estaba ligeramente más flácido. Rehíce el camino hasta su entrepierna unas diez veces, sin pasar de ahí. Una pierna, luego la otra. La otra, y luego la una, y así, hasta que mi humanidad no me permitió más retrasos. Había que hacerlo. Levanté la vista y vi que Marcia apretaba la colcha de la cama con las manos. Me percaté de que casi me había olvidado de que ella existía, que era algo más que aquella piel sensible que hace tanto rato me había dedicado a besar. Le pasé la mano por los calzoncitos y noté como se tensaba su abdomen. Con el dedo recorrí las costuras en zigzag, desde la cadera hasta el centro, donde se levantaba una pequeñísima flor de algodón, que marcaba el centro de la prenda. Estaba alineada con el ombligo. Con la yema del dedo seguí la línea imaginaria, bajando lentamente, desde la flor, camino a su sexo. Sentía la suavidad bajo la tela. Marcia gimió levemente. Traté de imaginarme lo que sentía. Juguetee con los dedos en toda la zona y Marcia se mordía los labios. Entonces todo cambió.
No podía ser verdad. “Los milagros no existen”. Marcia estaba ahí, acostada en mi cama, dejándome hacerle todo lo que se me ocurría, mordiéndose los labios de placer. No podía estar pasando. “Lo imposible, lo que no pasa”. Sin embargo, así era, ahí estaba, medio desnuda, conmigo, en mi cuarto. “las hadas, los milagros…”. Los hechos imposibles estaban frente a mis ojos. No eran imposibles entonces, pero muy dentro de mí había una decepción enorme, algo que desde un principio había presentido, pero que había tratado de ignorar, hasta ahora, cuando no pude más: todo iba a terminar. Tarde o temprano aquel momento de supremo gozo pasaría, como pasan todos los momentos porque son parte del tiempo. No importaba que pareciera estar ocurriendo en el transcurso de la eternidad, pasaría, como todo, se acabaría, como todo, y ese era el principio básico de la desgracia, o lo que es lo mismo, de la realidad.
Me detuve. Me congelé. Miré el vacío y desee que Marcia nunca hubiera venido, que nunca hubiera existido, que nunca me hubiera hecho desear aquel momento maldito. La eternidad era mentira. Si yo mismo iba a desaparecer algún día, nada podía ser para siempre, mucho menos una noche de pasión como aquella. Y si no es para siempre ¿Para qué, entonces?
- Juan….
- …
- Juan…
- …
- ¡Juan! ¡Por Dios, qué te pasa!
- ¿Para qué hacemos esto, Marcia?
- ¿Qué?
- Dígame… ¿Para qué?
- ¿No te gusta?
- Sí… pero igual ¿Para qué? ¿Para qué uno vive? O sea… puta… es que…
- Juan ¿Qué te pasa? Decime de una vez. Ibas muy bien, estaba por preguntarte si de veras es la primera vez que estás con alguien…
- ¿Para qué Marcia, dígame para qué?
- Pues… porque es rico Juan, simplemente por eso.
- Pero ¿Qué ganamos? Se va a acabar ¿No?
- Pues sí… todo se acaba, pero lo que importa es que pase.
- ¿Qué sentido tiene si no es para siempre?
- Ay Juan… ¿Creías que me iba a quedar a vivir con vos o algo así? Yo nada más venía a pasar la noche…
- Sí pasar… pasar la noche… todo pasa… todo se…
Marcia hizo lo mejor que podía: me calló con un beso. No sé cómo lo logró, pero fue aún más intenso que los anteriores. Ya no fue tanto el roce de su lengua o el abrir y cerrar de sus labios, fue la vuelta de la sensación, el pasar del tiempo que no era pasar del tiempo, porque no solo los relojes y el sol seguían funcionando, sino que pasaba algo más. El mundo hierve de actividad a cada segundo, pero aún así uno puede sentirse solo, sedentario e improductivo. Cada ser humano rueda dentro de su esfera y a su alrededor caen los imperios y se calcinan los planetas. Pero nada llega hasta aquí. Afuera pueden pasar las estaciones y separarse las galaxias, pueden explotar las estrellas y aquí todo seguir igual, frío, oscuro, indiferente, aislado… la esfera… la esfera… oprime, desdibuja, anula, separa… separa definitivamente. Pero esa es la realidad. Una vida entera he dedicado a la evasión, pero esa noche decidí afrontar los hechos. Yo estaba solo, con el alma rota, exactamente como Marcia, pero esa noche algo había pasado. Esa noche ella me había dedicado una sonrisa críptica y yo había logrado descifrarla, nos pertenecíamos el uno al otro, como los dos objetos que en realidad éramos, como los objetos que, para los demás, somos todos. No hacía falta sacramentos, juramentos, sentimentalismos ni sublimaciones. Todo era innecesario, excepto la voluntad de ser del otro. Íbamos a coger, no a casarnos ni a formar una relación estable, eso eran utopías, castillos construidos sobre arena que el tiempo se encargaba siempre de derribar. Pero nuestra noche, aquella noche, estaba aislada del tiempo, más allá de toda medición y comprensión. Era un instante, un soplo de viento, una hoja cayendo de un árbol, un segundo tal vez, pero era perfecto, y por vivirlo valía la pena una eternidad de horror.
El beso pronto se expandió por todo el cuerpo. Estaba aturdido entre las caricias de Marcia, cuando el ruido de la hebilla metálica de mi faja cayendo al suelo me volvió a la realidad. Vi mis pantalones ahí, con la faja puesta, tirados en el piso. Marcia ya me bajaba el bóxer. Se percató de que la estaba mirando y me sonrió de la misma manera que al principio, pero esta vez la sonrisa ya no fue críptica.
Sentir como mi carne entraba en su boca fue como comprender un enigma milenario. El descubrimiento del fuego, la invención de la escritura, los misterios de la alquimia, las revelaciones místicas… todo a la vez y más aún. Veía su cabeza subir y bajar, con la cara oculta bajo la mata de pelo. Me recosté y la dejé hacer. Verla hubiera sido peor. Escuchaba su lengua rechinar. Su saliva se combinaba con mis jugos más precoces. Luché por contener el flujo de mi excitación. No podía dejarme vencer aún, sabía que tendría que responderle a Marcia cuando llegara el momento de compartir el placer. Momento que llegó, finalmente.
Marcia se deslizó sobre mí como una serpiente. Me besó el pecho y el cuello. Luego se me sentó encima y se quitó el brassier. Como un autómata, le bajé el calzoncito blanco. Acostándose sobre mí, ella se lo terminó de quitar. Y entonces realmente comulgamos en un solo cuerpo.
Calor. Piel tibia, un roce húmedo y estremecedor. Sudor. Gemidos. Jadeos. El traqueo de una cama no acostumbrada a sostener el peso del gozo. Besos. Saliva. Más sudor. El estrépito de una explosión análoga a la que creó el universo. Y finalmente, la calma, el desahogo, el fin de la tormenta. Más besos, ahora apacibles, como el mar al amanecer. Yacer, estar ahí, acostados y ver consumirse las últimas energías en las pupilas dilatadas de cada uno.
Casi una hora después desperté. Estábamos abrazados. La luna alumbraba el cuarto plenamente. La piel de Marcia lucía plateada, como si fuera una estatua de mármol. Siempre me gustó ver las cosas a la luz de la luna. Todo parece cargado de un brillo propio, metálico y suave a la vez.
Le acaricié las piernas. Desde la corva, hasta la nalga, una y otra vez. La sentí estremecerse. Abrió los ojos.
- Hola…- Susurró.
- Hola. – Contesté.
- ¿Te gustó?
- Ay Marcia….- La abracé con fuerza.- No me preguntés eso, casi me ofende.
- A mí también me encantó. No sé… siento algo especial aquí. No es normal.
- ¿Verdad que no?
- No… es curioso. Yo ni me imaginé que me fuera a encontrar con vos hoy. Y mirá en lo que terminamos. Pero aún así, hay algo más. Como que hay mucho silencio… no sé.
A decir verdad, no había escuchado un carro en toda la noche. Mi casa quedaba de camino a la parada de buses, por lo que los metaleros procedentes del Cuervo Negro tenían que haber pasado por ahí, en su animada y escandalosa procesión. Sin embargo, no se había escuchado nada.
- El silencio… es cierto. No se oye nada de afuera.
- Es que no hay nada afuera.- Dijo, y me miró con esos ojos de color indefinible.- Solo existe aquí, tu cuarto, y nosotros adentro.
Nos besamos durante un buen rato.
- ¿Podemos… podemos hacerlo otra vez?- Le pregunté.
- Todas las que querás.
No recuerdo si lo hicimos todas las veces que yo hubiera querido. Probablemente no, porque la imaginación (o el deseo) siempre supera las capacidades de la realidad. Pero fue suficiente. Rendidos, finalmente nos volvimos a quedar dormidos.
***
Seis horas después Marcia se había ido. Fui con ella a la parada del bus. Me dio un largo abrazo que no me supo a nada más que a ausencia. Todo había, en efecto, terminado.
Volví a mi casa. En la mesita de la sala, junto a la biblioteca, estaba el libro de Perrault. Me senté y lo leí completo. Ya no me resultó tan extraña la impasibilidad ante lo insólito de sus personajes. Cuando terminé de leer, era más de mediodía. Subí y vi mi cama en desorden. Me tiré sobre ella y aún sentí el olor de Marcia en las sábanas, en la almohada, en la memoria. Ya no sería solo mi cama. Por una noche, había sido de los dos. Por una sola noche. No hubo noviazgos, ni sublimaciones, tal vez ni siquiera sentimientos. Por eso, aquella noche nunca terminaría de pasar. No perdería su valor. Marcia y yo podíamos llegar a odiarnos, que el recuerdo de aquella noche no perdería su significado, pues nunca hubo amor que recordar con dolor.
Para vivir la eternidad no hace falta morir. Hace falta renunciar a la pretensión de ser algo más que humanos.
A M.M.Pavas, enero 2009