lunes, julio 13, 2009

TUCKER MAX


Ante la necedad y recomendación de mi buen amigo Tranca:

Tranca: pero ya leiste a este HIJUEPUTA de paire y maire?

Tranca: TIENE QUE LEERLO y me va a entender... TAL VEZ y solo talvez nosotros lleguemos algun dia a el nivel de este hijueputa.
Tranca: ese es... UN SATANICO insensible... vieras una conferencia que dio en una U en Estados se le cagaba en la madre INTELIGENTEMENTE a cada protestante que se paraba para jalar ofendido.
Tranca: va a ver que no es vara... lea el del sushi pants y la vara.

Warren/Literófilo dice: como se llama el libro del mae?

Tranca dice: I HOPE THEY SERVE BEER IN HELL.
Tranca dice: o mas conocido como IHTSBIH.

Con tal recomendación les subo a Tucker Max .

domingo, julio 05, 2009

EL TRANSCURSO DE LA ETERNIDAD



“… y busco la marca de tus labios en los míos
¿Cómo hacer esto interminable”.

Oscar Flores Ramos


“… no había tiempo o tal vez tan sólo fluía de manera extravagante, minutos eternos aislados de todo y de todos, sólo sus cuerpos desnudos y cercanos en esa habitación a media luz los dos”.

Paisaje con Tumbas Pintadas en Rosa


Me dedicó una sonrisa críptica. No supe si era resignación o picardía lo que había detrás. Confundido, huí de su mirada. Había luna. Adentro, la bulla del chivo continuaba. Quién sabe quién estaría tocando. El grupo de Marcia se había presentado mucho antes. Les había ido bien, pero Marcia estaba mal. Lo noté en sus ojos mientras cantaba y lo confirmé al hablar con ella, cuando se bajó de la tarima. No hace falta decir qué le había pasado. Se le había roto el alma. A mí también, hacía días. Ahora, abrazados, sentados a la orilla del caño frente al Cuervo Negro, tratábamos de ser el alivio del otro.
Yo desee a Marcia desde que la vi por primera vez. Su cara, sus gestos, sus ojos de un color indefinible, su manera de pararse en el escenario, de sacudir la melena al ritmo de la música… era algo más que atracción: mi cuerpo la necesitaba, no quería vivir más sin haberme relacionado genitalmente con ella. “Relacionarme genitalmente” suena vacío, pragmático, hueco. Pero suena aún peor “hacer el amor”. Eso es sublimar lo que simplemente no es sublime. Yo quería cogérmela, no “hacerle el amor”.
Mi pesimismo crónico me impidió ilusionarme con ella. Los hechos hicieron lo propio: Tan solo la segunda vez que la vi, llegó con el novio. Eso bastó para anularme. La vi unas cuantas veces más y luego tuve razones para olvidarla. No hace falta decir cómo la olvidé. Basta decir que ahora tenía el alma rota y a Marcia en los brazos. Además, nunca la había olvidado del todo. Siempre estuvo ahí, viva, en mis sueños, en mis vigilias y en mis insomnios, consumiéndome con su ausencia.
Marcia lloró un rato. Cuando la sentía sollozar la apretaba más contra mi costado. La gente pasaba y nos miraba unos segundos. Al rato, dejó de llorar. Sentí que se estaba limpiando la cara con mi suéter. La dejé hacer y luego la aparté un poco para verle la cara. No dejé de abrazarla.

- ¿Mejor?
- Un toque… llorar siempre hace bien.
- Sí…
- Juan…
- ¿Ah?
- ¿Te acordás de aquel poema que me habías escrito?
- No se me podría olvidar.
- Era muy lindo.
- Es muy lindo.
- Bueno sí, perdón…
- Tranquila.
- ¿Cómo era que empezaba? Bueno, no creo que te lo sepás de memo…

- Cómo es difícil aceptar que existe
aquello con lo que mil veces se ha soñado
cuando por fin se tiene en frente…
- Así como la libertad asusta al reo de años
porque en su realidad ya solo hay sitio
para los barrotes y los muros…

- ¡Mirá! Te acordás…- Exclamé sorprendido.
- Me lo sé todo, pero se me había olvidado el principio. Mirá:

¿Cuántas veces te habré creado,
con pensamientos e ideales
muy adentro mío, en mi sueño,
en mi vigilia y en mi ausencia,
con el deseo de verte y de sentirte
tan vivo como el de respirar,
y la esperanza de algún día verte
extinta como llama al viento?

¿Ves? Me lo sé.
- Sí… qué rajado…
- ¿Qué sentías cuando me escribiste ese poema?
- Te deseaba.
- ¿Ajá?
- ¡Ay por favor, Marcia!- En esto la solté.- Como si no hubiera sido obvio desde un principio…
- Ay pero ¿por qué se enoja por eso?- Me dijo melosa, mientras me agarraba el brazo y me hacía abrazarla de nuevo.- No me suelte que hace mucho frío.
- Usted que se viene sin abrigo…-Andaba una camisa de Stratovarius. Temblaba de frío. Las noches de diciembre no son muy benévolas climáticamente hablando. La abracé con más fuerza que antes y nos quedamos así otro rato.
- ¿Ya no me deseás?- Dijo por fin.
- Claro que sí.- Dije. Soltó una risita.- ¿Te hace gracia?
- Sí, pero no me estoy burlando.
- ¿Entonces?
- ¿Siempre que alguien se ríe de algo que dijiste se tiene que estar burlando?
- Es en lo primero que pienso.
- ¿Por qué?
- Tal vez porque ya me lo han hecho suficientes veces como para no saber esperar otra cosa.
- Te estás haciendo la víctima.
- Vos preguntaste y yo te contesté.
- Bueno, la cosa es que yo no me estaba burlando.
- ¿Entonces?
- Ay bueno… a una le tiene que causar alguna reacción que le digan que la desean, que a mí me dio risa.
- Siendo vos yo también me hubiera reído.
- ¿Por qué?
- Porque da risa que yo te desee a vos.
- ¿Qué tiene eso de vacilón?
- ¿Qué importa que yo te desee, Marcia? Vos sos muy linda, cualquier mae te daría bola, muchos, por lo menos. ¿Qué diferencia hace que me gustés a mí?
- Ay Juan…
- ¿Qué?
- ¿Por qué te despreciás tanto?
- Eso no es tu asunto.
- Uy…

Temí haberla hecho enojar. Lo último que quería era separarme de ella esa noche. Igual, iba a pasar; en algún momento “¡Uy, ya es tardísimo, me tengo que ir!” o “Bueno Juan, voy a tomarme algo, ahí nos vemos” y todo terminaría. Al fin y al cabo todo termina, ¡hasta yo he de terminar algún día!, ¿por qué entonces duelen tanto los finales? ¿Qué empezar no es ya comenzar a terminar? Sí, yo lo sé. Pero uno sabe y no entiende. Entiende y no acepta. Así somos.
Otra vez, perdí mi mirada en los alrededores. No quería verla. Me daba miedo. Quería que volviera a llorar, porque así era seguro que escondería otra vez su cara en mi costado y sería mía por un ratito más. Quería que sufriera, no importaba si esa era la única forma de mantenerla cerca. Pero no volvió a mi costado. Sentí su mirada. Me estaba viendo. La miré y entonces me dedicó esa sonrisa críptica. Quise preguntarle qué quería decir con ella, pero preferí, por una vez, dejar la significación del lado del lector. Pero esa sonrisa me superaba. Irrumpía en mi como un puñal y no había coraza, interior o exterior, que valiera.
Busqué algo en qué poner mi atención pero irremediablemente volví a mirarla. Me sonrojé. Ahora no cabía duda. Su sonrisa estaba impregnada de picardía, insinuación, sugerencia. La inclinación de la cabeza, la forma en que entornaba los ojos, la curva de los labios, la tensión en las mejillas, hasta los dientes, que seguían en el mismo lugar de siempre, parecían haberse cargado de sensualidad. De pronto todo comenzó a cambiar. La noche, la ciudad, la gente… todo parecía distinto, había como una sensación, como un color diferente en las cosas. Hasta el escándalo del chivo dentro del Cuervo Negro, que estaba atestado de camisetas negras hasta la puerta, se había transformado. Comencé a respirar un aire de libertad, desinterés y liviandad que hace mucho no sentía, tal vez desde la infancia. Era como una invitación a dejarse llevar, a no pensar por un buen rato y entregarse a las sensaciones, a lo que iba a ocurrir porque tenía que ocurrir. Por un momento pensé que seguramente así se sentía un suicida, pero me contradije de inmediato. Lo que sentía era como una explosión de vida, no tenía nada que ver con la muerte. Dejó de importar que a Marcia y a mí se nos hubiera roto el alma, y nuestros cuerpos fueron lo único que hizo falta. Los cuerpos, esos que veíamos, que podíamos sentir uno junto al otro. Ese paquete de sangre, huesos y órganos que sí se podía compartir. No como las almas, que están allá tan adentro, encerradas para siempre.
- Juan…
- ¿Qué?
- Vámonos…
- ¿A dónde?
- Mmm… jale a comer algo…
- Bueno.

Nos levantamos. Si Marcia antes me parecía bonita, ahora era el objeto más precioso del mundo. Su abundante melena oscura, sus ojos de color indefinible, ligeramente rasgados, sus labios gruesos y su cuerpo delgado, casi frágil, eran los requisitos de la belleza. Ninguna otra mujer era bella ahora. No hacía falta.
Caminamos por la acera. A los pocos metros, me tomó de la mano. Era extraño. Yo nunca había pensado en tener una relación formal con Marcia. Sabía que no me hubiera gustado. No soy el tipo de persona que aguanta el ritmo de alguien como ella. Caminar de la mano, hasta el momento, cabía en mi comprensión como acto exclusivo de las parejas formales. Sin embargo, ¿qué convierte en formal a una pareja? ¿Una declaración? He tenido novias a las que ni siquiera les pregunté si querían serlo. ¿La aceptación de los suegros? He tenido noviazgos en los que ni siquiera he conocido a mis suegros. Entonces, ¿qué convierte a una pareja en novios? Un acuerdo tácito, una idea, un concepto compartido por ambas partes. Marcia y yo teníamos nuestro acuerdo. No éramos novios, pero éramos mucho más que eso. Merecíamos caminar de la mano.
Casi no hablamos durante el camino. Recordé que cerca de la Universidad Eugenia Suvercia había una soda que no cerraba nunca. Al tipo que hacía el turno de noche le decían Vampiro. Le dije a Marcia que si le gustaría ir y me dijo que sí.
Llegamos. Había varios maes que venían del chivo. Recordé hacía cinco años, cuando los metaleros del pueblo declararon el Cuervo Negro como su centro de operaciones. Durante años había sido el lugar de reunión de la más alta sociedad. Pero Ernesto, la oveja negra de los Coraje, una de las familias a las que pertenecía el pueblo, se había declarado amante de la música extrema y comenzó a aparecer en el café con sus amigos vestidos de negro. Los clientes se quejaron, pero el dueño no se atrevía a echarlos. Eran amigos del señor Coraje, después de todo. Entonces, un día Ernesto le dio al de la música un disco MP3 con una interesante selección: Testament, Iron Maiden, Metallica, Cannibal Corpse, Immortal, Megadeth, Morbid Angel… ni qué decir de la huida que emprendieron los clientes “normales”. Ernesto regó la bola y pronto la clientela vestía exclusivamente de negro. Algunos aristócratas se quejaron, querían su lugar de reunión de vuelta, pero los dueños veían un prometedor negocio en aquellos jóvenes mechudos y con camisetas negras. A los pocos días, los mismos metaleros colocaron el nuevo rótulo. Ya no era “Café Cuervo Negro”, sino “Cuervo Negro Metal Bar”. Pronto comenzaron los chivos y cada sábado los jóvenes se reunían a escuchar las bandas del pueblo o las que venían de afuera. La de Marcia venía de afuera. De hecho, lo poco que llegaba de afuera a ese pueblo eran grupos a tocar.
Nos sentamos. Elina, la salonera de la noche, nos vino a atender. Varios de los compas que venían del chivo se acercaron a saludar a Marcia. La felicitaron por su desempeño en el escenario y le preguntaron por los otros miembros del grupo. Ella contestó con toda amabilidad y soltura. Horas después me confesó que si no hubiera sido por mí, probablemente ni siquiera le hubiera contestado el saludo a alguien que se acercara a hablarle. En aquel momento yo no sabía que estaba siendo una motivación para ella, por lo que me sentí ligeramente desplazado.
- Vos sos la que cantó ahora, ¿verdá?
- Sí, sí, ¿Pura vida?
- Pura vida. Oiga que buen grupo el suyo, ¿Cómo se llama?

Pasó un camión enorme. Con el bullón que hizo, dudo que el mae haya escuchado el nombre de la banda. Yo no lo escuché.

- A sí, suenan rajado, al chile. Qué buenos.
- Mae, muchas gracias.- Aunque me sentía como me sentía, me gustó ver a Marcia tan atenta y desenvuelta. Los ojos le brillaban y sonreía todo lo que podía. Poco a poco me fui sintiendo muy feliz por ella y me dejé de sentir desplazado.- Tienen que ir a vernos al pueblo, ahí tocamos casi todos los fines de semana.
- A nombres, nada más avise, vea, este es mi número.- El compa escribió su número de teléfono en una servilleta y se lo dio a Marcia.- Usted me llama y estos maes y yo caemos, de fijísimo.
- Ok, ok, gracias.- Cada uno pasó a darle su beso a Marcia y a mí la mano. Eran tres. - ¡Qué lindos! ¿Verdad?
- La linda sos vos, que te das a querer así.

No sé de dónde salió eso. Tenía mucho tiempo de no decirle algo así a alguien. Marcia se sonrojó levemente y sonrió conmovida. Se acercó por encima de la mesa y me besó en la boca. Fue tierno, intenso, corto. Había soñado con besar esos labios durante meses. Confirmé que todo lo que había percibido a partir de la sonrisa críptica era cierto. Estaba pasando, ahí y ahora, y aún estaba lejos de terminar.
Comimos muy bien. Yo pedí un plato de pechuga de pollo empanizada. Traía papas, ensalada y algo más que no recuerdo. Creo que pedí fresco de frutas. Marcia se las vio con un casado de res. Al final, me acordé del “coctel de sangre”, el postre especialidad del Vampiro. Era un helado de crema con un aderezo de fresa riquísimo que solo él sabía hacer. Decían que le echaba sangre de chiquitas que se robaba del pueblo. Es increíble la cantidad de cultura popular que se puede generar porque a alguien le den el turno de noche en una soda.
Pedimos dos cocteles y nos los vino a dejar el Vampiro en persona. Vestía de negro. Una vez que le pregunté, me dijo que solo lo hacía los sábados, para identificarse con la clientela metalera y hacerle un poco de honor al apodo.

- Eso Juan, ¿Todo bien?
- Pura vida Vampiro.
- Y ¿La muchacha? Usted no es de por aquí ¿verdad?
- No, no, yo soy de afuera, jeje.
- A pues qué bueno que se den la vuelta. Es increíble lo rentable que nos ha salido esa voladera de patadas que organizan ustedes todos los sábados en el Cuervo. Ellos no venden comida durante el concierto, solo guaro, y diay a nosotros nos caen los comensales.
- Claro Vampiro. Para que vea que vestir de negro trae buena suerte.

El Vampiro se metió de nuevo, muerto de risa. Nos comimos el helado felices, mirándonos, adentrándonos en el tiempo eterno que nos estábamos fraguando. Cada bocado sabía a gloria, pero era más glorioso verla comer, como arrollaba los montículos de helado con la lengua, como los engullía con los labios… cada momento me sentía más unido a ella, más su dueño y su posesión a la vez.

- ¿Vamos?- Dije cuando ya los dos habíamos terminado.
- Jale.
- Pero… ¿A dónde?
- Diay a tu casa…
- A sí, sí claro….

Nos fuimos. Anduvimos todo el camino de la mano. Hace mucho tiempo que no soy lo que se puede decir feliz. Hace tanto, que no sé si esa noche lo fui, pero al menos sé que aquello se parecía mucho a la felicidad. A lo que uno supone que es la felicidad.
Llegamos a mi casa. Abrí. Entramos. Era raro. Yo nunca había estado con una mujer, solo, a esas horas, mucho menos en mi casa. No tenía idea de qué hacer. En las películas se les ofrece algo de tomar… yo no tomo, no tomo licor, si acaso habría alguna botella de agua en la refri. En mi casa hay dos cosas: yo y libros. Quien venga a visitarme lo más que puede hacer es ponerse a ver libros. Marcia no venía a ver libros, pero se puso a ver libros.
- Como tenés libros…
- Sí, un montón.
- Mirá… cuentos de Perrault…- Dijo Marcia, y sacó ese libro del anaquel.
- ¿Sabés quién es?
- El que escribió Caperucita y eso ¿Verdá?
- Sí.
- Me gustan mucho esos cuentos.
- A mí también. Me gusta la atmósfera de fantasía que los impregna. La mente abierta de sus personajes…
- ¿Tu mente está abierta?
- No sé…
- ¿Qué querés decir con “mente abierta”?
- Tener la capacidad de aceptar lo insólito sin necesitar una explicación, tal vez…
- Y ¿Qué es lo insólito?
- Lo imposible, lo que no pasa.
- Por ejemplo…

Marcia se me puso en frente. Empujándome con suavidad, me obligó a sentarme en una silla y ella a su vez se sentó sobre mi regazo, de frente.

- Pues…- dije, esforzándome por mantener el hilo de la conversación.- La existencia de hadas, los milagros, ese tipo de cosas…-
- ¿Qué es un milagro?- Susurró, mientras me comenzaba a besar el cuello.
- Lo que no pasa, lo que no puede pasar…
- ¿Yo puedo estar aquí? ¿Podemos estar aquí, haciéndonos esto?- Me besaba las mejillas y me acariciaba el pelo con las manos.
- No... no podés estar aquí… mucho menos haciéndome esto…
- ¿Por qué no?
- Porque sería un milagro… y los milagros no existen…

De nuevo me besó. Sentí su lengua abriéndose camino, buscándome, sintiéndome, regalándome su delicioso contacto. Me costó reaccionar. Finalmente la besé yo también. El chasquido de nuestros labios al cerrarse y abrirse era estremecedor. Cada ola de saliva era un trago del elixir de la eterna juventud. Le acaricié la espalda y le sentí el mecanismo del brassier, por encima de la blusa de Stratovarius. Había sentido esa maraña de broches y elásticos muchas veces, pero siempre allá, detrás de la blusa y de las normas sociales, más allá de mi alcance. Pero ahora no había normas. Hoy yo no era un ciudadano, ni siquiera era una persona. Había trascendido los límites de mi ser y no me pertenecía ni a mí mismo. Era de Marcia de la misma manera en que ella era mía. Le agarré los bordes de la blusa y se la quité. El brassier era negro. Se le veía precioso sobre la piel blanca. La miré a los ojos. Sonreía impresionada, como si ese movimiento la hubiera agarrado desprevenida.

- ¿Te molesta?- Le dije estúpidamente…
- Ay Juan…- Exclamó, como enternecida. De inmediato me agarró la camisa y me la quitó.- Como si los dos no estuviéramos en lo mismo.- Y me volvió a besar. Le agarré un pecho con cada mano y apreté. No eran muy grandes, pero es que lo que importaba no era la magnitud, era que eran sus pechos, los de Marcia. Cualquier defecto era secundario ahora. Todo lo que fuera suyo era sagrado, incluso su voluntad.

- ¿Dónde está tu cuarto?- Me preguntó.
- Arriba…
- Jale…

Casi no pudimos subir las gradas entre los besos. A punto estuvimos de botar la puerta. A punto estuvimos de quebrar la cama. La acosté boca arriba. Besar siempre me puso nervioso. Me preocupaba por no equivocarme, por no desagradar… ahora no había errores posibles. Todo lo que hiciera le iba a gustar, estaba seguro, no había nada qué temer. Podía disfrutar cada movimiento, cada roce de mi lengua contra la suya, cada presión de los labios, cada mordisco… cada momento era real, absoluto, perpetuo y hermoso, como si el tiempo no existiera o, más bien, como si no hiciera falta.
Fui bajando. Primero, me encontré su barbilla. Luego me demoré en su cuello, níveo y pulido, hasta que caí en su clavícula izquierda. La recorrí. En mi camino tropecé con un tirante negro. Lo fui quitando hasta deslizárselo por el hombro. Le besé el hombro. Bajé por su brazo, por su antebrazo. Le besé la palma de la mano, el dorso de la mano, cada dedo, cada falange. Volví al hombro. Bajé por su pecho, subí los montes de sus senos y se los besé sobre el brassier. Alcancé su abdomen y su ombligo fue el eje alrededor del cual giraron, a un tiempo, mis labios y las estrellas. Bajé más y me estorbó su pantalón de mezclilla. Le desabroché el botón. Le bajé el zíper despacio y descubrí sus calzoncitos, blancos, blancos como el ideal del blanco, como ese blanco que no es el de las nubes ni el de las retinas ni el de la nieve, blanco, blanco prístino y áureo, blanco etéreo y mágico, pero tan real como mis noches de insomnio y mis días de fútil vigilia. Le quité el pantalón casi con violencia. Sus piernas eran delgadas, tal vez muy delgadas, pero la noción de defecto había desaparecido junto con la de error. Eran hermosas. ¿Cómo podrían no serlo, si eran de ella? No había cabida a disgustos, yo no era gordo ni ella flaca, éramos dos seres vivos cargados de deseo, con el mundo entero al frente para satisfacerlo. Su único camino era yo. Mí único camino era ella.
Pero en ella había varios caminos. Podía ir directo a su centro, a su sensibilidad hecha carne, pero no hubiera sido tan romántico, tan épico. Había que retardar cuanto fuera posible el momento climático, porque todo realmente es mejor, más real, antes de que suceda. Quería que me deseara, que se desesperara porque la caricia llegara ahí donde ella quería, pero tendría que esperar. Prolongaría su dicha todo lo que pudiera.
Estudié sus piernas con detenimiento. Quería aprendérmelas de memoria. Recordar dónde tenía una peca o una pequeña cicatriz, dónde al tacto sobresalía un hueso, dónde el músculo estaba ligeramente más flácido. Rehíce el camino hasta su entrepierna unas diez veces, sin pasar de ahí. Una pierna, luego la otra. La otra, y luego la una, y así, hasta que mi humanidad no me permitió más retrasos. Había que hacerlo. Levanté la vista y vi que Marcia apretaba la colcha de la cama con las manos. Me percaté de que casi me había olvidado de que ella existía, que era algo más que aquella piel sensible que hace tanto rato me había dedicado a besar. Le pasé la mano por los calzoncitos y noté como se tensaba su abdomen. Con el dedo recorrí las costuras en zigzag, desde la cadera hasta el centro, donde se levantaba una pequeñísima flor de algodón, que marcaba el centro de la prenda. Estaba alineada con el ombligo. Con la yema del dedo seguí la línea imaginaria, bajando lentamente, desde la flor, camino a su sexo. Sentía la suavidad bajo la tela. Marcia gimió levemente. Traté de imaginarme lo que sentía. Juguetee con los dedos en toda la zona y Marcia se mordía los labios. Entonces todo cambió.
No podía ser verdad. “Los milagros no existen”. Marcia estaba ahí, acostada en mi cama, dejándome hacerle todo lo que se me ocurría, mordiéndose los labios de placer. No podía estar pasando. “Lo imposible, lo que no pasa”. Sin embargo, así era, ahí estaba, medio desnuda, conmigo, en mi cuarto. “las hadas, los milagros…”. Los hechos imposibles estaban frente a mis ojos. No eran imposibles entonces, pero muy dentro de mí había una decepción enorme, algo que desde un principio había presentido, pero que había tratado de ignorar, hasta ahora, cuando no pude más: todo iba a terminar. Tarde o temprano aquel momento de supremo gozo pasaría, como pasan todos los momentos porque son parte del tiempo. No importaba que pareciera estar ocurriendo en el transcurso de la eternidad, pasaría, como todo, se acabaría, como todo, y ese era el principio básico de la desgracia, o lo que es lo mismo, de la realidad.
Me detuve. Me congelé. Miré el vacío y desee que Marcia nunca hubiera venido, que nunca hubiera existido, que nunca me hubiera hecho desear aquel momento maldito. La eternidad era mentira. Si yo mismo iba a desaparecer algún día, nada podía ser para siempre, mucho menos una noche de pasión como aquella. Y si no es para siempre ¿Para qué, entonces?
- Juan….
- …
- Juan…
- …
- ¡Juan! ¡Por Dios, qué te pasa!
- ¿Para qué hacemos esto, Marcia?
- ¿Qué?
- Dígame… ¿Para qué?
- ¿No te gusta?
- Sí… pero igual ¿Para qué? ¿Para qué uno vive? O sea… puta… es que…
- Juan ¿Qué te pasa? Decime de una vez. Ibas muy bien, estaba por preguntarte si de veras es la primera vez que estás con alguien…
- ¿Para qué Marcia, dígame para qué?
- Pues… porque es rico Juan, simplemente por eso.
- Pero ¿Qué ganamos? Se va a acabar ¿No?
- Pues sí… todo se acaba, pero lo que importa es que pase.
- ¿Qué sentido tiene si no es para siempre?
- Ay Juan… ¿Creías que me iba a quedar a vivir con vos o algo así? Yo nada más venía a pasar la noche…
- Sí pasar… pasar la noche… todo pasa… todo se…

Marcia hizo lo mejor que podía: me calló con un beso. No sé cómo lo logró, pero fue aún más intenso que los anteriores. Ya no fue tanto el roce de su lengua o el abrir y cerrar de sus labios, fue la vuelta de la sensación, el pasar del tiempo que no era pasar del tiempo, porque no solo los relojes y el sol seguían funcionando, sino que pasaba algo más. El mundo hierve de actividad a cada segundo, pero aún así uno puede sentirse solo, sedentario e improductivo. Cada ser humano rueda dentro de su esfera y a su alrededor caen los imperios y se calcinan los planetas. Pero nada llega hasta aquí. Afuera pueden pasar las estaciones y separarse las galaxias, pueden explotar las estrellas y aquí todo seguir igual, frío, oscuro, indiferente, aislado… la esfera… la esfera… oprime, desdibuja, anula, separa… separa definitivamente. Pero esa es la realidad. Una vida entera he dedicado a la evasión, pero esa noche decidí afrontar los hechos. Yo estaba solo, con el alma rota, exactamente como Marcia, pero esa noche algo había pasado. Esa noche ella me había dedicado una sonrisa críptica y yo había logrado descifrarla, nos pertenecíamos el uno al otro, como los dos objetos que en realidad éramos, como los objetos que, para los demás, somos todos. No hacía falta sacramentos, juramentos, sentimentalismos ni sublimaciones. Todo era innecesario, excepto la voluntad de ser del otro. Íbamos a coger, no a casarnos ni a formar una relación estable, eso eran utopías, castillos construidos sobre arena que el tiempo se encargaba siempre de derribar. Pero nuestra noche, aquella noche, estaba aislada del tiempo, más allá de toda medición y comprensión. Era un instante, un soplo de viento, una hoja cayendo de un árbol, un segundo tal vez, pero era perfecto, y por vivirlo valía la pena una eternidad de horror.
El beso pronto se expandió por todo el cuerpo. Estaba aturdido entre las caricias de Marcia, cuando el ruido de la hebilla metálica de mi faja cayendo al suelo me volvió a la realidad. Vi mis pantalones ahí, con la faja puesta, tirados en el piso. Marcia ya me bajaba el bóxer. Se percató de que la estaba mirando y me sonrió de la misma manera que al principio, pero esta vez la sonrisa ya no fue críptica.
Sentir como mi carne entraba en su boca fue como comprender un enigma milenario. El descubrimiento del fuego, la invención de la escritura, los misterios de la alquimia, las revelaciones místicas… todo a la vez y más aún. Veía su cabeza subir y bajar, con la cara oculta bajo la mata de pelo. Me recosté y la dejé hacer. Verla hubiera sido peor. Escuchaba su lengua rechinar. Su saliva se combinaba con mis jugos más precoces. Luché por contener el flujo de mi excitación. No podía dejarme vencer aún, sabía que tendría que responderle a Marcia cuando llegara el momento de compartir el placer. Momento que llegó, finalmente.
Marcia se deslizó sobre mí como una serpiente. Me besó el pecho y el cuello. Luego se me sentó encima y se quitó el brassier. Como un autómata, le bajé el calzoncito blanco. Acostándose sobre mí, ella se lo terminó de quitar. Y entonces realmente comulgamos en un solo cuerpo.
Calor. Piel tibia, un roce húmedo y estremecedor. Sudor. Gemidos. Jadeos. El traqueo de una cama no acostumbrada a sostener el peso del gozo. Besos. Saliva. Más sudor. El estrépito de una explosión análoga a la que creó el universo. Y finalmente, la calma, el desahogo, el fin de la tormenta. Más besos, ahora apacibles, como el mar al amanecer. Yacer, estar ahí, acostados y ver consumirse las últimas energías en las pupilas dilatadas de cada uno.
Casi una hora después desperté. Estábamos abrazados. La luna alumbraba el cuarto plenamente. La piel de Marcia lucía plateada, como si fuera una estatua de mármol. Siempre me gustó ver las cosas a la luz de la luna. Todo parece cargado de un brillo propio, metálico y suave a la vez.
Le acaricié las piernas. Desde la corva, hasta la nalga, una y otra vez. La sentí estremecerse. Abrió los ojos.

- Hola…- Susurró.
- Hola. – Contesté.
- ¿Te gustó?
- Ay Marcia….- La abracé con fuerza.- No me preguntés eso, casi me ofende.
- A mí también me encantó. No sé… siento algo especial aquí. No es normal.
- ¿Verdad que no?
- No… es curioso. Yo ni me imaginé que me fuera a encontrar con vos hoy. Y mirá en lo que terminamos. Pero aún así, hay algo más. Como que hay mucho silencio… no sé.

A decir verdad, no había escuchado un carro en toda la noche. Mi casa quedaba de camino a la parada de buses, por lo que los metaleros procedentes del Cuervo Negro tenían que haber pasado por ahí, en su animada y escandalosa procesión. Sin embargo, no se había escuchado nada.

- El silencio… es cierto. No se oye nada de afuera.
- Es que no hay nada afuera.- Dijo, y me miró con esos ojos de color indefinible.- Solo existe aquí, tu cuarto, y nosotros adentro.

Nos besamos durante un buen rato.

- ¿Podemos… podemos hacerlo otra vez?- Le pregunté.
- Todas las que querás.

No recuerdo si lo hicimos todas las veces que yo hubiera querido. Probablemente no, porque la imaginación (o el deseo) siempre supera las capacidades de la realidad. Pero fue suficiente. Rendidos, finalmente nos volvimos a quedar dormidos.

***

Seis horas después Marcia se había ido. Fui con ella a la parada del bus. Me dio un largo abrazo que no me supo a nada más que a ausencia. Todo había, en efecto, terminado.
Volví a mi casa. En la mesita de la sala, junto a la biblioteca, estaba el libro de Perrault. Me senté y lo leí completo. Ya no me resultó tan extraña la impasibilidad ante lo insólito de sus personajes. Cuando terminé de leer, era más de mediodía. Subí y vi mi cama en desorden. Me tiré sobre ella y aún sentí el olor de Marcia en las sábanas, en la almohada, en la memoria. Ya no sería solo mi cama. Por una noche, había sido de los dos. Por una sola noche. No hubo noviazgos, ni sublimaciones, tal vez ni siquiera sentimientos. Por eso, aquella noche nunca terminaría de pasar. No perdería su valor. Marcia y yo podíamos llegar a odiarnos, que el recuerdo de aquella noche no perdería su significado, pues nunca hubo amor que recordar con dolor.
Para vivir la eternidad no hace falta morir. Hace falta renunciar a la pretensión de ser algo más que humanos.


A M.M.Pavas, enero 2009

domingo, junio 28, 2009

FERNANDO IWASAKI PRESENTA: EL BESO DE LA MONA MUJER.



Este cuento me lo proporcinó muy amablemente el escritor peruano, radicado en España, Fernando Iwasaki, con la siguiente advertencia: "Mae, es un cuento por encargo y esos no son los que mejor salen, además de que este cuento tiene por objeto promover el turismo de Costa Rica donde tengo familia. Aquí te lo paso por si te da curiosidad."



Una aventura esotérica-policial en el ambiente «jondo» de Costa Rica


LO PRIMERO QUE un detective debe saber es que el cliente siempre quiere tener la razón y que para eso nos contrata: para que se la demos aunque no la tenga. En realidad, nadie quiere saber si su pareja le pone los cuernos, sino por qué se los ha puesto. Por eso yo siempre investigo incluso al cónyuge que me contrata, para que a mis clientes les quede muy claro que se merecen todo lo que les ocurre y probablemente algo más. Sin embargo, aquel cincuentón era incapaz de entender que cuando uno es gordo, calvo, casado, padre de tres hijos y apoderado taurino, algunos bailaores flamencos también prefieren a los toreros.
«Averigüe si mi churri me ha dejado por otro con más pasta» -me imploró sorbiéndose los mocos- «porque si es más guapo no quiero enterarme». El churri de mi cliente resultó ser un mindundi de los cojones, pues nadie me habló bien de él ni en los tablaos, ni en las peñas, ni en las compañías de danza, ni en las academias en las que impartía clases de baile flamenco, donde sólo había dejado una pésima impresión.
- Tiene toda la mala hostia del mundo –me advertían.
- Entre lo tarde que llega, los cigarros que se fuma y el mamoneo del estiramiento, nunca da ni diez minutos de clase –se quejaban.
- Ese malaje sólo se estira cuando bosteza –corregían otros.
- Además habla malamente de todo el personal –me contaron en un tablao.
- Aunque lo tengas en nómina, si le sale otro curro te deja en la estacá –me dijeron en una compañía de baile.
¿Por qué diablos mi cliente querría recuperar semejante alhaja? «Es que usted nunca lo ha visto bailando por farruca con su tanga de grana y oro», me respondió mientras le chorreaban dos lagrimones y me entregaba los billetes de avión, los «traveler’s checks» y todos los documentos para el viaje, porque al niño le había salido una gala en Costa Rica y después de dos meses ni llamaba, ni escribía, ni cogía el teléfono, ni se conectaba al «messenger».
- Tiene que estar poniéndose morao –sollozaba el apoderado taurino- porque si le faltara dinero ya mi móvil habría pegao un explotío.
- ¿Y usted no cree que le haya ocurrido algo malo al chaval? –quise saber.
- Usted no sabe cómo es de bravo mi churri –me dijo aquel tipo, acostumbrado a pagar el salario del miedo-. Usted le da una navaja y mi churri le trae al Bin-Laden ése partío a cachitos.
Y así aterricé en San José de Costa Rica dispuesto a encontrar al «Tsunami de Sanlúcar», alegría de mi cliente y –por qué no- sin duda de otros espontáneos del mundo del toro.
Los policías «ticos» dejaron pasar mi Smith & Wesson en cuanto desenfundé la famosa chapa de los «Detectives Larry», pero se quedaron con mi petaca de anís Arenas creyendo que era del Mono. «Es por su bien, señor. No sea que la Mona-Mujer lo huela y le meta machete».
Camino del hotel, el taxista se sintió en la obligación de instruirme sobre la gastronomía, las playas, el mujerío y la vida nocturna costarricense. Así me habló del sabroso gallopinto, una guarnición de arroz revuelto con frijoles negros que los «ticos» comen a todas horas del día. Me describió la paradisíaca playa de Puerto Viejo en la caribeña provincia de Limón, a la que Ana Belén supuestamente dedicó una canción («Cómo es que no se la sabe, señor»). Me contó que las «ticas» tenían la belleza de las venezolanas, el glamour de las argentinas, la gracia de las panameñas y el furor de las cubanas. Finalmente, se puso a mi disposición para llevarme a los antros más exclusivos de la noche «tica» o a buscarme lo que hiciera falta.
- Busco a un joven español que se llama «Tsunami de Sanlúcar» -me animé a comentar viéndolo tan dicharachero.
- Si al señor le gusta la lucha libre, yo lo llevo al Gimnasio Nacional.
Cuando le expliqué que «Tsunami de Sanlúcar» no era un luchador sino un bailarín, el taxista comenzó a mirarme de reojo por el espejo retrovisor. Cuando me interesé por el ambiente homosexual de Costa Rica el taxista empezó a revolverse en su asiento. Y cuando quise saber si me podía acompañar esa misma noche a una discoteca gay, el taxista frenó en seco y me gritó que me bajara del coche. Tuve entonces que explicarle que yo no estaba proponiéndole nada personal («Qué dicha, señor»), que yo era detective privado («Qué dicha, señor») y que había viajado a Costa Rica sólo para encontrar al amante de uno de mis clientes («Qué dicha, señor»).
- Es que como uno de cada tres españoles es gay, señor.
- ¿De dónde ha sacado usted eso?
- De la tele por cable, señor. En todas las películas, en todos los programas y en todas las series españolas, todo el mundo es gay, señor.
- Pues sí que nos ha calado, usted.
- Qué dicha, señor.
Mi hotel no estaba en San José, sino en Escazú, la zona más «in» del Costa Rica. Ahí también se había alojado «Tsunami de Sanlúcar» y por lo tanto aquí tenía que comenzar mi búsqueda: en el Hotel Real Intercontinental de Multiplaza, un trozo de lujo asiático incrustado en el Caribe: jacuzzi, sauna, gimnasio, spa y hermosas monitoras de pilates a disposición de los clientes. Me parecía increíble que una sola noche en aquel hotel costara mucho más que la reventa de una barrera en la Maestranza para el Domingo de Resurrección. Tras una siesta reparadora me dirigí al bar del hotel, donde descubrí que los camareros también veían la tele por cable:
- Como el señor es español, seguro querrá saber cuál es la mejor discoteca gay de Costa Rica.
- No hace falta, amigo. En Andalucía vivimos otra realidad nacional.
- Qué dicha, señor.
Así, barruntando que no era el mejor momento para preguntar por las mejores discotecas gay de Costa Rica, decidí mostrarle al camarero la foto del churri de mi cliente. Pasó un ángel. Pasó otro. Y antes de que pasara el tercero tragué saliva y me atreví a informarle al camarero:
- Es más conocido como «Tsunami de Sanlúcar».
- No me suena de la lucha libre, señor –respondió receloso aquel hombre, sin apartar la vista de esa fotografía donde «Tsunami» bailaba, casualmente, de grana y oro.
En vano le hablé del mundo flamenco, del arte jondo y del duende gitano de «Tsunami de Sanlúcar», pues ese camarero del Hotel Camino Real creía que ya me tenía totalmente calado. De hecho, cuando me despedí me entregó una tarjeta espolvoreada de chillonas purpurinas que decía: «Discoteca Club OH! Lounge and Nightclub. First drink free para nuestros hermanos españoles». Estaba claro que la tele por cable era muy popular en Costa Rica.
Cuando salí a la calle me sorprendió la cantidad de vigilantes jurados, policía privada y perros adiestrados que patrullaban Multiplaza, así que le pregunté a mi amable taxista si algún presidente o estrella del rock se alojaba también en mi hotel. «No, señor. Es por la Mona-Mujer. También hay que proteger al turismo, pues».
- ¿Pero quién es la Mona-Mujer?
- Es el diablo, señor.
Costa Rica se había llenado de inmigrantes nicaragüenses y con ellos también cruzaron la frontera los monstruos, las pesadillas y las supersticiones de los «nicas». Como la Mona-Mujer, una suerte de súcubo selvático que roba fruta, secuestra niños y seduce a los incautos bajo la apariencia de una bella mujer que luego se convierte en una mona criminal. ¿No es maravilloso que los inmigrantes también impongan sus leyendas urbanas? «España se nos va a llenar de historias de vampiros y sacamantecas» -pensé – «con tanto inmigrante rumano y ecuatoriano». De pronto el taxista se detuvo delante de una deslumbrante tormenta de neones: habíamos llegado a la discoteca Club OH! Lounge and Nightclub.


APENAS ENTRÉ EN Club OH! sentí los agudos alfileres de docenas de miradas. ¿Me mirarían por ser el único heterosexual de la discoteca gay o más bien por estar buenorro? Esa duda me inquietaba. En realidad, mi intención era pasar desapercibido, pero me cargué la estrategia en cuanto pedí una copa en la barra («Cusha, quillo. Ponme un casho cubata en lo arto»), porque el camarero encendió un micrófono y su voz tronó por todos los altavoces de la discoteca: «¡Qué dichaaaa, otro hermano españoooool!».
De pronto cesó el reggaetón tecno y una multitud desaforada me rodeó al son de «Borriquito como tú», entre arrumacos, carantoñas y otras efusividades que callaré por pudor. Me sentí como esos delanteros que meten un gol en el último minuto y terminan sepultados en la banda por sus compañeros. Me sentí como esas estrellas del rock despelotadas por sus fans y otros coleccionistas de pelos. Me sentí como esos toreros que salen a hombros por la puerta grande y que recién en el hotel descubren que les han robado la taleguilla.
En medio de los gritos de «¡España, España, España!» reconocí los acordes aflamencados de Noches de bohemia y de ilusión, y mientras el personal me marcaba el ritmo con las palmas, un gordo disfrazado de extra de «Cats» -o tal vez de simplemente de «Garfield»- me preguntó de lo más Fellini:
- ¿Tú también bailas flamenco, satiricón?
- ¿A quién has visto bailando flamenco? ¡Dime, haz favor!
Pero «Garfield» me clavó las uñas y se fue maullando entre saltitos, porque los parroquianos del Club OH! ya me hacían compás de bulerías a la vez que me jaleaban con gritos de «¡Eso é!», «¡Vamos allá!» y «¡Toma que toma!» ¿Quién les habría enseñado aquel soniquete tan flamenco? En esas cavilaciones estaba cuando una ronquísima voz femenina disolvió la manifestación: «¡Ya, chicos! Dejen tranquilo a nuestro invitado y sigan divirtiéndose. ¡La casa invita una copa!». La dueña de esa voz no estaba nada mal. Cuarentitantos muy bien llevados y con unas hechuras de escándalo. Vamos, como para terminar yonqui por ella, aparcando coches en La Alameda de Hércules.
- Usted perdone, señor. Ellos sólo querían demostrarle que España es el País del Orgullo Gay.
- Qué dicha, señorita –le respondí rezándole a San Judas para que no fuera «Drag Queen».
En menos de una hora Cleopatra Clemencia me había contado su vida y hasta me pareció que coqueteaba con refinado descaro. Así, tres matrimonios a la deriva la habían convencido de que la compañía masculina era deprimente y que los únicos hombres sensibles, leales y sentimentales que había conocido eran homosexuales. Por eso se convirtió en empresaria especializada en el mundo gay («Son los mejores clientes del universo. No se privan de nada y todo se lo gastan en ellos», decía) y en una escéptica del amor.
- ¿Y qué hace un tipo como tú en un lugar como este? –quiso saber.
- Busco a un gachó más conocido como «Tsunami de Sanlúcar».
- Lo siento, los brutos de la lucha libre nunca vienen por aquí.
Cuando le expliqué que el chaval era bailaor flamenco me contó que «Tsunami» –en efecto- había sido un fijo del Club OH! hasta que conoció a «Bobby One», famoso mánager «tico» que sólo contrataba a grandes artistas como Cheyenne, Maná, Shakira, Los Tigres del Norte y Marc Anthony. «Tsunami de Sanlúcar» era medio cateto y seguro que también soñaba con arrasar Miami como cualquier otro huracán. ¿Por dónde coño tendría que buscarlo ahora? ¿Qué cojones hacía en Costa Rica entonces? Menos mal que Cleopatra Clemencia salió al quite oportuna: «Chico, ya que estás aquí, vamos a entrarle al vacilón».
Cleopatra Clemencia me explicó que en Costa Rica los hombres de nuestra edad se iban a los bares de la calle de la Amargura para ligar con niñatas de veintitantos, mientras que las chicas como ella, de cuarentipico, preferían dejarse querer o tomarse una copa en lugares más elegantes y románticos como el Tokú o el Jazz Café. «Son los típicos sitios para ligar con rocas», me susurró enronqueciendo todavía más su voz.
- ¿Quiénes son las rocas? –pregunté.
- Las mujeres como yo: solas, inteligentes y sin compromiso.
- Qué dicha, Cleopatra Clemencia.
En realidad, cuando uno pasa de los cuarenta, ligar se convierte en un problema porque uno ya está en la edad de pillar y matar, o de ser pillado para dejarse matar. ¿Por qué allá en Sevilla no habría lugares como ese Tokú, ese Jazz Café o ese Jaulares, donde todo el mundo sabe que ha ido para lo que ha ido? Qué maravilla, aquí en Costa Rica las mujeres de mi edad ni parecían de mi edad, ni necesitaban ver «Sexo en Nueva York» para saber de qué iba la película. Aquella noche cenamos en Los Anonos y nos morreamos durante varias canciones de Cat Stevens, Peter Frampton y James Taylor, antes de acabar espatarrados en mi habitación del Hotel Real Intercontinental. ¿Para que voy a liarme con una niñata de veinte años si mis contemporáneas están como un cañón? Además me da pereza ponerme pendiente, hacerme coleta y dejar que los pantalones se me chorreen por el culo para parecer más jovencito.
- Cleopatra Clemencia, te voy a poner mirando a Gelves.
- Qué dicha, pero te informo que hacia allá queda Guanacaste.
Tengo que reconocer que durante los días siguientes me desentendí de la búsqueda de «Tsunami de Sanlúcar», porque Cleopatra Clemencia me atendía como si yo fuera el mismísimo míster Marshall. Una noche me llevó a cenar a la cava del Club Unión, otro día comimos en el Omán-Kayán y un fin de semana que fuimos al Añoranzas de Heredia terminamos en el alucinante Hotel Alta en el Alto de las Palomas, un lugar de ensueño construido alrededor de un guanacaste asombroso y mitológico. Todo habría sido perfecto si el apoderado taurino no me hubiera llamado de madrugada mientras aplicaba una intrapiernosa:
- ¡Coño, «Larry», que no te se olvide que tienes que encontrar a mi churri, haz favor!
- Lo siento, pero su churri se ha largado con «Bobby One».
- ¿Con Obi-Wan Kenobi? ¿El actor? ¿Mi churri es el nuevo «pádawan» de Obi-Wan Kenobi?
- No, con «Bobby One», un mánager de la farándula.
Nunca me ha gustado que me lloren ni en el hombro ni el móvil, pero a un cliente siempre hay que darle la razón aunque sea un apoderado taurino con el corazón partío por culpa de un bailaor flamenco. Mi cliente quería una carta de despedida de «Tsunami de Sanlúcar» y yo estaba dispuesto a quedarme en Costa Rica el tiempo que hiciera falta para que la escribiera. Cuando colgué, Cleopatra Clemencia –que en el fondo era una romántica de los cojones- me dijo que teníamos que encontrar al luchador flamenco de mi cliente: «Ahorita mismo llamo a la discoteca para que me digan dónde pueden estar «Bobby One» y el maremoto ése».
El radio-macuto-gay resultó más eficaz que un escuadrón de la CIA, porque en menos de media hora nos dieron el soplo que esperábamos: «Bobby One» había alquilado la «Honey Moon Suite» del hotel Punta Islita, donde llevaba más de una semana encerrado con «Tsunami de Sanlúcar». Recordé los lagrimones del apoderado y me imaginé a su churri bailando por farruca de grana y oro. Punta Islita estaba en la cima de una montaña en la costa del Pacífico, a poco más de media hora de vuelo de San José. Según Cleopatra Clemencia, Punta Islita era uno de los hoteles más bellos del país y el lugar ideal para desaparecer con alguien especial. O sea, para ponerse morado, pensé.
- Lo único que me preocupa es que está cerca de la selva –rezongó.
- ¿Musho mosquito? –pregunté.
- No, es que es el territorio de la Mona-Mujer.
Entonces acaricié el cañón de mi Smith & Wesson y me arrepentí de no haber traído la munición apropiada: balas con mercurio para que el herido muera envenenado si no palma del balazo. ¿Y si fundía la medalla de mi cofradía para fabricar una bala de plata?
- ¿Tú crees que la Mona-Mujer se cargue a «Tsunami»? –quise saber.
- La Mona-Mujer sólo mata hombres heterosexuales, querido.
Camino del aeropuerto comprobé desolado que la medalla de mi hermandad sólo podía alcanzarme para un perdigón.

LA AVIONETA DE Nature Air aterrizó en una pista construida al pie de la montaña y yo me puse de los nervios, porque pensé que se nos quedaba corta.
- No se preocupe, señor –me dijo el piloto- que si la avioneta no hubiera frenado nos frenaba la selva.
- ¿Y cuando la pista se queda chica para despegar? –repliqué agobiado.
- No pasa nada porque sólo nos caemos al mar.
- Qué dicha –respondí resignado.
Yo soy enemigo de llevar mujeres desconocidas a las islas desiertas, porque las tías que más me gustan son las que ya conozco. ¿Y para qué soñar con una isla desierta si existe Punta Islita? ¡Qué pasada! Si yo me sacara el «gordo» me traía a Punta Islita a una gachí que conocí en el «Louisiana» de La Buhaira, una noche que ella discutió con su pariente. Eso sí, primero le dejaba a los hijos colocados y al marido le compraba una parcela rústica para que se la recalificaran antes de las municipales. Hay que ver cómo me puso el nabo la pureta de los cojones: como mando de Play-Station en fiesta infantil. «Te estoy entregando mi cuerpo pero no mi alma», me decía. Desde esa noche me aboné al «Louisiana», pero nunca más la volví a ver.
Si nuestro bungalón tenía jacuzzi, sauna y piscina privada, ¿cómo sería esa «Honey Moon Suite» donde «Tsunami de Sanlúcar» se estaba haciendo un homenaje? Me quedé con las ganas de saberlo porque cuando llegamos los pájaros ya habían volado hacia el balneario de Tabacón Resort Spa, un paraíso de aguas termales en medio de la selva y a la vera del Volcán Arenal, muy cerca de la frontera con Nicaragua. No se privaban de nada los jodíos.
Aquella noche cenamos a la luz de la luna unos solomillos encebollados con huevos y gallopinto, plátanos maduros fritos, zumo de guanábana y helados de maracuyá. Y mientras bebíamos nuestros daikiris al relente, Cleopatra Clemencia me comentó que todo en Costa Rica estaba preparado para el placer, la belleza y el disfrute. «Por eso no sólo vienen turistas de todo el mundo, sino que hasta los pensionistas europeos y norteamericanos prefieren pasar aquí los últimos años de su vida». Me explicó entonces cómo una parte importante del PIB del país provenía de las divisas de las pensiones de miles de yanquis, canadienses, suecos, alemanes y daneses que llegan a Costa Rica para comprarse una casita frente al mar en Cabo Blanco, Nicoya, Punta Arenas y Manuel Antonio, lugares tan o más bonitos que Punta Islita.
- ¿Cómo puede existir algo más demasiao que Punta Islita, Cleopatra Clemencia?
- Y mira que tú no conoces todavía el balneario de Tabacón, ahí donde se nos ha escapado el maremoto ése. Qué dicha, chico.
Así, después de una noche plena de ron, sexo y fútbol por cable, volvimos a subirnos a la avioneta de Nature Air en dirección al Volcán Arenal, territorio de benéficas aguas termales y de la maléfica Mona-Mujer. De nuevo creí que la pista de despegue se quedaría corta y que acabaríamos en el mar, pero el piloto logró elevar la nave antes que aterrizaran todos los mangos, piñas, zapotes, papayas, guayabas y guanábanas que me había zampado en el desayuno.
Desde la ventanilla de la avioneta pude contemplar el cráter del Volcán Arenal, una versión en miniatura del Vesubio y del Fuji-Yama. ¿Cómo podían estar los turistas tan panchos debajo de un volcán en constante actividad? Nunca supe de dónde salió la pista de aterrizaje ni cómo pudimos aterrizar, porque yo estaba traspuesto mirando los árboles. Mira que me gustan los pinos, los cipreses y los naranjos, pero árboles árboles –lo que se dice árboles- era como si los hubiera visto por primera vez en la selva del Arenal.
Uno está acostumbrado a leer que los peces grandes se comen a los más chicos y algo parecido me cuentan que sucede con los animales que contratan para los documentales de naturaleza, pero en la selva del Arenal descubrí árboles como parásitos gigantescos que nacían sobre las ramas de otros árboles a los cuales terminaban asfixiando con sus raíces. Así vi un enorme guanacaste marchito, aprisionado bajo las raíces como barrotes de un higuerón nacido en la copa del árbol nacional de Costa Rica, y de inmediato me imaginé a dos dinosaurios vegetales devorándose mutuamente. Un árbol papeándose a otro árbol de los cojones. Seguro que para impedir un canibalismo así el ayuntamiento de Sevilla ha preferido talar todos los árboles del centro: para que las jacarandas, los magnolios y las plataneras no se merendaran entre ellos.
Si Punta Islita ya era la leche, Tabacón Resort Spa era la vaca. Las instalaciones, los bungalones, las cascadas, los caminitos que se perdían entre la vegetación, todo. Todo era la repapanocha. No puedo explicarlo con palabras: era como un jardín japonés pero sin japoneses; era como «La casita de la pradera» pero en la selva de los cojones; era como entrar en el Cielo pero pagando, coño. De pronto, de un bungalón salió «Tsunami», casualmente de grana y oro: «¡Cleopatra Clemencia, shosho! Ya le decía al «Bobby» que no venías».
¿Cómo que el «Tsunami» era tronco de Cleopatra Clemencia? El número no me gustó ni mijita, la cosa olía malamente y me daba mal bajío no saber cómo se llamaba la película, pero puse cara de ministro y entré al bungalón para seguirles el mamoneo. Mi instinto de «Larry» se arrancó a funcionar después de tantos días de estar mirando a Gelves y comencé a hilar fino: el «Bobby One» de los cojones era un chufla que tal vez no era ni mánager ni ná, el «Tsunami de Sanlúcar» era un matao que jamás sería una figura del baile y ninguno de los dos parecía tener suficiente pasta como para pagarse los homenajes en Punta Islita y el balneario de Tabacón (todo el bungalón estaba lleno de camisetas horteras y de los típicos souvenirs de madera de cocobolo), así que sólo Cleopatra Clemencia podía haber montado todo aquel tinglado. ¿Pero para qué?
- El señor ha venido desde España para que le escribas una carta de despedida al gordo ése que tú tenías en Sevilla –le dijo Cleopatra Clemencia al «Tsunami», más ronca que nunca.
- Qué disha, shoshete; pero necesito una mijita de intimidad para escribirla –respondió «Tsunami» y se fue caminando hacia su cuarto con la misma lentitud pensativa con que los bailaores se recogen de los escenarios.
Entonces decidí encarar a Cleopatra Clemencia y con todo el rebote que tenía en lo alto le exigí que me dijera por qué me había alejado de San José, por qué me había seducido a lo bestia y por qué me había traído con engaños hasta la frontera con Nicaragua, si en realidad estaba conchabada con «Tsunami de Sanlúcar». Seguro que la estaba haciendo sentir malamente porque la Cleopatra Clemencia se puso descompuesta: las cejas se le encresparon, los hombros se le alfombraron de pelos, la boca se le llenó de otros dientes y sus pies marcaron un 44 como poco. Cleopatra Clemencia ya era mona, pero se estaba poniendo más. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? ¡Cleopatra Clemencia era la Mona-Mujer! No sabía si llamar a los Geos o a Milenio Tres.
En una fracción de segundo recordé toda mi asignatura de artes marciales del módulo de detectives del INEM, pero como también me acordé que me catearon preferí reventarle en todo el morro un tapir de Lladró que decoraba el bungalón. Entonces corrí hacia la habitación de «Tsunami» y atranqué la puerta mientras rastrillaba mi Smith & Wesson. Sobre la cama, «Tsunami de Sanlúcar» escribía su carta como si nada en un bloc de papel de café: «Las balas no le hacen nada, tío. Ahora sí que te va a comer la churra de verdad. ¡Qué passssada!».
Los golpes de la Mona-Mujer destrozarían la puerta en menos de tres minutos y nadie en el balneario Tabacón podía enterarse de nada porque el Volcán Arenal escupía en ese momento sus celebrados salivazos de lava. «La Mona-Mujer sólo mata hombres heterosexuales», me había dicho Cleopatra Clemencia. Contemplé las hechuras de «Tsunami de Sanlúcar», lo vi de grana y oro espatarrado sobre la cama, y entonces me lo imaginé bailando por farruca. Cuando la puerta voló en mil pedazos era imposible saber quién gritaba más: si la Mona-Mujer, «Tsunami de Sanlúcar» o yo.
- Prepárate para morir –rugió la monstruo.
- Va a ser que no, porque ahora yo también soy gay.
- ¡Eso es imposible porque tú no has nacido gay! –volvió a rugir.
- Pero en España sí es posible porque allá es una «opción» sexual.
- ¡Y si le tocas un pelo a mi churri te saco los ojos, bruja! –terció «Tsunami de Sanlúcar». La Mona-Mujer salió aullando por la ventana y el «Bobby One» se fue por piernas por la puerta. Con los cheques de viajero que me quedaban abrimos un chiringuito para surfistas y mochileros en la playa de Mal País. Meses más tarde el apoderado taurino envió a otro «Larry» en nuestra búsqueda y después de un ataque de cuernos terminó mandándonos más pasta, pero con la condición de que le ficháramos al «Bobby One» de los cojones. Para qué, yo ya me siento feliz aquí en Costa Rica, aunque a veces me acuerdo de la gachí del «Louisiana» de La Buhaira y se me caen dos lagrimones.

miércoles, junio 24, 2009

EN COSTA RICA SÍ HAY DE QUÉ ESCRIBIR


La tristemente célebre frase de Carlos Córtes, de que en Costa Rica no pasa nada desde el Big Bang he reconocer que la compartí durante mucho tiempo, creía que en Costa Rica en realidad no pasaba nada sobresaliente como para llevarlo a papel. Pero desde hace unos años para acá he visto que dicha frase ha venido derrumbándose estrepitosamente. En nuestro entorno inmediato de este pequeño y tras de eso centroamericano país, pasan muchas (muchisísimas) cosas que perfectamente son noveleables valga el término, como todo en la vida, cualquier cosa se puede hacer una gran novela. Pero si queremos escribir sobre nuestro país hay temas muy ricos de qué tratar, solo es cuestión de limpiar lo lentes, retregarse los ojos o ver con atención y malicia esas cosas que de buenas a primeras puedan resultar insignificantes. Eso me decía el escritor y poeta Frank Báez que me obligaba casi a escribir por ejemplo de los chóferes de bús, desde que me dijo eso he empezado a ver las cosas con otros ojos y durante ese proceso he descubierto temas interesantes qué tratar, pero antes hay que quitarse de los ojos. No quiero tampoco desmeritar a los escritores jóvenes de acá, amigos y colegas cuyos temas no tienen que ver en lo absoluto del entorno inmediato. Por ejemplo cuando empecé a escribir no quise que estuviera influenciado de mi realidad inmediata y para bien o para mal aposté a un lenguaje "estandar". Hay varios temas que me potencialmente apasionarían escribir, por citar algunos caso por decir lo que pasa con los pescadores de puntarenas que trafican con droga, de ahí se puede escribir algo, una novela, o sino la gran comunidad de costarrincenses que viven en Estados Unidos y precisamente en New Jersey, todos de Pérez Zeledón, su vida allá y por qué se fueron, la aventura que implicó esa arriesgada apuesta, los testimonios que pueden haber, pucha, pienso, que rico sería entrarle. Pero hay más mucho más en el Área Metropolitana si vamos hablar de novela urbana -más allá de los límites de la calle de la amargura o La California-una noche de estas que irremediablemente pasé por la circunvalación fui testigo presencial de los piques tanto de motos como de carros, algunos de ellos adulterados o chaneados exclusivamente para picar, ¿qué hay detrás de esas arriesgadas casi estúpidas apuestas? ¿Picar por picar o felonía nomás? Yo creo hay algo detrás, todo un mundo que pasa a nosotros y no logramos ver, podría seguir diciendo casos, por ejemplo, las barras de fútbol, el sórdido mundo del "modelaje" o lo que implicó el desgastado proceso del TLC. En fin tantas cosas que uno vive, directa o indirectamente y que solo es cuestión de sacarle provecho y digo todo esto no en aras de buscar ese odioso dicho de identidad costarricense, en lo absoluto sino hacer literatura, traer a colación mundos subyacentes que queramos o no convive con nosotros. Sin embargo, también este planteamiento me lleva a una cosa, referente al mundo de la literatura, o se escribe habiendo leído mucho o se escribe habiendo vivido mucho también de lo contrario el último que cierra apague la luz.

lunes, junio 08, 2009

KENZABURO OÉ

Este es un libro potente, crudo, real y tierno. Kenzaburo Oé nos presenta este volumen de relatos en donde se pueden apreciar no solo su magnifica pluma sino también la capacidad de volver real cada historia. Quizá por el valor intimista de casi toda su obra en donde se reflejan retazos de su personalidad y de su vida. En Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura, se pueden apreciar gran parte de la esencia de la obra de Oé. Este libro podría decirse también que es un libro de relatos, o una novela corta dividida en tres grandes apartados donde los personajes principales son hombres que deciden hundirse en la locura, seres desequilibrados que transitan en la cuerda floja de la racionalidad, todos marcados por hechos traumáticos. En el primer relato que da titulo al libro se encontrará el eje principal de este texto en general. El Nacimiento de un hijo especial que pondrá al padre contra las cuerdas y opta entonces por la locura absoluta antes que enfrentar la realidad. la locura como balsa para llegar a la otra orilla. En la tercera historia, El día que Él se digne a enjugar mis lágrimas, es también la influencia indirecta por parte del autor (se debe recordar que Oé es padre de un hijo con síndrome de down) en este relato el padre está enfermo, trastornado y recluido voluntariamente en la vida al lado de su hijo, cumpliendo cada una de sus necesidades, aunque en este caso se añade su muerte al final de la Segunda Guerra Mundial como alternativa para hundirse en el frenesí de la guerra, la otra demencia. Agüi, el monstruo de del cielo es la dura muerte del hijo del protagonista y la perdida de un ojo en el narrador y también protagonista lo que les hace compartir locura, un desencadenamiento de desastres. La ambientación por parte de Oé de cada uno de los relatos es el punto alto, esa cumbre en donde el panorama se tiñe de ternura y de vidas desgastadas por la desgracia. No se equivoca la crítica cuando se compara a Oé con algunos autores como Faulkner, en Oé existe al compasión por sus personajes, y la visión psicológica que ahonda y profana cada lector. Oé forma parte de esa de japoneses que en cierta forma aún mantienen impregnadas las consecuencias vividas durante la Segunda Guerra Mundial. Para terminar el conjunto de relatos poseen un hilo fuerte donde se muestra que el japonés es un gran maestro de la narración contemporánea y no en vano premio Nobel de Literatura, es un gigante que se debe leer.



domingo, mayo 31, 2009

EL LECTOR IGUAL QUE DIOS.


La idea de un lector siempre me ha causado en mi imaginario de escritor el mismo recelo, desconfianza e impotencia que la idea dios y su existencia. Francamente cuando escribo en lo que pienso es en mis compas, en algunos y no en alguien que ni tan siquiera conozco, por que desde me metí a esto de escribir he leído en el Internet (esas famosos consejos de célebres escritores) y me han dicho siempre la misma frase: "tenga consideración por el lector, y guardele respeto". Al principio seguí tal normativa al pie de la letra, escribía pretenciosamente pensando en lectores de otros países y no en mi entorno inmediato, producto supongo yo de esa idea generalizada y europizante de pensar en el lector de esos países y no en la gente cercana, y digo esto por que releyendo mi primer libro pienso que tuve que haber tomado mas riesgos en el uso del lenguaje y no ser tan lineal, repito por que me comí ese cuentazo del lector. Pero en este punto me hice una pregunta en el tipo de lector al que uno debe apuntalar, no me refiero a esa ocurrencia de Cortázar del lector hembra, seguro estoy que si hubiera dicho eso en este año más de una feminista le hubiera caído con los tacones de frente. Cuando pienso en el lector se me vienen a la mente las siguientes preguntas: ¿Qué tipo de lector? ¿En profesores de universidades y culteranos de la literatura? ¿En gente de a pie? ¿Cómo lograr ese equilibrio entonces entre el lector de a pie y la literatura de calidad? Pregunto eso recordando al finado Benedetti que cualquier escritor de hoy en día le gustaría tener esa legión de lectores que tiene, pero claro muchos dicen que eran lectores comunes y silvestres, gente acostumbrada a leer a Cohelo Allende y Vanidades, ojalá que quien nos lean fueran Susan Sontag o Harold Bloom pero no. Y no es que cuestione la calidad del poeta uruguayo que en paz descance, sino que a veces en nuestras posturas somos hipócritas y hablamos del lector como si el que nos fuera a leer fuese alguien que sabe bastante de literatura y puede dar un juicio sensato al respecto del texto que lee, que haga apuntes interesante y que se forme una buena conversación a raíz de un buen libro. Obviamente Marcel Proust nunca JAMAS pensó en los lectores (y se nota) igual Kafka. Tal vez esa idea de pensar en lector de deriva más del comercio, de la necesidad de vender y no tanto en la consideración por quien nos vaya a leer. Que desde luego debemos ser conscientes de ellos. Decía Roberto Bolaño que cuando escribía pensaba en su esposa, tal vez lo decía con un guiño, no sé si también Borges le llegó a pasar por la mente que sus textos serían leídos por miles de personas. Ahora me evoco a pensar primero en mis compas, en la gente inmediata. Sin embargo, el lector siempre tendrá imagen casi divina de dios: sé que existe, pero por ahí debe de andar.

sábado, mayo 23, 2009

ROBAR PARA SER UNO MISMO


«Nada es original. Roba de cualquier lugar que te llene de inspiración o alimente tu imaginación. Devora películas antiguas, films nuevos, música, libros, pinturas, fotografías, poemas, sueños, conversaciones al azar, arquitectura, puentes, señales de tránsito, árboles, nubes, masas de agua, luces y sombras.Elige robar sólo cosas que hablen directamente a tu alma. Si haces esto, tu obra (y robo) serán auténticos.
La autenticidad es invaluable; la originalidad, inexistente. Y no te molestes en ocultar tu robo, celébralo si hace falta. En cualquier caso, siempre recuerda lo que dijo Jean-Luc Godard: "No es de dónde tomas las cosas, sino hacia dónde las llevas"».
¿Tiene razón o no? ¿Ustedes qué opinan? Ah, casi se me olvidaba, les recomiendo Broken Flowers, Coffee & Cigarrettes (2003 y en donde se puede ver una clara influencia literaria, Carveriana quizá) y Dead Man.

Traducción de Mariano Orosco Zumarán.